Filosofía Colombiana: La pérdida de la identidad

Sería ilógico comenzar a exteriorizar los aspectos excelsos de la filosofía, sin antes interiorizar sobre lo que fue, es y será la filosofía con sello histórico colombiano. Así es, aunque suene un tanto extraño pensar en la clarificación lógica de los pensamientos del patrimonio tricolor, esta experiencia en la línea del tiempo nos permitirá acercarnos a la esencia de nuestro pensamiento.

 

. Así es, aunque suene un tanto extraño pensar en la clarificación lógica de los pensamientos del patrimonio tricolor, esta experiencia en la línea del tiempo nos permitirá acercarnos a la esencia de nuestro pensamiento.
Tal vez se puede llegar a pensar que el proceso filosófico en nuestra tierra cafetera fue una brusca ruptura en las transiciones de sus etapas, o tal vez podremos captar dentro de ella el colapso de distintas instituciones que ofrecieron el producto mutable que se experimenta cada día. Pues bien, así como la filosofía de occidente fundamentó sus pilares en los postulados del cristianismo reinante, el orden de la sociedad por los lados de nuestras tierras se oxigena con cosmogonías colapsadas que encuentran su ciclo de partida dos siglos atrás.

Dos siglos atrás, en la época colonial el punto de inicio simplemente era un vacío donde empezaban a brotar los placeres de los amos, los placeres predominantes de una filosofía compactada al otro lado del hemisferio que encontraba su botín en la ignorancia del nativo. Personajes como Alonso de Ojeda, Rodrigo de Bastidas, entre otros, fueron aquellos que al ubicar su sello explorador en la península de la Guajira constituyeron el primer contacto, el dominio en zonas costeras e interiores, la subordinación a través de la esclavitud, la evangelización, el repartimiento, la encomienda, la mita minera y la comercialización de esclavos, todo esto el pretexto ideal para empañar con sangre y violencia brutal la armonía con la naturaleza. Situación irracional que encontró un mínimo desahogo a través de la primera insurrección comunera, la cual promulgó e hizo visible los primeros fundamentos de la identidad criolla, identidad que tiempo después se inspiró en modelos de revolución francés para dar paso al tan ansiado día de independencia. En medio de esta auténtica revelación por liberarse de las cadenas, brilló el opositor al centralismo español, el militar neogranadino, su nombre Antonio Nariño, y su filosofía, la libertad, la igualdad y la fraternidad por medio de la fidelidad a la magna declaración de los derechos del hombre. Pero en medio de este proceso de revoluciones que sacudían distintos bandos, se efectuaba algo distinto y totalmente opuesto a la guerra y su filosofía de ruptura a la calma. Se hacía efectiva la Real Expedición Botánica, cuyos objetivos científicos consolidaron la recolección, estructuración y clasificación de 20 mil especies vegetales y 7 mil especies de animales, dando paso a la fundación del observatorio astronómico de Santa Fé de Bogotá, uno de los primeros de América meridional, y abriendo camino preciso a la creación de una selecta baraja de científicos fundamentos para concientizar de las riquezas naturales del Nuevo Mundo. Pero a pesar de simbolizar ciertos aires nuevos para el inicio de un nuevo patrimonio, los cánones de la filosofía europea seguían latentes, a tal punto que la falta de criterio y solvencia independiente conllevó a crear la llamada Patria Boba,  la primera república de las indecisiones políticas, de las guerras regionales, de la inestabilidad entre pensar en un gobierno centralista o federalista, pero ante todo fue el periodo que sirvió en bandeja de plata la reintegración de las tendencias esclavistas de la corona española, el periodo en el que la real audiencia tomó posesión de nuestros antepasados para condenarlos a la desgracia, a la pobreza mental, a un dominio irracional, pero sobre todo a la ironía de llamarnos herederos de la revolución francesa sin tener el más mínimo criterio para asesinar los falsos ideales.

