Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Literatura   ·   Sociedad   ·   Biografía   ·   Libertad de Pensamiento   ·   Anarquismo   ·   Noam Chomsky   ·   Filosofía



Pesadilla en las aulas


Inicio > Literatura
28/06/2013

1226 Visitas






  • Todos los años, cuando se termina el curso, aparecen toda una serie de personajes, sacados de aquí y de allá, con la honesta pretensión de enseñar a los sufridos profesores lo que apenas saben. Así que, en connivencia con la dirección del centro, consejerías y demás, imparten cursillos, dan charlas y explican, mediante sofisticados aparatos, lo que casi todos sabemos que no se puede llevar a la práctica. Y así un curso tras otro curso. Ante tanta insistente cabezonería, que se repite año tras año, cabe imaginar que hay alguna especie de acuerdo económico, que se debe sustanciar a través de esta serie de soporíferas charlas y coloquios. Es posible que el invento esté subvencionado, como lo ha estado cierto tipo de cine y de teatro, que es mejor no mentar.

    Estas insufribles charlas y cursillos de fin de curso, dirigidas a maestros y profesores, son asépticas, apolíticas y acríticas. Y pintan un mundo que, en el mejor de los casos, se parece a las ilustraciones de un cuento infantil, con su bosque verde claro sin bolsas de plástico ni latas de cerveza, y con un camino que lleva a una bonita y arreglada casa llena de flores, paz y tranquilidad. Allí reside el final feliz. Ese final será así, por supuesto, si el maestro sigue al pie de la letra todo cuanto se ha impartido en el cursillo. Es como decirle a una ama de casa que para ir al mercado se ponga un traje espacial, a fin de no constiparse, o que vaya con el bolso en la mano dado que no existe la maldad, ni nadie, al mínimo descuido, le va a quitar el dinero. Hay visiones muy interesadas, como casi todos sabemos.

    Últimamente está muy de moda, en algunas aulas, el genial invento de las pizarras digitales. Lo último de lo último Y la escuela, que tiene que estar al día, que no puede vivir de espaldas a la realidad, las ha incorporado. Con alguna que otra crítica, que ha conllevado la conocida etiqueta de ser malo, o estar desfasado, todo aquel que rechace tan maravilloso y sofisticado invento, que la escuela, atenta a la realidad, repito, ha incorporado rápidamente. La postura no es nueva: se acusa de lo peor que tiene una sociedad, y que es aceptado por una inmensa mayoría, a quien esté en contra nuestra. De esta forma matamos dos mochuelos de un tiro: nos reafirmamos en nuestro nido, y despojamos al enemigo del suyo. Es más cómodo y rápido soltar un par de tiros, o de falsedades, que pasan por tautología, que abrir un debate por mínimo que sea. Así que antes que nada diremos que está muy bien la pizarra digital, ofrece muchísimas posibilidades, así como que es un gran invento el teléfono móvil, el ordenador y la lavadora. Cosa distinta, por supuesto, es el uso que se hace de estos aparatos. Y con la pizarra digital algunas clases parecen pistas de circo. Y no es que nos disguste el circo. Nada como unos buenos trapecistas o un grupo de acróbatas.

    Las sufridas e inaguantables charlas sobre las pizarras digitales han tenido su correlato en las conversaciones y discusiones sobre el sistema educativo, ya se trate de este, de aquel o del demás allá, pues todos, aquí y ahora, han pecado, y pecan, de lo mismo, de tratar de sacar agua de un ladrillo. Es posible que el error fundamental de todos estos sistemas es que ninguno se centra, ni si quiera se aproxima, a y en la cuestión principal. Además se parte del principio, indiscutible, de que todo el mundo tiene que estudiar, y todo el mundo tiene que pasar por las aulas. ¿Por qué? Tendría que hacerlo quien así lo desea, sin obligación de ningún tipo. Es esta una sociedad que, aparentemente, defiende la libertad a toda costa; pero, sin embargo, les impone a los adolescentes una educación secundaria obligatoria. Eso sí, como es obligatoria se les da toda la libertad del mundo para hacer, en las aulas, lo que les venga en gana: faltar al respeto a profesores y compañeros, jugar, reventar las clases, impedir el desarrollo de las mismas, etc, etc, etc. Y por si eso fuera poco, los padres tienen la posibilidad de pedir cuentas al maestro de su hijo, y de presionar tanto a este como al colegio para que se le cambie la nota a su pequeño vástago, al que no se puede consentir que nadie se haya atrevido a suspender, o a poner una calificación considerada baja. Y venga usted ahora con cursillos para evaluar correctamente o estimular al alumno, que ya viene estimulado y evaluado de su casa. Eso sin tener en cuenta que establecimiento hay, cosas veredes Sancho que farán fablar a las piedras, do la dirección, religiosa para más señas, sin encomendarse a dios ni al diablo, cambia las notas que quiere y le da la gana en función de si este alumno es pariente de aquel o primo del bedel, o contribuye a la causa. Reuniones ha habido, famosas en los anales del reino, donde los profesores han pedido a la dirección la lista de los alumnos que tenían que aprobar a fin de no disgustarse corrigiendo exámenes. Vistas así las cosas puede que la idea del ministro, la de pedir una nota alta para alcanzar una beca, no sea algo tan injusto como parece a simple vista. Hay trampa en esto, por supuesto. Y la trampa está en donde nadie la quiere buscar: en que el nivel de exigencia hacia los alumnos de secundaria está por los suelos. A los alumnos, en la ESO, les toman el pelo. Esa tomadura de pelo se convierte en una broma sangrante cuando, tras permitirles promocionar curso tras curso sin hacer nada, o lo mínimo, se les pide luego, de golpe y porrazo, una nota, que tampoco es tan alta, para obtener una beca. Se puede pedir una cierta nota, desde luego; pero siendo coherentes: exigiendo desde el principio, y premiando el esfuerzo y el trabajo, no la consanguineidad y otras zarandajas. Porque nunca como hasta ahora han estado tan de moda las enfermedades.

