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Los indignados: más allá de la protesta


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30/05/2011


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Ha sido una marea que comenzó en el Oriente Medio y en el Magreb, y se ha ido desplazando mediáticamente por algunas partes del mundo. Los indignados remecieron las estructuras que sostenían el régimen de Mubarak en Egipto. Poco antes habían derrocado a Zine al Abidine Ben Alí. El 15 de Mayo sorprendieron a las fuerzas políticas en España, tomándose las plazas. En Chile ocurre lo propio con quienes se oponen a un megaproyecto eléctrico en la Patagonia.


Son grandes movimientos ciudadanos que reaccionan frente a las estructuras de poder, exigiendo cambios, respuestas concretas y, a lo menos, ser escuchados, cunado expresan su  rechazo a las decisiones de los poderes políticos o económicos. Es una expresión del “basta” y del “ya no más” que subyace en el consciente colectivo, frente a la carencia de participación social en los temas que involucran directamente a la vida o las convicciones de las personas.

La sorpresa ha sido tanta que se han transformado en fenómenos mediáticos, que irrumpen copando la agenda de los medios, de la clase política, de la policía, de los voceros de diverso tipo y de todos quienes tratamos de construir opinión sobre los aconteceres humanos, con mayor o menor éxito.

Algo está pasando concretamente, pero como todas las cosas nuevas no se perciben certezas y hay mucho de especulación respecto a su profundidad y alcance. Nadie sabe si arrastrarán consigo la revolución, el cambio o simplemente la frustración o la anécdota. Los indignados de Egipto y Túnez aún no han logrado nada, y lo más probable es que, lo que buscaron con tanto afán e incluso muertos, termine atrapado en los vericuetos de quienes han seguido controlando el poder.

No es la primera vez que ello ocurre. Grandes movimientos ciudadanos o revueltas de multitudes, a través de la historia moderna han terminado en el más profundo fracaso. Hace poco más de 40 años, el mundo pareció detenerse en el Mayo del 68, conmocionado por los acontecimientos en París, lejos del control de los partidos tradicionales (incluso de la izquierda más revolucionaria). No quedó nada más que la leyenda y nada cambió en el sentido que sus actores esperaban.

Es la incertidumbre que rodea al impulso vital de los indignados que salen a las calles hoy, contra la carencia de trabajo, contra la falta de democracia, contra políticas gubernamentales autoritarias, contra la ineficacia de las gestiones de los gobierno, contra la falta de gobernanza, contra el unilateralismo de las decisiones que afectan a todos.

Al margen de las estructuras políticas los indignados copan la Puerta del Sol, en Madrid, pidiendo respuestas a la falta de trabajo, denunciando la ineficacia y la corrupción, y exigiendo cambios profundos al modelo. Lo propio ocurre con los estudiantes que, una vez más, se levantan en Chile contra el modelo de educación, o los miles de ciudadanos que en las calles rechazan el modelo energético que propone el actual sistema político y económico.

¿Alguien de las organizaciones políticas puede, sin que sea tildado de poco serio, iluso o mitómano, reivindicar su influencia o su activismo en función de los resultados que se advierten en las calles, con miles de personas que no reconocen militancias ni otra subordinación que no sea a su conciencia y su libre y espontánea indignación frente al estado de cosas existente?

Sin embargo, precisamente allí está el drama y la incertidumbre de la irrupción de los indignados. Sin una voluntad política coherente más allá de la protesta, sin una conducción efectiva, sin la capacidad de ejercer un protagonismo en la solución de los problemas, estos movimientos ciudadanos están condenados a la egiptización de los procesos. Es decir, promoverán algunos cambios que no cambiarán nada, y las estructuras del poder terminarán por llevar el carro hacia objetivos equidistantemente lejanos, y donde otros negociarán y determinarán, reivindicando el esfuerzo que no hicieron y el consenso en torno a testimonio que construyó el momento mediático de los eventos.

¿Qué digo con esto? Que hay grandes y pequeños procesos históricos que han empezado igual que los indignados de hoy, y que no cambiaron nada y dejaron el mito que todo lo habían cambiado.

Para que ello no ocurra la gran tarea es que estos movimientos tengan la capacidad de politizarse, de construir liderazgos propios y de negociar. Sin que ello ocurra, solo quedará el destello del voluntarismo. Es ella la trilogía del éxito y de la congruencia entre la protesta y las metas, es lo realmente determinante para protagonizar el cambio anhelado.

No habrá un cambio político en el bipartidismo español, que en los hechos lo es, ni se construirá un modelo energético distinto en Chile, ni una nueva educación, si quienes demandan el cambio terminan desconociendo la necesidad de construir una nueva interlocución, un nuevo liderazgo, nuevos conductores, una nueva representación política.

Los estudiantes chilenos no validaron nuevos representantes de sus intereses, hace cuatro años, y terminaron botando la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Educación, formulada por la dictadura), pero no el modelo de educación que sostenía la mencionada ley. Ciertamente, eran solo unos chiquillos, pero la experiencia es valedera, ya que todos los que reivindicaron sus demandas terminaron traicionando el propósito de ese movimiento, y me refiero precisamente a los partidos y dirigentes que en la clase política las hicieron supuestamente suyas. Ninguna bancada parlamentaria, ninguna directiva política, tomó la bandera de la educación fiscal, laica y gratuita con sinceridad. 

El destino del modelo energético chileno, basado en el “dejar hacer” histórico del liberalismo económico, no va a cambiar mientras el movimiento que lo rechaza no estructure sus propios liderazgos y su capacidad de negociar e intervenir en el escenario político. Las ONGs pueden construir opinión y sostener apoyo técnico, pero no pueden desdoblarse como interlocutores frente al poder político. No tienen votos ni representación política real. No es su rol construir liderazgo político.

Sin liderazgos políticos legitimados por los indignados, que conduzcan la presión dentro del escenario político, nada pasará, salvo la evocación que se haga en el futuro, donde sus actuales artífices, llenos de canas, seguramente reivindicarán el testimonio, pero nunca el cambio que pudieran haber logrado.

Desde la ciudad griega hasta hoy, los problemas de las comunidades se resuelven políticamente, y el paso de la protesta a la interlocución política cierta, es un paso enorme, tan grande que todos lo que promueven una idea y una protesta deben asimilarlo. Duro decirlo, pero Twitter sirve para exponer las ideas o los estados de ánimo, y las calles o las plazas son para manifestar la fuerza de las ideas, pero donde ellas realmente se imponen es en los escenarios políticos, y allí no hay masas indignadas sino que representantes de intereses específicos. Si vemos con detención, en la clase política española o en la chilena, los indignados sinceramente no tienen representación.

En las próximas elecciones de España y Chile, podrá constatarse si las posibilidades de los cambios demandados por los indignados tienen un curso específico, porque estos habrán sido capaces de imponer sus interlocutores con un sólido respaldo electoral, o bien será el momento de reconocer que las protestas de los indignados fueron solo una hojarasca que se la llevó la briza de la inconstancia o se deshizo en las hábiles manos de los actuales actores del poder real.





Etiquetas:   Política   ·   15 M   ·   Movimientos Sociales

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