15 AÑOS Y UN DÍA: la fuerza del reencuentro

15 años y un día (Gracia Querejeta, 2013) supone un importante punto de inflexión en la carrera de la realizadora: no sólo porque es la primera película producida sin su padre -el prestigioso productor Elías Querejeta, casualmente fallecido la misma semana del estreno de la película en España-, sino porque supone un paso de gigante en un tema tan recurrente y tan campo de cultivo en su filmografía como son los reencuentros entre personajes, asunto explorado en títulos como Cuando vuelvas a mi lado (1999) o Héctor (2004). Gran triunfadora en el Festival de Málaga, donde entre los 4 galardones que atesoró destaca el de Mejor Película o Mejor Guión-, 15 años y un día es una de esas películas que tenían todos los ingredientes para ser algo grandioso, un acontecimiento en nuestro cine pero que, lástima, al final se conforma con un mero notable. Este hecho atiende a un motivo principal: la fallida elección del joven protagonista. Si bien es cierto que el chaval no desentona, se sitúa a años luz de gigantes interpretativos que le rodean, algo incomprensible en un film cuyo argumento gira en torno a su figura, incluso el propio título.

 

. Gran triunfadora en el Festival de Málaga, donde entre los 4 galardones que atesoró destaca el de Mejor Película o Mejor Guión-, 15 años y un día es una de esas películas que tenían todos los ingredientes para ser algo grandioso, un acontecimiento en nuestro cine pero que, lástima, al final se conforma con un mero notable. Este hecho atiende a un motivo principal: la fallida elección del joven protagonista. Si bien es cierto que el chaval no desentona, se sitúa a años luz de gigantes interpretativos que le rodean, algo incomprensible en un film cuyo argumento gira en torno a su figura, incluso el propio título.
El músculo de la trama comienza cuando Margarita (Maribel Verdú) envía a su hijo, que ha empezado a dar síntomas de una conducta problemática que ha provocado incluso su expulsión del colegio, con su abuelo Max (Tito Valverde), un militar retirado que arrastra las magulladuras del pasado y que ahora vive en una tranquila localidad de la costa. Un hecho que provocará un brutal choque de trenes entre dos personalidades apuestas; circunstancia, no obstante, de la que ambos se servirán no sólo para convertirse en mejores personas, sino incluso para necesitarse. No hay que ser muy perspicaz para averiguar que la materia prima, lo propulsor del guión de 15 años y un día son las emociones; el objetivo de la cámara de la directora, también coguionista, elabora una aguda retrospectiva de los personajes, penetrando con suma facilidad a estos roles lastimados, abriendo en canal a unas personajes de carne y hueso lastimadas, sujetas a un pasado en el que las heridas no han terminado de cicatrizar; un pasado que ahora vuelve a ponerse sobre la mesa y en la que estos roles golpeados por el azaroso destino se ven obligados a dar respuestas, las mismas que han ido esquivando durante toda la vida. Además de mostrarse muy hábil a la hora de dosificar las soluciones a todas esas cuestiones, resulta también admirable la capacidad de Querejeta para tratar a estos seres humanos, creados de su puño y letra, como muñecos de porcelana: por resultar a la par frágiles y enigmáticos, pero también dueños de una formidable fuerza interior.

Lástima que, como apuntaba anteriormente, el personaje central de la historia, no termine de convencer, así como gran parte de su plantel de secundarios -algo incomprensible con la cantidad de actores jóvenes talentosos que hay en este país-. No así los mayores, desde una Maribel verdú dotada con el extraordinario don de hacer crecer la función sólo con su presencia, hasta un Tito Valverde felizmente recuperado para la gran pantalla, pasando por la solvente Susi Sánchez o la infravalorada Belén López, una actriz a reivindicar. Un plantel de lujo para una historia, no obstante, a la que le falta algo de fuerza, en la que la intensidad emocional que desprende su último acto, ese en el que las piezas de un puzle encajan de forma demoledora y efectiva -atención a la escena del aeropuerto-, apenas se deja asomar por el resto de metraje. Tan sólo, ya digo, los instantes en los que Maribel Verdú abre la boca, ya sea para definir a su propio hijo o el monólogo -de muchos quilates- que le dedica a éste en el hospital. Minutos de gran cine, de auténtico recital interpretativo, en el que la actriz madrileña se crece y deja constancia que sigue una de las grandes. 

Con sus defectos y virtudes, 15 años y un día termina siendo un avasallador y solvente canto a la vida, a las segundas oportunidades y, sobre todo, a la redención y la autocrítica. Tengo mis dudas hasta qué punto era necesaria la trama criminal hacia la que la película muta en su segunda mitad, ciertos diálogos impostados y excesivamente literarios o la necesidad que había de recurrir a un rap de sus títulos de crédito finales que no hace sino chirriar con el conjunto estilístico del film, pero son males menores en una obra con empaque, cierta ambición y narrada con tacto infinito. Un nuevo ejemplo de que Querejeta sigue queriendo, amando, venerando a sus personajes, en esta ocasión entrelazados en un tronco familiar en el que merece la pena adentrarse, perderse y, finalmente, emocionarse. 

UNETE



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