Ciudadanos, partido que nació hace
ya trece años en Cataluña con el decidido objetivo de hacer frente al
nacionalismo catalán, ha crecido electoralmente a lomos de una peculiar
concepción del liberalismo. Poco antes de la moción de censura que llevó a la
Moncloa a Pedro Sánchez, el partido naranja acariciaba las mieles del éxito electoral,
al menos así lo reflejaban la mayoría de las encuestas. Tras la formación del
gobierno socialista Albert Rivera pidió una y otra vez la convocatoria de
elecciones porque era consciente de que el paso del tiempo reduciría sus
posibilidades electorales.
Por otra parte, Ciudadanos -fiel
a sus orígenes- lideró en Cataluña y en toda España un discurso contra el procés que le ha dado rédito electoral, hasta
el punto de ser el partido más votado en las últimas elecciones catalanas y
experimentar un fuerte crecimiento en comunidades como Andalucía, donde el
discurso contra el separatismo catalán ha cuajado. Ha sido precisamente en
Andalucía donde Ciudadanos, tras el fracaso de Susana Díaz, y acuciados por
llegar al poder a toda costa, no ha tenido escrúpulos para entrar en un gobierno
del PP sustentado por la extrema derecha de Vox. Y ello a pesar de que se
definen como “liberales y progresistas”
En la derecha es evidente que
el PP -a pesar de presidir la Junta de Andalucía- es el partido que ha
experimentado una mayor pérdida de votos, tendencia que confirman las últimas
encuestas. No obstante, el PP mantiene una segunda posición detrás del PSOE, que
encabeza en estos momentos todas las encuestas. A medida que se acerca la campaña
electoral del 28A aumenta el nerviosismo de la formación naranja porque ven como
se desvanecen las posibilidades de reeditar la “fórmula andaluza” tras las
elecciones generales. Además, el líder de Ciudadanos está viendo cómo pierde
fuelle su discurso contra Pedro Sánchez en el que, de forma contumaz, le acusa de
romper España y de estar secuestrado por los independentistas catalanes y los populistas
de Podemos. Tampoco le valen sus críticas a los denominados “viernes sociales”
del gobierno, porque tras reiteradas denuncias se ha visto que son legales. Además,
tanto a Ciudadanos como el PP, que también denuncia los acuerdos sociales del
Consejo de Ministros, les va a resultar difícil explicar a los españoles porque
se oponen a medidas que benefician a los sectores más desfavorecidos.
La última iniciativa de Albert
Rivera, para formar un nuevo frente contra Pedro Sánchez, ha sido proponer al
PP formar un gobierno de coalición en el supuesto de que la suma de escaños les
de para ello. La respuesta de Pablo Casado que, a pesar de sus negras perspectivas
electorales, aparece en los medios con una incomprensible prepotencia, ha sido
decir que Albert Rivera podría ser un buen ministro de asuntos Exteriores en un
gobierno presidido por él. La reacción de Rivera ha ido en el mismo tono al
ofrecer a líder del PP la cartera de Universidades. Mientras Ciudadanos y el PP
se pelean “repartiéndose” los sillones en un hipotético e ilusorio gobierno, el
PSOE avanza con propuestas y medidas que estaban incluidas en los presupuestos
que Ciudadanos, PP y los partidos independentistas catalanes impidieron que se
aprobaran.
Pero, además, Ciudadanos tanto
por formar parte del gobierno de Andalucía apoyado por Vox, como por haber
salido etiquetado en la foto que las tres derechas se hicieron en Colón, ha
perdido ya esa posición de centro liberal que tuvo en sus orígenes. Albert Rivera
habría tenido su oportunidad si Rajoy hubiera dimitido cuando se vio amenazado
por la moción de censura. Pero ahora, enzarzado en esta estéril pelea de gallos
con Pablo Casado, se encuentra atrapado en la peor de las encrucijadas.