Voluntad. La fuerza heroica que arrastra la vida. Vol. 2. Introducción.

(junio de 2020)


La filosofía que considero importante ha sido obra de librepensadores, de individuos que trataron de pensar por sí mismos, y no como meros imitadores dentro de un colectivo. El ser humano tiende por lo general a la conducta borreguil, se asusta como un corderillo abandonado en el bosque si no se ve rodeado de otros congéneres. Muchos se hacen fuertes y bravucones en sus críticas cuando se ven arropados por otros con respecto a sus ideas, pero pocos son los que van por libre en solitario, y en estos últimos, precisamente, se hallan los faros del progreso intelectual en la humanidad; lo demás es eco o nada. Departamentos universitarios, partidos políticos, sectas religiosas, etc. no son sino mafias organizadas por unos intereses creados. Las ideas valiosas han nacido en unas pocas mentes inquietas y ensimismadas que observan al resto (quizá no sea la mía una de estas, lo admito). Lo demás es ruido de mercadillo, y es interés del lector despierto saber escoger sus lecturas separando el grano de la paja.

A pesar de mi afán por el pensamiento libre y emancipado de poderes varios, no pretendo ser original. No hay aquí un corredoirismo, sino un trabajo de síntesis del pensamiento del pasado que da sentido al presente. No se trata simplemente de hacer un copy+paste, ni de imitar un estilo, se trata de pensar o repensar, con independencia, sobre los asuntos del mundo actual. Si hay algo que intento inculcar en esta obra es el aprecio a los grandes filósofos clásicos, de los que incluyo centenares de citas, y mi ánimo a los lectores para que los descubran por sí mismos leyendo sus textos originales o traducidos, en vez de procesados y deformados por algún profesor de filosofía. Nietzsche, Schopenhauer, Freud, Oswald Spengler, Hermann Hesse —englobables en cierta medida dentro de un Kulturpessimismus alemán— son algunos de los autores más citados en Voluntad, pero hay muchísimos más con las perspectivas más diversas, y algunos otros que se me quedan en el tintero. Los grandes pensadores del pasado ya no están aquí, entre nosotros, y hay que hacerlos revivir de vez en cuando. No es suficiente con una exposición académica sobre sus ideas como modo de sustento de profesores de filosofía, glosando las características históricas de una cultura muerta. No, hay que reinstaurar sus mentes ejerciendo el pensamiento crítico, como ellos han hecho. Hay mucho material en la vida presente que seguramente daría lugar a que estos autores hiciesen jugosos comentarios y, aunque no es posible traerlos redivivos y que hablen o escriban sobre ello, sí lo es seguir leyéndolos y seguir aplicando sus enseñanzas a la sociedad contemporánea. En eso consiste el arte de citar a colación de asuntos varios.

Hay quien piensa que leer y citar a estos salvajes de la filosofía o la literatura es más propio de adolescentes o de una temprana juventud, y que en la madurez uno debiera frecuentar a otros escritores menos rebeldes. Típico pensamiento de burgués acomodado que llama progreso —desde la juventud— a la madurez, al haber cambiado su visión de hippy perroflauta por el trabajo de oficina y la conciliación familiar, y sus sueños de libertad y trotamundos por la vida doméstica, servil y segura. No veo yo la evolución. Son muchos los que con los años empeoran, tanto física como intelectualmente. Y si hemos de pensar que toda rebeldía es propia de adolescentes, bienvenida sea tal edad pero cuando se haya leído, observado y experimentado en propias carnes todo lo que puede hacer un rebelde con causa, algo de lo que desafortunadamente distan bastante, en general, los millennials y los de generaciones posteriores.La «filosofía a martillazos» —parafraseando a Nietzsche— es un método retórico. No es violencia gratuita; el fin es despertar las conciencias. La exposición argumentada racional no es suficiente para penetrar en el alma de otros seres humanos, pues el hombre no es pura razón, más bien tiene de razón muy poco y sí mucho de pulsiones irracionales que dominan su ánimo y su perspectiva de las cosas. Parto de la idea de que carecemos de libre albedrío y, por tanto, no somos libres de seleccionar los buenos argumentos según el peso de su razón, sino por el impacto que crean en nosotros. Así sucedía en la retórica política de la Antigüedad, de quienes se rasgaban las vestiduras, o en el teatro declamatorio con exhortaciones filosóficas, que sirve para dejar mayor impronta con sus ideas que aburridos tratados sistemáticos sobre la cuestión. Lo que nos conmueve nos mueve. ¿Y no crea más aversión que afición el sentirse ofendido? No es este libro para ofendiditos ni gente de piel muy fina; terminarán maldiciéndolo. Es para unos pocos, para aquellos que no temen enfrentarse a las duras verdades tras el velo de las apariencias. En tal consiste el elitismo aristocrático que rechaza Juan Arana en el anterior prólogo; no es aristocracia heredada de sangre, sino un club selecto de los pocos que se atreven a pensar frente a una inmensa mayoría de la población que prefiere seguir con los ojos cerrados.

