El Gran Colombiano: no somos un país sin memoria

La historia nos ha mostrado que cuando un país está sumido en la miseria sus ciudadanos tienden a buscar una solución inmediata sin pensar en las consecuencias que esta puede traer en un futuro cercano.

 

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Muestra de ello es la solución que los alemanes buscaron para salir de la pobreza en la que estaban; dicha solución se llamó Hitler; o el respaldo del pueblo soviético a Stalin. O porque no pensar en el apoyo tan fuerte que tuvo Pinochet durante y después de la dictadura; o el apoyo incondicional que gran parte de los venezolanos le dieron a Hugo Chávez durante casi 14 años de mandato. No pensar en las consecuencias de ciertas acciones es lo que lleva a un país a mantenerse en constantes conflictos y continuas violaciones a los derechos humanos.

Pero ¿qué pasaría si a los ciudadanos de un país se les advirtiera sobre el riesgo de elegir como presidente a alguien que estuviera dispuestos a sacrificar miles de campesinos con tal de alcanzar un solo objetivo? ¿O si revelara que el pasado de ese alguien es turbio y que está relacionado con los grupos que han desangrado a un país? Mejor aún, ¿qué pasaría si integrantes de esos grupos hablaran y lo relacionaran directamente con asesinatos, masacres, actos de corrupción y narcotráfico? La respuesta más obvia sería que los ciudadanos de ese país no lo elegirían como presidente y presionarían a la justicia para que le abrieran procesos penales sustentados en las pruebas entregadas por integrantes de diferentes sectores de la sociedad. Ese personaje sería encarcelado y pasaría a la historia como un criminal más.

Pero en Colombia lo obvio no es tan obvio y lo descrito anteriormente ocurrió. A los colombianos se les advirtió sobre el peligro de elegir como presidente al Gran Colombiano. Uno de los personajes que no dudó en hablar y poner sobre aviso a los ciudadanos fue Jaime Garzón. Sí, aquel que hacía reír al pueblo burlándose del poder, aquel que no dudaba en decirle la verdad en la cara a los corruptos. Aquel que cuestionó las políticas de los diferentes gobiernos nacionales y locales. Él, Garzón, fue uno de los tantos que habló sobre el peligro al que se enfrentaba Colombia al tener a Uribe como presidente. Uno de los tantos, aclaro, porque no fue el único, decenas de colombianos presentaron pruebas mostrando el peligro en el que se encontraba Colombia. Pero eso no fue suficiente, Uribe fue elegido como presidente en el 2002 con 5.862.655 de votos. Aunque es necesario aclarar que varios jefes paramilitares, años después, confesaron que obligaron, con fusil en mano, a miles de campesinos a votar por Uribe. Muestra de esto fue la fuerte votación que tuvo a favor en las zonas controladas por los paramilitares. Pero pese a las presiones violentas que los paramilitares le hicieron a los campesinos para que votaran por Uribe, no podemos negar que otra parte de los colombianos votaron por él sin la necesidad de tener un fusil apuntándoles a la cabeza.

A esos colombianos se les vendió una sola cosa como necesaria para alcanzar la paz del país: «mano firme y corazón grande». Esa fue la premisa por la que votaron los colombianos, sin saber para quién era la mano firme y para quién el corazón grande. Decidieron no prestarle importancia a que Uribe había sido el ponente e promotor del la Ley 100, ley que privatizó la salud en Colombia; o que cuando él fue director de la Aeronáutica Civil concedió, sin realizar las investigaciones necesarias, licencias para la construcción de pistas; casualmente esas pistas fueron utilizadas por el cartel de Medellín para sacar la droga del país. No le prestaron importancia el respaldo público que los paramilitares le hicieron como candidato o que él fue uno de los que presionó para que las Convivir (uno de los tantos brazos armados de los paramilitares) fueran legalizadas; o que en 1991 Uribe apareció en un archivo federal de los EE. UU. Como miembro del Cartel de Medellín y amigo de Pablo Escobar. Los hechos más conocidos son los mencionados anteriormente, pero no son los únicos.

No podemos afirmar que los colombianos no tienen memoria, eso sería un error. Pues nos catalogaríamos como ciudadanos inocentes y negligentes. Debemos tener en cuenta que el presente que enfrentamos es nuestra culpa. Los colombianos hemos avalado los procesos políticos que polarizan y los procesos violentos por los que ha pasado el país. Quizás sea una afirmación con la que muchos no estén de acuerdo, y claro está que no se debe generalizar, pero tampoco se debe ignorar que gran parte de los ciudadanos han sido los culpables de los acontecimientos tan difíciles que ha enfrentado el país.

Pruebas de lo anteriormente dicho es que Álvaro Uribe Vélez, uno de los políticos que más daño le ha hecho a Colombia, fue elegido dos veces presidente y en la actualidad es aclamado por un grupo no poco significativo de colombianos, para que tome de nuevo las riendas del país.

A estos colombianos no les importa los nexos de Uribe con los paramilitares, ni que fuera promotor de la Ley 100, o que en sus dos gobiernos se hubieran presentado actos de corrupción como Agro Ingreso Seguro o la Yidispolítica, el descomunal robo a la Dian, al DNE, a la salud, haberle abierto las puertas al Grupo Nule, haber designado a los directores del DAS, los cuales ordenaron la persecución a los opositores del ex presidente. Tampoco les importa que en sus gobiernos los mal llamados falsos positivos, crímenes de lesa humanidad, hubieran aumentado y que él, como presidente, hubiera catalogado a esas víctimas como guerrilleros sin tener prueba alguna. Prefieren no recordar que más del 35% del congreso fue cooptado por el paramilitarismo y que todos esos congresistas eran seguidores acérrimos del ex presidente; o que él el salario mínimo no creció al nivel que debía crecer; o que las horas extras, de 6 a 10 de la noche, fueron eliminadas; o que las cooperativas de trabajo tomaron gran fuerza en su gobierno. Estas y muchas otras cosas no son argumentos suficientes como para evitar que Álvaro Uribe tome el liderazgo del país.

Los colombianos no han olvidado, simplemente quieren tener en el poder a una figura paterna autoritaria para sentirse seguros y vigilados. No importa cuántos campesinos pierdan sus casas o la vida; no importa cuántos periodistas sean perseguidos; cuantos defensores de derechos humanos sean asesinados; no importa cuántas instituciones sean desfalcadas por los amigos o familiares de Uribe; lo que realmente importa es tener una autoridad persecutoria en el poder.

Por todo lo anterior no es sorprendente que él haya sido elegido como el Gran Colombiano, quizá no por una gran mayoría, pero eso quiere decir que Colombia aún quiere un líder que les asegure mano fuerte, violenta y guerrerista. Él, Uribe, es el resumen de una parte de la historia de nuestro país: retrograda, persecutorio, autoritario, injusto, parcializado, violento, mal hablado, entre muchas otras cosas.

Solamente nos quedan dos cosas por hacer: la primera, pedirle perdón a Garzón,  Gaitán, Galán, Nariño, Obregón, Gabo, Llinás, entre muchos otros por permitir que Uribe aplaste el legado que ellos nos han dejado. La segunda, luchar activamente para no dejar que lo que Uribe representa siga germinando en los corazones de los colombianos.

  Twitter: Miguel_AngelC

 

UNETE



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