Matar a un ruiseñor: el mejor papel de Gregory Peck

No lo tenía fácil Robert Mulligan a la hora de trasladar a la gran pantalla una novela con tanta enjundia y tan adelantada a su tiempo como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. La osadía del hasta entonces máximo responsable de Hasta que llegue septiembre (1961) o El gran impostor (1961) al tomar como material de partida este clásico de la literatura americana ganador del Pulitzer, todo un pionero en abordar el tema de la marginación o la discriminación racial de principios de siglo, está fuera de toda duda. Sin embargo, nada podía salir mal al hacerse cargo del papel fundamental de un libro basado en la propia experiencia personal de su autora un Gregory Peck en estado de gracia: en el que fue el mejor papel de su carrera -premio Oscar incluido, junto con los también merecidos Guión Adaptado y Dirección Artística de un total de 8 nominaciones- Peck conmueve dando vida a ese abogado defensor de las causas perdidas llamado Atticus Finch, a ese paradigma de lo que tendría que ser un letrado ejemplar e íntegro, principalmente a la hora de no dejarse contaminar por injerencias externas, por las corrientes de opinión mayoritarias. Rasgos que también definen su vida privada, dominada por sus férreos principios, su dignidad y honradez. Valores, todos, que intentará transmitirles a sus hijos, Scout y Dill, huérfanos de madre.

 

. La osadía del hasta entonces máximo responsable de Hasta que llegue septiembre (1961) o El gran impostor (1961) al tomar como material de partida este clásico de la literatura americana ganador del Pulitzer, todo un pionero en abordar el tema de la marginación o la discriminación racial de principios de siglo, está fuera de toda duda. Sin embargo, nada podía salir mal al hacerse cargo del papel fundamental de un libro basado en la propia experiencia personal de su autora un Gregory Peck en estado de gracia: en el que fue el mejor papel de su carrera -premio Oscar incluido, junto con los también merecidos Guión Adaptado y Dirección Artística de un total de 8 nominaciones- Peck conmueve dando vida a ese abogado defensor de las causas perdidas llamado Atticus Finch, a ese paradigma de lo que tendría que ser un letrado ejemplar e íntegro, principalmente a la hora de no dejarse contaminar por injerencias externas, por las corrientes de opinión mayoritarias. Rasgos que también definen su vida privada, dominada por sus férreos principios, su dignidad y honradez. Valores, todos, que intentará transmitirles a sus hijos, Scout y Dill, huérfanos de madre.
Aclamado como uno de los dramas judiciales más importantes de todos los tiempos, la columbra vertebral de esta historia ambientada en la ciudad sureña de Maycomb de una América profunda en la que aún coleaba la Gran Depresión, son sus minutos dedicados a la vinculación familiar, a la relación paternofilial. En efecto, lo que nos termina ganando de la película son las escenas en las que el viudo de Finch les inculca a sus vástagos toda la sabiduría y la experiencia que ha ido acumulando con el paso de los años; razón por la que sus propios hijos lo ven como un héroe. De ahí que el relato esté narrado desde los ojos de su hija, que en el momento de la acción tenía seis años. Memorables son los instantes en los que el abogado invita a sus retoños, obligados a madurar prematuramente debido a estas imborrables lecciones de vida, a perseguir sus ideas sin necesidad de recurrir a la violencia, a luchar por un bien tan supremo como la justicia -aún a riesgo de resultar políticamente incorrecto o de englobarse dentro de una minoría- o de cómo hay que evitar criminalizar a ningún sujeto sin pruebas. Enseñanzas que cobran vida cuando Finch acepta el caso de defender a un hombre de raza negra acusado de violar a una chica blanca, lo que le granjea numerosas amistades y el odio de sus vecinos, tanto a él como a sus hijos, que tienen que soportar las burlas de sus amigos porque su padre va a defender a un hombre al que las instituciones judiciales y sociales no tenían la más mínima consideración. Línea temática, la del hombre solitario situado frente la manada,  próxima a 12 hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957). Cobran especial relevancia, pues, los alegatos de Finch al jurado acerca de cómo los hombres nacen iguales ante la ley o la (urgente) necesidad de que éstos sean juzgados sin prejuicios de ninguna clase. La búsqueda de la justicia, en efecto, se vislumbra como tema principal.

Antes de que Adivina quién viene esta noche (Stanley Kramer, 1967) o Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011) pusiesen sobre la mesa el drama del racismo, Matar a un ruiseñor ya encaró el tema con valentía y dilapidando muchos tabúes. A pesar de que parte de su primera mitad pueda desconcertar al centrarse en las ociosas actividades de los hijos del protagonista durante el verano -algo que, lejos de ser baladí, constituye una crónica acerca de los miedos, inquietudes y fantasías de la infancia, algo que, lástima, por instantes bordea la ñoñería- la película penetra en este drama a partir de su segunda mitad, justo a partir del comienzo de un juicio que seduce e indigna a partes iguales debido a que nace condenado a impartir la más flagrantes de las injusticias. El público sabe que terminará dando igual que las pruebas apunten a la inocencia de Tom, el acusado, ya que a éste no se le juzgará desde la imparcialidad y el prestigio de la que debería presumir un sistema de derecho.

Presentada en Cannes en 1963, otro de los motivos que convierten a Matar a un ruiseñor en una obra maestra es que supuso el debut cinematográfico del futuro actor y director Robert Duvall, a cargo de un papel tan descorazonador y escalofriante como ese vecino retrasado y recluido en su hogar al que los niños temen al principio del film; no pronuncia ni una sola palabra, pero tampoco hace falta porque sólo con su mirada transmite todo lo inimaginable. Estamos, en definitiva, ante una crónica sobre la rectitud, en la que, como digo, los lazos familiares terminan anteponiéndose a la propia tragedia del racismo, la sinrazón o la fantasía de la niñez: quizá porque Finch consideraba requisito imprescindible que esos niños de hoy, que capitanearán el mundo mañana, crezcan más saneados, libres, independientes y sabios que esos descompuestos órganos de poder que un día, desgraciadamente, les tocó conocer. 

UNETE



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