Alguien se puede molestar por mis comentarios generales, sí, y reaccionar ante ellos con mayor agresividad contra el autor. De hecho, ya he recibido algunas descalificaciones de alguno a quien no le cayó muy simpática la obra en pasadas ediciones. Ahora bien, no hay una simetría de validez en el ejercicio crítico descalificatorio. Incluso desde el punto de vista legal, la libertad de expresión permite a un escritor hacer valoraciones con toda la acritud que quiera contra entes abstractos o colectivos genéricos anónimos —estos no son sujetos de derecho—, siempre que no se caiga en delitos de incitación a la violencia u otros tipificados. Sin embargo, el escritor sí es un individuo portador de unos derechos y puede demandar a cualquiera que ofenda su honor, lo difame o trate de censurar sus obras. Veremos cuánto dura el espíritu de la ley que amparó la libertad de expresión en los últimos dos siglos, pues ya vienen pisando fuerte algunos plebeyos ofendiditos y sectores populistas que reclaman más censura y más caza de brujas contra quien se salga de la corrección política.

Es, por cierto, interesante hacer notar que la editorial que publicó la anterior edición de esta obra, Ediciones Áltera, en 2015, fue demandada por flagrantes incumplimientos de contrato, entre los que estaba el de retirar la obra de circulación al considerarla ofensiva tras recibir presiones de algunos grupos feministas. Como resultado de tal demanda, la editorial ha tenido que pagar indemnizaciones.

Fue un error mío el confiar en este sello, algo que hice más bien por una cuestión de amistad (o eso creía) con su antiguo editor, Javier Ruiz Portella, al que aprecio también como pensador y escritor, y quien, abusando de la confianza, me cobró por unos servicios editoriales (corrección de texto, copias para el autor, determinado número de copias impresas para distribuirlas en librerías, difusión, precio de venta al público limitado, mantenimiento de la edición por un tiempo dado, etc.) que no se cumplieron en su integridad. En 2017 se vendería la editorial con sus derechos y obligaciones a otro editor, Luis Folgado de Torres, quien destruyó todas las copias impresas del libro y se desentendió de los compromisos contractuales. Ambos editores fueron demandados. Afortunadamente, la justicia ha conseguido que yo recuperara casi todo el capital que confiadamente había aportado. Como gesto conciliador, doné una sexta parte del dinero obtenido judicialmente de la editorial al periódico digital elmanifiesto.com, del que Ruiz Portella es director, y este agradeció la donación eliminando todos mis artículos previos en tal publicación y llamándome «rata de tribunales». En fin, de los errores también se aprende.

Estas experiencias corroboran lo que ya pensaba anteriormente sobre la industria editorial más allá de mis desventuras personales: ver sección 4.8 de este volumen. Es lo que tiene convertir actividades culturales en mercantiles; al final todo se prostituye por el vil metal como único fin. Sobre ello me despacho a gusto en el capítulo 4. No obstante, mi experiencia hasta el momento con Ediciones EAS está siendo buena. Esta empresa se ha hecho cargo de la reedición de mi obra dividida en tres volúmenes y con todo el apoyo económico y moral, quizá porque su editor, Manuel Quesada, no vive exclusivamente del negocio editorial y se lo toma como una actividad con cierto idealismo, como en los tiempos en los que se creía que las ideas pueden transformar el mundo, algo que escasea hoy en día enormemente.

Por definición, el librepensador no está adherido a las ideas de un determinado partido político; creo que lo dejo claro en la sección 5.1. Si ponemos el foco en temas sociales, estamos invadidos por las opiniones de multitud de columnistas en diversos medios de comunicación, que tratan de arrimar el ascua a la sardina del partido político que defienden. Se hace crítica al estado actual de las cosas, sí, pero con un propósito de «quítate tú, que me pongo yo». En verdad, repugnan esos pseudointelectuales que se bajan al mercado a chillar como verduleras en una lucha por el poder de su grupo ideológico.

