Difamar a los jugadores de la Selección argentina no tiene perdón

Las teorías conspirativas y las noticias falsas que las alimentaron apuntaron específicamente a dos cuestiones que para el gobierno de Javier Milei resultan un problema que lo supera, y que a la vez le restan apoyo por su propia postura: la bandera de Malvinas exhibida en el partido, y el presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia. 

 


Su contradicción respecto a la bandera es lo que más lo expone: hoy, después de sus declaraciones históricas y constantes, Milei no tiene forma de demostrar que defiende la posición argentina sobre las islas, cuando todos sus actos apuntan en sentido contrario —aunque su función institucional lo obligue a hacerlo.

 

Más allá de su admiración por Thatcher o Churchill, de su modelo económico o de haber afirmado que “perdimos las Malvinas porque perdimos la guerra” —una idea que ningún argentino comparte—, lo más revelador es su inacción frente a lo que sigue haciendo el Reino Unido en las islas y su zona económica exclusiva. Incluso ahora, agravado por la presencia de empresas vinculadas a Israel: un país al que le guarda una sumisión inexplicable, en momentos en que su primer ministro es repudiado mundialmente por crímenes de guerra.

 

No hace falta abundar en el anglicismo de Milei: él mismo se encarga de dejarlo al descubierto.

 

Respecto al presidente de la AFA, el asunto es más complejo y sutil: es el punto donde su camino —de entrega, se podría decir— coincide o corre paralelo al de Mauricio Macri.

 

Ambos impulsan modificar el Estatuto de la AFA para permitir que los clubes dejen de ser asociaciones civiles sin fines de lucro —donde los socios, a través de sus representantes, deciden todo— y pasen a ser sociedades anónimas privadas.

 

Tampoco hace falta extenderse demasiado: la mayoría de los argentinos, y especialmente los socios de los clubes, saben lo que ese cambio implica. Hay experiencias fracasadas en nuestro país, y ejemplos en el mundo de instituciones quebradas, que perdieron sus figuras y hasta su patrimonio por decisiones puramente empresariales. También hay casos de clubes utilizados por grandes capitales internacionales para llevarse a sus mejores jugadores a otros equipos del mismo grupo, en beneficio de ganancias ajenas al club.

 

En Boca, por ejemplo, lo más cercano a ese modelo durante la gestión de Macri fueron los fondos de inversión que no dejaron ningún beneficio real a la institución: los pases y derechos de las figuras rindieron ganancias para el fondo, no para el club. A esto se suman concesiones, contratos y la cesión de derechos de la marca —para hotel, vinos, indumentaria y más— a allegados, por plazos extensos.

 

Tampoco hace falta profundizar: cada socio sabe que si un jeque millonario comprara su club, quizás ni siquiera podría seguir pagando su cuota mensual.

 

Este cambio no solo lo resiste Chiqui Tapia, sino la mayoría de los clubes. Solo tres de los grandes —Racing, Independiente y Estudiantes— tienen presidentes que se manifestaron a favor de las Sociedades Anónimas Deportivas; el resto no apoya la medida o no se ha pronunciado. Y por encima de todo están los socios: los verdaderos dueños de los clubes. Incluso en esas tres instituciones, si no comparten el criterio de sus dirigentes, pueden votar a quienes defiendan su naturaleza de asociación civil. Mientras sigan siendo así, tienen voz; si se convierten en sociedades anónimas, las decisiones pasarán a depender exclusivamente de un directorio.

 

Para sostener la mentira de que “los jugadores se vinieron abajo en la final y entregaron el partido a España”, se difundieron varias falsedades, muchas originadas o reproducidas por espacios de comunicación afines al gobierno —¿o financiados por él?—.

 

Una de ellas afirmaba:

 

Por poner la bandera de Malvinas, la Selección podía ser sancionada con 10 años de exclusión de mundiales y copas; para evitarlo, tuvieron que perder contra España”

 

Ya lo confirmamos: esa sanción no existe en el reglamento de la FIFA. Es absolutamente falso.

 

Otra versión, repetida hasta hoy, decía:

 

“Por una causa judicial contra Chiqui Tapia, el FBI iba a detenerlo; el acuerdo fue perder la final”

 

Una tercera sumaba al presidente de la FIFA:

 

“Infantino necesitaba el voto de la Asociación Europea; después del triunfo sobre Inglaterra estaban indignados por la bandera, y por la situación de Tapia, la Selección debía perder”

 

Todo mentira. Todo operación mediática y en redes. Todo engaño a la gente.

 

En la nota anterior ¿Fue España más que Argentina en la final? detallé todos los factores deportivos y organizativos que explican el resultado: la diferencia en kilometraje recorrido, días de descanso, sedes, la carga física acumulada y las lesiones.

 

Pero lo más grave, indignante e inadmisible es que esas operaciones —muchas impulsadas por voceros del oficialismo— hayan acusado a los jugadores de ceder, de rendirse, de entregar una Copa del Mundo.

 

¿A ellos? Que llegaron con siete lesionados y cuatro más con sobrecarga física; que recorrieron más de 14.000 kilómetros, jugaron en siete sedes distintas y contaron con apenas tres días de recuperación promedio entre partidos, en un torneo con más fechas de lo habitual. Y encima, en el último Mundial de Messi.

 

Difamar así a ese grupo inolvidable no tiene perdón.

 

Y tampoco olvido.

UNETE



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