El tiempo transcurrió y con él aparecieron las 2 corrientes tradicionales de la filosofía política, por un lado el rojo, el liberalismo, una coalición de matices de la izquierda democrática, esbozando en su esencia el postulado anticlerical y progresista, protegiendo fielmente el libre comercio y el respeto al desarrollo artesanal. Por otro lado el azul, el conservador, donde primó un sistema bipartidista y se dio preámbulo fundamental a las relaciones divinas, a los límites de la razón humana y a la propiedad privada como fin social. Dos partidos tradicionales, dos tendencias opuestas, dos derivados de la variedad de los matices europeos, dos manifestaciones de la ironía que enmarcaron la violencia dentro del marco político por medio de guerras civiles como la guerra de los mil días y guerras internas que brillaron por su radicalidad. Radicalidad que se perpetuó en el avance del tiempo, radicalidad que puso barreras al avance de una ideología neutral y sabia, radicalidad que cobró sus víctimas, uno de ellos Jorge Eliécer Gaitán, líder disidente del partido liberal, batallador de la oración de paz, servidor de la oración por los humildes, asesinado el 9 de abril de 1948 mientras se dirigía a almorzar junto a Plinio Mendoza NeiraPedro Eliseo CruzAlejandro Vallejo y Jorge Padilla, producto de tres balazos propinados por Juan Roa Sierra, causándole la posterior muerte en la Clínica Central, mientras su socio Pedro Eliseo Cruz procedía a efectuarle transfusión de sangre. Situación fatal para un aparente progreso que simplemente se transformó o hizo nuevamente relucir el famoso disfraz de discordias, de guerras bipartidistas y civiles que dieron origen a una falsa alternancia a través del Frente Nacional, que fue el pretexto para impulsar a la reactivación de las tendencias guerrilleras. Tendencias que marcan la pauta en nuestra historia reciente, tendencias que abrieron las puertas al océano de fatalidades producto del narcotráfico, tendencias fieles a ser efectos de crisis disociadora, tendencias que llevaron a un estado totalitario y débil donde le temen a cualquiera que razone distinto por este motivo víctimas abundaron, víctimas colectivas asesinadas en sus distintos sitios de trabajo tales como el DAS, el palacio de justicia, o víctimas de noble corazón que fueron silenciadas con armas de fuego, tal como ocurrió en aquel proceso sistemático que inició con un fallido atentado en la Universidad de Antioquia y que posteriormente un 18 de agosto de 1989 cobró con la vida del abogado y político liberal, Luis Carlos Galán, quien fue herido mortalmente en un mitin electoral, y apagó su luz de esperanza en la capital de la república junto al concejal de Soacha, Julio César Peñalosa Sánchez y su fiel escolta, Santiago Cuervo.

La filosofía colombiana ha sido marcada posteriormente por décadas de conflictos, víctimas de la desaparición y el desplazamiento forzado, escándalos políticos producto de la asociación estratégica con grupos de insurrectos que fijan sus principios en la ilegalidad y la autodestrucción, convirtiéndose en fieles manifestantes de la podredumbre y la miseria que acarreó la mentalidad demoledora y de vandalismo del avaro sector español en la época colonial, ya que no puede ser motivo de negación pensar que en cada gen de los conquistadores complementado con la ignorancia tanto de ellos como de los indígenas, se fundamentó una ceguera espiritual, una fracción de valores a cada instante, un laberinto cargado de mal a la que muchos no le encuentran la salida, una pérdida de los principios básicos de la vida para callar violenta e irracionalmente a los buenos, una muerte de la ética que conlleva al placer a convertirse en demonio predominante, una frustración y despersonalización que genera sociedades opresoras y alienantes trituradas por la máquina globalizadora, promiscuidad dentro del hecho de profanar la muerte mental, una deserción a la sabiduría que da ámbito a la prostitución de la peste social y ante todo, una mayoría de la sociedad colombiana que aún desconoce la esencia de su propia filosofía. Una pérdida de la identidad perpetuada en el nunca acabar.

UNETE



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