La filosofía, incluso cuando nos referimos a temas sociales, no es política, está por encima de eso. Contempla desde lo alto a las sociedades humanas, las sitúa en su contexto histórico, plantea utopías, pero no se rebaja a discutir sobre cuestiones mundanas presentes en la verdulería. Ni siquiera Marx, que abogaba por hacer práctica la filosofía, se salió del plano teórico. Partidos como Unidas [sic] Podemos, PSOE, Ciudadanos, PP, VOX, grupos nacionalistas (regionalistas, diría yo) y otros menores, son empresas competidoras por el voto del ciudadano, dedicadas a la caza de cargos y prebendas no-eclesiásticas, y un filósofo digno de tal denominación no debe mezclar su nombre con tales negocios. La lucha por el poder no cabe en el mismo saco que el anhelo de saber. Por otra parte, quien se tome el pensamiento en serio debe tener las manos libres, y cualquiera que se arrime a las propuestas vulgocráticas (ver cap. 3) está restringido a hacer un populismo de masas, lo cual contraviene la búsqueda de las virtudes. Solo se puede pensar desde las alturas para unos pocos, al contrario que los pseudopensadores políticos, que tratan de llegar al mayor número posible de potenciales votantes.

Más allá del ser humano, intento también buscar una voluntad a escala global, persiguiendo el espíritu universal de belleza absoluta, el todo en el que se disuelven todas las criaturas, una fusión del ego con la totalidad de la existencia, una visión místico-materialista donde se borran los límites de los individuos en la Naturaleza. Mas, como bien señala Juan Arana al final de su prólogo, sigue sin comprenderse «de qué manera el descarnado y radical materialismo que el libro promueve consigue sostener las espiritualizadas nociones de voluntad y bello deber ser que tanto pondera». Muy acertada esta crítica del prologuista. Es una contradictio in terminis, pues partiendo de una ideología materialista de corte científico, como yo hago por deformación profesional, no cabe hablar de libres voluntades más allá de la cadena mecánica de causas y efectos a la que están sometidos todos los entes de este universo. Estamos, pues, ante la búsqueda de una quimera; espero no estar haciendo un spoiler al avanzar este resultado.

Quienes hayan leído el volumen primero ya sabrán, no obstante, que no se puede sacar leche de un botijo ni se le pueden pedir peras al olmo; no se puede, pero… se hace, porque la existencia humana está llena de contradicciones lógicas. Todo el significado de Voluntad se queda en el esfuerzo de buscarla infructuosamente. Así queda reflejado, por ejemplo, en las sentencias del presente volumen: «Si de alguna voluntad podemos hablar es de la que buscamos, la que está en el infinito inalcanzable de la Historia, y no como principio anterior e impulsor de la misma» (secc. 6.1); «Hallamos pues aquí, en esta otra cosa de la cual formamos parte, un principio supremo que rige el devenir global: Voluntad es la búsqueda eterna sin objeto, indiferente a lo que se encuentra por el camino. Ser es buscar ser, Voluntad es buscar la voluntad; definiciones estas que se autocontienen, lo que supone una progresión ad infinitum. Belleza es la Idea correspondiente al despliegue de fenómenos —materia sensible— necesarios en la búsqueda del Ser que apuntan al infinito. Deber es no-deber —otra nueva sentencia que se contiene: otro ad infinitum—, no incurrir en diferencia dual alguna del bien y el mal, de lo que se debe o no se debe hacer» (secc. 7.9). Voluntad es aquí fuerza en la lucha, y su belleza es la de la existencia luchadora.

No se trata de convencer a nadie de los puntos de vista que aquí comparto. Un ensayo filosófico como el que aquí presento es en esencia tal cual obra pictórica, un fresco de grandes proporciones y elevado número de elementos en el que se plasma una visión de las cosas, unas pinceladas con cierto estilo sobre cómo vemos la vida y el mundo; es decir, lo que se llama en alemán Weltanschauung. Nada me dice el «estoy de acuerdo» o «no estoy de acuerdo» cuando se trata de evaluar un cuadro. Es más bien cuestión de gustos. Incluso desde las antípodas del pensamiento, considero mi hermano intelectual a todo aquel que posea el fervor y la sensibilidad por la expresión del pensamiento hecho palabras. Poco importa ser materialista o teísta, de derechas o de izquierdas o apolítico, profesor universitario o lector vocacional, si nos une la pasión o afinidad por la filosofía en el sentido fuerte, del que se atreve a decir las cosas como las ve. Quede la diplomacia descafeinada para las embajadas y las relaciones públicas. Aquí se viene a pensar, no a convencer, y a motivar al lector a descubrir sus propios caminos.

Obra completa publicada en: Voluntad. La fuerza heroica que arrastra la vida. Vol. II: Voluntad colectiva y más allá del ser humano, Editorial EAS, 2021. Más informaciones sobre el libro en la URL del autor.






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