EL SUR: mi homenaje a Elías Querejeta

En El sur (1983), Víctor Erice congregó muchas de las temáticas que diez años antes ya había citado en El espíritu de la colmena (1973), la otra película de su filmografía si exceptuamos el documental El sol del membrillo (1992). Es sorprendente como con tan sólo un par de títulos en su haber, Erice dejó constancia para la posterioridad de unas de las personalidades más inclasificables de cuantas ha dado el cine español. Tras el aplastante éxito cosechado con El espíritu de la colmena, premio Donosti incluido, el vizcaíno volvió a arriesgar, a sorprender en El sur; una historia, aunque no lo parezca, ambientada en el norte, aunque nunca se especifique realmente el lugar geográfico donde se desarrolla la acción. Quizá porque el director, que escribió el guión basándose en una historia de Adelaida García Morales, no le interesa tanto el mundo terrenal como el espiritual, ejemplificado en ese Sur al que tanto se hace referencia pero al que pocos tienen el privilegio o la fuerza de acceder y, de hacerlo, escapar de ese contexto, ese contexto de una época, responsable en buena medida del enrarecido y apagado ambiente del film, de su atmósfera gris y oscura. 

 

.wordpress.com/wp-admin/serueda.wordpress.com/2012/06/23/el-espiritu-de-la-colmena/" data-mce-href="serueda.wordpress.com/2012/06/23/el-espiritu-de-la-colmena/" style="color: rgb(27, 139, 224); text-decoration: none;">El espíritu de la colmena (1973), la otra película de su filmografía si exceptuamos el documental El sol del membrillo (1992). Es sorprendente como con tan sólo un par de títulos en su haber, Erice dejó constancia para la posterioridad de unas de las personalidades más inclasificables de cuantas ha dado el cine español. Tras el aplastante éxito cosechado con El espíritu de la colmena, premio Donosti incluido, el vizcaíno volvió a arriesgar, a sorprender en El sur; una historia, aunque no lo parezca, ambientada en el norte, aunque nunca se especifique realmente el lugar geográfico donde se desarrolla la acción. Quizá porque el director, que escribió el guión basándose en una historia de Adelaida García Morales, no le interesa tanto el mundo terrenal como el espiritual, ejemplificado en ese Sur al que tanto se hace referencia pero al que pocos tienen el privilegio o la fuerza de acceder y, de hacerlo, escapar de ese contexto, ese contexto de una época, responsable en buena medida del enrarecido y apagado ambiente del film, de su atmósfera gris y oscura. 
Estrella (interpretada en su niñez por Sonsoles Aranguren y de adolescente por la futura cineasta Icíar Bollaín), se traslada a vivir con sus padres a una finca alquilada llamada La Gaviota. Ellos son Agustín (Omero Antonutti) y Julia (Lola Cardona), maestra represaliada durante la guerra Civil. La joven, que profesa una admiración profunda hacia su figura paterna, por mucho que haya capítulos de su vida -como su pasado- tan inescrutables como desconocidos, va creciendo con la sospecha de una infidelidad por parte de su padre. Al igual que El espíritu de la colmena, en El sur no sólo se vuelven a condensar la mística -ese péndulo-, la inocencia y el misterio, sino que además está de nuevo narrada bajo la candorosa y nostálgica mirada de una joven; una adolescente que comprueba de primera mano lo doloroso que puede ser crecer o de hasta qué punto los hechos vividos, ni qué decir los recuerdos, condicionan el futuro de un ser humano. Pero si hay algo que comparten ambos títulos es su constante apelación a la sensibilidad e inteligencia del espectador, que deberá permanecer atento a sus grandes dosis de simbolismo. Así, por ejemplo, no es casual la repetición de escenas de la cama de Estrella -en un intento del director por reflejar la monotonía que impregna la vida de la pequeña- o el largo camino que hay que atravesar para llegar a esa casa, según apunta la voz en off de Estrella, "situada en tierra de nadie y rodeada de murallas"; un largo sendero que, quizá, nos conduzca  ese lugar donde queremos estar, vital incluso para nuestro bienestar, pero en la que el entorno nos lo impide. 

Nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes, El Sur no es una película fácil de ver, por la ambigüedad de su planteamiento, su esencia abstracta, su intachable madurez y, no nos engañemos, por su escasez de diálogos -por lo que conviene estar muy despierto a la hora de saborearla-. Conviene interpretarla como un lienzo en el que Erice expone temas tan cotidianos como la unidad familiar, el valor de la niñez o la ética, siempre demostrando que la poesía no es territorio exclusivo de los poetas; el cineasta lo consigue usando los menos diálogos posibles, moviéndose entre tinieblas -geniales sus claroscuros-  esquivando referencias directas a temas como la guerra o el franquismo -que se respiran, aunque (casi) no se les nombre-  y usando a sus bellos y líricos paisajes como un balón de oxígeno en los que refugiarse de lo iracundo del entorno, de una terrible realidad -moral, social, política- que los ojos de una niña no aciertan a descifrar o que, por el contrario, se ven obligados a descifrar de forma prematura. Con todo, el verdadero culpable de ese proceso de madurez en la que se enfrasca Estrella no sea tanto el régimen, como un padre que teme expresar sus sentimientos, sus verdaderos pensamientos, reforzando así la soledad, la terrible soledad, que domina la vida de la pequeña. Además, la figura de Agustín le sirve al director para establecer otra moraleja: cómo el paso de nuestros actos, un día, nos puede pasar factura. 

Lo único que se le puede reprochar al film es, además de que a veces se le ven las hechuras a un director con un afán desmesurado por mostrarse trascendente es que, en su vocación de plantear más preguntas que respuestas, deja muchos interrogantes sin resolver. Quizá también sea debido a que el rodaje terminó varias semanas antes de lo previsto por problemas de financiación dejando, según apuntan muchos críticos, la película inacabada; jamás se llegó a rodar esa segunda parte que tanto tiempo se rumoreó, como tenía previsto el productor Elías Querejeta, y en la que Estrella, aparte de conocer El Sur, iba a tener también la oportunidad de entablar relación con su hermanastro, fruto de la relación extramatrimonial de su padre. Una película, en suma, contada con las tripas, de alguien capaz de diseccionar una época sin mencionarla o de elaborar uno de los homenajes a la niñez más profundos de los que a día de hoy se tienen constancia. 

UNETE



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