Una vida mejor: el ciudadano de a pie frente a la crisis

Dentro de esa cuadrilla de películas que procuran descifrar la crisis económica, podemos discernir dos subgrupos: las que tienen como misión explicar quiénes son los culpables de esta convulsa situación -con Inside job (Charles Ferguson, 2010) como máximo exponente en los últimos años- y las que, aun sin dejar de criminalizar a los auténticos responsables, se centran más en el lado humano, en el ciudadano de a pie que, al fin y al cabo, es el que sufre en sus carnes dicha realidad. En esta segunda agrupación existen ejemplos tan reconfortantes como la americana The company men (John Wells, 2010), la española 5 metros cuadrados (Max Lemcke, 2011) o la francesa Una vida mejor (Cédric Kahn, 2011). A juzgar por el origen de las películas, la crisis económica no atiende a una nacionalidad específica, sino que la mayor parte de cinematografías del mundo han reflejado, con mayor o menor tino, un tema que preocupa a todos y para el que es necesario disponer de una sensibilidad especial si se pretende lograr la conexión con el público. Es lo que ocurre con éste último ejemplo, protagonizado por el director de Pequeñas mentiras sin importancia (2010), un film que hace 10 años no tendría sentido -o, por lo menos, no tanto como ahora-, pero que en en la actualidad se hace terriblemente necesario.  

 

.wordpress.com/wp-admin/serueda.wordpress.com/2012/10/30/inside-job/" data-mce-href="serueda.wordpress.com/2012/10/30/inside-job/" style="color: rgb(27, 139, 224); text-decoration: none;"> Inside job (Charles Ferguson, 2010) como máximo exponente en los últimos años- y las que, aun sin dejar de criminalizar a los auténticos responsables, se centran más en el lado humano, en el ciudadano de a pie que, al fin y al cabo, es el que sufre en sus carnes dicha realidad. En esta segunda agrupación existen ejemplos tan reconfortantes como la americana The company men (John Wells, 2010), la española 5 metros cuadrados (Max Lemcke, 2011) o la francesa Una vida mejor (Cédric Kahn, 2011). A juzgar por el origen de las películas, la crisis económica no atiende a una nacionalidad específica, sino que la mayor parte de cinematografías del mundo han reflejado, con mayor o menor tino, un tema que preocupa a todos y para el que es necesario disponer de una sensibilidad especial si se pretende lograr la conexión con el público. Es lo que ocurre con éste último ejemplo, protagonizado por el director de Pequeñas mentiras sin importancia (2010), un film que hace 10 años no tendría sentido -o, por lo menos, no tanto como ahora-, pero que en en la actualidad se hace terriblemente necesario.  

Una vida mejor se ambienta en la actualidad, en la primera década del S.XXI, para narrarnos la historia por sobrevivir de Yann (Guillaume Canet) y Nadia (Leïla Bekhti),  una pareja que tras conocerse deciden montar un negocio juntos. Sin embargo, los préstamos pronto comienzan a ahogarles hasta el punto de que, desesperados y asediados por las deudas, toman una drástica decisión: Nadia parte hacia el extranjero en busca de trabajo mientras que Yann se queda en su Francia natal con el hijo de ella dispuesto a cualquier cosa con tal de mantener a flote su restaurante. A raíz de esta trama, Una vida mejor desgrana algunas de las claves de una crisis que no es sólo económica, sino también de valores, tal y como queda reflejado. Así, van desfilando temas como la inmigración -la protagonista se ve obligada a exiliarse, al igual que hicieron sus padres libaneses décadas antes-, la falta de trabajo -el protagonista debe enfrentarse al tan manido "si no tienes experiencia, no puedes trabajar" por parte de un déspota empresario- o la dificultad para emprender un negocio en un país tan avanzado supuestamente como Francia -donde las trabas burocráticas y los excesivos intereses de los prestamos que otorgan las entidades bancarias a todo aquel que quiere convertirse en empresario terminan por dilapidar la autoestima, sepultar las esperanzas y las ganas de hacer algo diferente de este colectivo-. Se  logra así no sólo no facilitar, sino complicar el que a todas luces se antoja el camino más fácil a la crisis: incentivar el consumo. 

Aunque algunos temas están mejor desarrollados que otros, la película no termina de hincar el diente en ninguno, por lo menos como cabría esperar por parte de una cinta que ha despertado la admiración de la crítica internacional. La sensación de que se queda a medias en su denuncia, que apuesta más por la tibieza que por la contundencia contra un sistema tan podrido y obsoleto como el capitalista, es inevitable. Con todo, tiene instantes capaz de ruborizar hasta al más entusiasta de dicho sistema como la escena de las zapatillas en las que el padre le dice al niño esa frase tan ilustrativa de: "nosotros no robamos". Además, hay que aplaudir su osadía y el hecho de ofrecer un relato pegadísimo a la actualidad, con personajes en los que cualquier podemos identificarnos, si no a nosotros mismos, a alguien de nuestro entorno. Culpa de ello, de que incluso haya instantes en los que incluso nos olvidemos que estamos viendo una película, la tiene la utilización de un lenguaje sencillo, directo y cercano, como el hecho -aunque parezca una tontería- de que se haga referencia constantemente a cantidades concretas de dinero -aquí alquilar un apartamento, por ejemplo, cuesta 300€, y no "mucho/poco dinero" como dirían en otras producciones-; un detalle que puede parecer insignificante pero que sirve para dar testimonio de la época, a la par que para que el público se sienta más involucrado en el film. Además, la película acierta al no depositar toda la culpa en los bancos o instituciones varias, sino también -aunque duela reconocerlo- en el propio individuo, que muchas veces desconoce los términos del contrato que está firmando -muchas veces engañado, otras fruto de su ignorancia- o ni siquiera se plantea lo arriesgado que puede ser para su economía que su negocio no funcione todo lo bien esperado. También es un punto a favor el hecho de que el director finiquite en sus apenas cinco primeros minutos toda la trama romántica, que aquí apenas interesa, para centrarse en lo verdaderamente importante.

Una vida mejor es un drama con todas las de la ley, donde no hay espacio para la comedia, pero tampoco para la ñoñería. La casi ausencia de música -ni siquiera en ese reencuentro final, que en manos de otro cineasta hubiese quedado bastante almibarado- da buena fe de la ausencia total de artificios que toma por bandera un director empeñado en filmar una historia contada desde las tripas y extraída de cualquier periódico. Aunque, ya digo, debido a su demoledora, terrorífica base, había mucho más donde arañar. Porque, ¿he dicho ya que es una película de terror?

UNETE



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