    No dudamos que hay enfermedades. Por supuesto que las hay. Ahora bien, resulta sospechoso que haya tantas. Y que un alumno, en cuando no distingue la o de la a, muchas veces por pereza, por dejadez, o por desmotivación, le encuentren rápidamente una enfermedad, empiecen a darle pastillas, y lo lleven entre algodones. Muchos de ellos se han aprendido la lección tan bien que ya, antes del examen, avisan de su enfermedad a fin de que se tenga en cuenta, y se les apruebe, aunque el examen esté en blanco. Es sospechoso tanta y tanta enfermedad; pero aunque sea cierto, lo que se está haciendo con estos alumnos es sangrante: no se les exige nada, no se les pide nada, no se les da ningún tipo de ayuda, por eso de la crisis, como no sea aprobarlos para que no protesten los padres. Ahora bien, la pregunta surge enseguida: ¿qué se va a hacer con estos chicos el día de mañana? ¿Cuándo vayan al mercado van a alegar su enfermedad y les van a hacer un descuento en la compra? ¿No sería mejor otro tipo de soluciones? No es políticamente correcto decirlo, pero muchas veces tras estas enfermedades no se esconde más que pereza y desidia, por parte de padres y de otras muchas personas. Y el alumno aprende por mímesis. Al fin y al cabo ¿a quién le gusta trabajar?

    Ahora estos alumnos, y los otros, con el joven invento de las pizarras digitales, están entretenidísimos. Ya veremos lo que dura la novedad. Y dure lo que dure, hay otra faceta que se debe tener en cuenta: con tanta tecnología hay cosas esenciales que, por desgracia, se están olvidando. Da pena, durante los exámenes, comprobar que, efectivamente, la inmensa mayoría de los alumnos no saben sujetar un bolígrafo para escribir. Y todavía es más penoso ver las posturas que adoptan: no saben sentarse. Lo hacen de cualquier forma y manera. No será de extrañar que, a no tardar mucho, comiencen todos a tener problemas de cervicales, de vista, de varices y demás. Y ya que estamos ahorrando tanto en educación y en sanidad, sería interesante, como mínimo, enseñarles a sentarse correcta y cómodamente. La iluminación de las aulas ni la mencionamos.

    Obviando todo esto, ahora se nos quiere vender la pizarra digital como el no va más en la educación. Y ese no va más ya se descubrió hace años. El no va más de las cosas siempre ha sido muy sencillo y ha estado al alcance de cualquiera. Hoy en día casi todos los alumnos están bien alimentados, algunos muy bien alimentados. Es una crueldad tenerlos siete horas seguidas sentados en un aula soportando clase tras clase. Son, en su inmensa mayoría, alumnos pasivos. Y si hay algo que les encanta, al menos a muchos de ellos, es la participación. Y para ello, y para despertar el sentido crítico, nada mejor que un viejo invento, algo tan antiguo, y tan moderno para ellos, como el teatro. A través del teatro, de la preparación y del montaje de las obras, se pueden aprender muchas cosas. Pero aquí surge otra enorme dificultad: la educación tiene que delimitar muy bien sus metas, pues las representaciones teatrales no sirven para aprobar la PAU o la reválida, si llega a imponerse. Mientras se está ensayando una obra, o haciendo los decorados, no se está estudiando ni los binomios, ni los adjetivos, ni la lengua autónoma. Con la pizarra digital se los puede tener embobados, aunque su participación sea tan mínima como apretar un botón. Con eso ya no hace falta ni ir a los museos. De hecho no se va. Así que poco a poco, o quizás ya hemos llegado a ello, la realidad virtual se ha impuesto a la realidad real. Siempre nos ha parecido más creativo e instructivo montar una obra de teatro, o llevar a los alumnos a pasear por su ciudad. Por supuesto que esto no está reñido con la pizarra digital. Pero la educación tiene que ser algo más. Y de ese algo más nunca se habla. Tal vez en la próxima reencarnación. En esta ya tenemos las pizarras digitales. La tecnología ha llegado a las aulas, pero los alumnos no leen apenas, apenas entienden lo poco que leen, y sus habilidades a la hora de escribir son más bien escasas. El día que se vaya la luz, se acabó el colegio. Siempre creí que se debía educar a las personas para ser libres, críticas y autónomas. Y para eso el gran invento, que no se ha superado todavía, es el libro de bolsillo. Infinitamente más barato que una pizarra digital. Pero, claro, hay que implicarse y leerlo para explicarlo, como hay que implicarse para hacer una obra de teatro. Lo bueno de la tecnología es que muchos problemas los soluciona cortando y pegando. Nihil obstat.Escribe aquí tu artículo


Etiquetas:   Profesores   ·   Tecnología   ·   Alumnos   ·   Aulas

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17288 publicaciones
4443 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora