. Así es, aunque suene un tanto extraño
pensar en la clarificación lógica de los pensamientos del patrimonio tricolor,
esta experiencia en la línea del tiempo nos permitirá acercarnos a la esencia
de nuestro pensamiento.
Tal vez se puede llegar a pensar que el proceso filosófico
en nuestra tierra cafetera fue una brusca ruptura en las transiciones de sus etapas,
o tal vez podremos captar dentro de ella el colapso de distintas instituciones
que ofrecieron el producto mutable que se experimenta cada día. Pues bien, así
como la filosofía de occidente fundamentó sus pilares en los postulados del
cristianismo reinante, el orden de la sociedad por los lados de nuestras
tierras se oxigena con cosmogonías colapsadas que encuentran su ciclo de partida
dos siglos atrás.
Dos siglos atrás, en la época colonial el punto de inicio
simplemente era un vacío donde empezaban a brotar los placeres de los amos, los
placeres predominantes de una filosofía compactada al otro lado del hemisferio
que encontraba su botín en la ignorancia del nativo. Personajes como Alonso de
Ojeda, Rodrigo de Bastidas, entre otros, fueron aquellos que al ubicar su sello
explorador en la península de la Guajira constituyeron el primer contacto, el
dominio en zonas costeras e interiores, la subordinación a través de la esclavitud,
la evangelización, el repartimiento, la encomienda, la mita minera y la
comercialización de esclavos, todo esto el pretexto ideal para empañar con
sangre y violencia brutal la armonía con la naturaleza. Situación irracional que
encontró un mínimo desahogo a través de la primera insurrección comunera, la cual
promulgó e hizo visible los primeros fundamentos de la identidad criolla, identidad
que tiempo después se inspiró en modelos de revolución francés para dar paso al
tan ansiado día de independencia. En medio de esta auténtica revelación por
liberarse de las cadenas, brilló el opositor al centralismo español, el militar
neogranadino, su nombre Antonio Nariño, y su filosofía, la libertad, la
igualdad y la fraternidad por medio de la fidelidad a la magna declaración de
los derechos del hombre. Pero en medio de este proceso de revoluciones que sacudían
distintos bandos, se efectuaba algo distinto y totalmente opuesto a la guerra y
su filosofía de ruptura a la calma. Se hacía efectiva la Real Expedición
Botánica, cuyos objetivos científicos consolidaron la recolección,
estructuración y clasificación de 20 mil especies vegetales y 7 mil especies de
animales, dando paso a la fundación del observatorio
astronómico de Santa Fé de Bogotá, uno
de los primeros de América meridional, y
abriendo camino preciso a la creación de una selecta baraja de científicos fundamentos
para concientizar de las
riquezas naturales del Nuevo Mundo. Pero a pesar de simbolizar ciertos aires
nuevos para el inicio de un nuevo patrimonio, los cánones de la filosofía
europea seguían latentes, a tal punto que la falta de criterio y solvencia
independiente conllevó a crear la llamada Patria Boba, la primera república de las indecisiones
políticas, de las guerras regionales, de la inestabilidad entre pensar en un
gobierno centralista o federalista, pero ante todo fue el periodo que sirvió en
bandeja de plata la reintegración de las tendencias esclavistas de la corona española,
el periodo en el que la real audiencia tomó posesión de nuestros antepasados
para condenarlos a la desgracia, a la pobreza mental, a un dominio irracional,
pero sobre todo a la ironía de llamarnos herederos de la revolución francesa
sin tener el más mínimo criterio para asesinar los falsos ideales.
El tiempo transcurrió y con él
aparecieron las 2 corrientes tradicionales de la filosofía política, por un lado
el rojo, el liberalismo, una coalición de matices de la izquierda democrática,
esbozando en su esencia el postulado anticlerical y progresista, protegiendo
fielmente el libre comercio y el respeto al desarrollo artesanal. Por otro lado
el azul, el conservador, donde primó un sistema bipartidista y se dio preámbulo
fundamental a las relaciones divinas, a los límites de la razón humana y a la
propiedad privada como fin social. Dos partidos tradicionales, dos tendencias
opuestas, dos derivados de la variedad de los matices europeos, dos manifestaciones
de la ironía que enmarcaron la violencia dentro del marco político por medio de
guerras civiles como la guerra de los mil días y guerras internas que brillaron
por su radicalidad. Radicalidad que se perpetuó en el avance del tiempo,
radicalidad que puso barreras al avance de una ideología neutral y sabia,
radicalidad que cobró sus víctimas, uno de ellos Jorge Eliécer Gaitán, líder
disidente del partido liberal, batallador de la oración de paz, servidor de la
oración por los humildes, asesinado el 9 de abril de 1948 mientras se dirigía a
almorzar junto a Plinio Mendoza
Neira, Pedro Eliseo Cruz, Alejandro Vallejo y Jorge Padilla,
producto de tres balazos propinados por Juan Roa Sierra, causándole la
posterior muerte en la Clínica Central, mientras su socio Pedro Eliseo Cruz
procedía a efectuarle transfusión de sangre. Situación fatal para un aparente
progreso que simplemente se transformó o hizo nuevamente relucir el famoso
disfraz de discordias, de guerras bipartidistas y civiles que dieron origen a
una falsa alternancia a través del Frente Nacional, que fue el pretexto para
impulsar a la reactivación de las tendencias guerrilleras. Tendencias que
marcan la pauta en nuestra historia reciente, tendencias que abrieron las
puertas al océano de fatalidades producto del narcotráfico, tendencias fieles a
ser efectos de crisis disociadora, tendencias que llevaron a un estado totalitario
y débil donde le temen a cualquiera que razone distinto por este motivo
víctimas abundaron, víctimas colectivas asesinadas en sus distintos sitios de
trabajo tales como el DAS, el palacio de justicia, o víctimas de noble corazón
que fueron silenciadas con armas de fuego, tal como ocurrió en aquel proceso
sistemático que inició con un fallido atentado en la Universidad de Antioquia y
que posteriormente un 18 de agosto de 1989 cobró con la vida del abogado y
político liberal, Luis Carlos Galán, quien fue herido mortalmente en un mitin
electoral, y apagó su luz de esperanza en la capital de la república junto al
concejal de Soacha, Julio César Peñalosa Sánchez y su fiel escolta, Santiago
Cuervo.
La filosofía colombiana ha sido marcada
posteriormente por décadas de conflictos, víctimas de la desaparición y el
desplazamiento forzado, escándalos políticos producto de la asociación
estratégica con grupos de insurrectos que fijan sus principios en la ilegalidad
y la autodestrucción, convirtiéndose en fieles manifestantes de la podredumbre
y la miseria que acarreó la mentalidad demoledora y de vandalismo del avaro sector
español en la época colonial, ya que no puede ser motivo de negación pensar que
en cada gen de los conquistadores complementado con la ignorancia tanto de
ellos como de los indígenas, se fundamentó una ceguera espiritual, una fracción
de valores a cada instante, un laberinto cargado de mal a la que muchos no le
encuentran la salida, una pérdida de los principios básicos de la vida para
callar violenta e irracionalmente a los buenos, una muerte de la ética que
conlleva al placer a convertirse en demonio predominante, una frustración y
despersonalización que genera sociedades opresoras y alienantes trituradas por
la máquina globalizadora, promiscuidad dentro del hecho de profanar la muerte
mental, una deserción a la sabiduría que da ámbito a la prostitución de la
peste social y ante todo, una mayoría de la sociedad colombiana que aún
desconoce la esencia de su propia filosofía. Una pérdida de la identidad perpetuada en el
nunca acabar.