.I. Artificial Intelligence, una vieja película de 2001 dirigida por Spielberg (aunque prácticamente concebida por Kubrick), en que unos avanzados humanoides descubren un modelo viejísimo junto a un androide oso de peluche, y al examinarlo hallan en su memoria imágenes de cómo fue la humanidad, aquella raza extinta miles de años atrás. La “humanidad”, es decir, Manhattan.
Como metáfora, como resumen del planeta, esa memoria es sobrecogedora porque muestra que en algún punto todas nuestras ciudades artesanas, verdes y caóticas del tercer mundo se mimetizaron en unos paisajes verticales, automáticos e interconectados, igualitos a ese Nueva York. O no. Quizás nos autoincluimos en ese concepto hollywoodense de “humanidad”, nos creímos ser parte de esa palabra, de ese conjunto, y no nos dimos cuenta de que para variar nosotr@s, seres del inabarcable subdesarrollo, no estábamos en la mente de los guionistas. No es su culpa. Allá viven en su mundo, es decir, el mundo.
Esa escena fílmica me asalta sobre todo durante charlas inesperadas acerca de ciudadanía, nacionalidades y terruños, porque de una forma descarada, a pesar de lo que ya sabemos, (de las inocencias derrumbadas, de las patrañas develadas), nuestro verdadero, desafiante y corajudo mundo permanece solapado bajo los prejuicios u omisiones de las grandes narraciones de la “humanidad”, y lo triste es que nuestras pantallas cinematográficas siguen haciendo muy poco para contrarrestarlo.Imagino que pasan cientos de años, un algo descubre restos de una cartelera de cine en cualquiera de nuestras ciudades suramericanas y por pura curiosidad científica decide hacer una labor arqueológica sobre esas gentes nativas. Nos hallará estadounidenses y asumirá que toda esta “humanidad” fue una sola, fanática de idénticas historias que transcurrían en un mismo paisaje. Dirán que los cuentos de estos seres del Sur eran igualitos a los del Norte, basados en las imágenes repetidas de explosiones, persecuciones, complots, y que hablaban un único idioma llamado inglés. Concluirán que el único sentido del humor era ese chiste fácil y sobreactuado, un poco tonto, pero qué se les podía pedir, por algo esa raza humana se extinguió. Eso dirán, con base en su hallazgo: una muestra fotocopiada de películas, una especie de eco cinematográfico a lo largo y ancho de lo que fue el lado meridional del continente. Lo que no sabrá ese algo (cibernético o alienígena o quizás estadounidensenoide) es que nuestras ciudades eran disímiles, rítmicas, horizontales y sinuosas, que en casi todas se hablaba un mismo idioma, pero que también había un montón de lenguas que ni ellas mismas entendían. Eso, por decir lo menos. Si ese algo se encuentra una cartelera de cine de Bogotá, por ejemplo, del lejano mes de abril de 2013, verá que de 15 películas solo una era colombiana (Roa). Si encuentra restos en Caracas, notará que de 19 filmes exhibidos solo tres eran homemade (El Yaque, Azul y no tan rosa y Brecha en el silencio). Los resultados de las excavaciones no mejorarían en sitios ubicados más abajo como Buenos Aires, donde había 16 cintas, de las cuales solo tres eran producción local (Puerta de hierro, La reconstrucción y La memoria del muerto); o en Rio de Janeiro (que no Brasilia, a juzgar por los restos de una estatua enorme con los brazos abiertos), cuya cartelera mencionaría 24 películas, pero solo cinco serían de ahí (Vai que dá certo, A busca, Onde a coruja dorme, Uma história de amor e fúria y Tainá).Si nuestros restos cinematográficos van a hablarle al futuro de nuestras ciudades, nuestros terruños, nuestra cultura, en realidad, no van a decir mucho, aunque tampoco nos dicen hoy. Nuestras carteleras de cine no nos invitan a vernos ni mucho menos ver al de al lado, porque si hoy cada ciudad suramericana tiene pocas opciones para recibir sus propias historias, mucho menos tiene horarios para mostrar las de lugares situados cultural o a veces geográficamente más cercanos que Manhattan.