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Ley y Justicia españolas: Del respeto al miedo


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08/06/2013


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Muy atrás han quedado los tiempos en que un ciudadano cabal y honrado podía sentirse protegido por la Ley y la Justicia. La tendencia del tiempo de las corrupciones al descubierto ha desenmascarado las intenciones políticas y, con la inmundicia sectaria del favoritismo partidista, los jueces se han mostrado como esbirros de la apología de la parcialidad en detrimento de la libertad que parecía avalar nuestro pasado democrático.

   Antaño un ciudadano de bien podía sentirse protegido sin traspasar los límites de una Ley coherente y que delimitaba fehacientemente las condiciones de lo legal que todo ciudadano honrado procuraba no transgredir. Al día de hoy se ha recortado de modo instigadoramente despótico la libertad que nos pertenecía a los españoles, convirtiéndonos en posibles criminales a poco que se traspasen las cuerdas de la legalidad cuyos límites lindan con el elemental y básico albedrío del que pudimos disfrutar durante tres décadas y, hasta apurando, desde los tiempos del franquismo cuando ciertos recortes de esa libertad conllevaban beneficios generalizados que hoy los ciudadanos hemos perdido.

   El respeto por la Ley y la Justicia se ha desterrado de la percepción ciudadana, antes condicionada por el ejemplo que daban las instituciones que hoy han pasado a ser temidas, no exentas de ese sucio carácter manipulador que con el tiempo las definen para vergüenza y descontento del pueblo.

   El respeto por lo institucional es garantía de una labor constructiva inherente al buen propósito del servicio útil a la sociedad; constata la proyección de un país cuando los ciudadanos no perciben presión para cumplir con el propósito primero del orden por el que los responsables deben velar. Pero la falta de ese respeto que se han ganado las cabezas visibles de las antes armonizadas instituciones, ha derivado en el temor que no infunde ninguna respetuosa obediencia y el descontento generalizado bulle presionando sobre la convivencia que en cualquier momento puede convertirse en unísono estallido social.

   Lo respetado no es nunca atacado porque se valora aquello que sirve de paradigma para la concienciación propia, buscando el consenso pese a las dificultades y eludiendo las actitudes drásticas dejando que las instituciones velen por la funcionalidad del sistema. Cuando se deja de ser respetado, por muy alta representación institucional que se ostente, es entonces cuando del temor puede calibrarse el grado de la indignación y provocar, drásticamente, una defensa contra los opresores.

   Históricamente está demostrado que toda revolución violenta-y no hablo de manifestaciones con mayor o menor grado de desorden social- viene dada por la pérdida del respeto contra los gobernantes que suelen suplirla con la represión generalizada. Si la Ley y la Justicia no responden a los criterios de equilibrio para la mejor supervivencia del sistema establecido, entonces los oprimidos toman la Justicia por su mano; una vez pierden el miedo es cuando un tumulto aislado se transforma en una ola de violencia generalizada, capaz de ofensivas contra el desorden institucional normalmente ya acometido de corruptelas insoportables.

   Ceacescu de Rumania encontró la muerte después de un pequeño desorden que se convirtió en un tsunami, acabando ejecutado en un paredón. Con las necesidades del pueblo no se podía jugar pero la necedad, la intransigencia y la firmeza de la represión social constituyeron su particular patíbulo que inopinadamente pareció surgir de la nada.

   Mi experiencia personal y así lo he relatado en La afilada navaja de Ockham. Contra el abuso policial, en defensa de los derechos del ciudadano de bien, me dicta la pérdida de respeto por la Ley que durante toda mi vida consideré adalid seguro para la protección de la gente honrada. Ser confundido con un delincuente es aterrador cuando te detienen apuntado por 12 pistolas mientras creen que llevas una granada de mano y un arma de fuego. Darse cuenta del error en Comisaría pero imputarte un delito para solapar los fallos de la actuación policial, es desolador. Acudir a juicio rápido por ese delito ya merma la resistencia del ánimo visceral, pero encontrarse una hija de Satanás con toga que se burla de una dolencia cuando compareces… es repugnante.

   Ser juzgado y exonerado de toda culpa por una Jueza que imputa a los policías que pretendían engañarla, es un triunfo. Que tiempo después tres magistradas inmundas se salten a la torera la marcha judicial con ratificaciones de condena a los corruptos policiales y dicten sentencia de absolución sin derecho a recurso, sacándose de la manga la exoneración de los criminales… es hartamente asqueroso.

   A nadie deseo que pase por ese infierno salvo a los policías y jueces que me lo procuraron... o en todo caso a seres queridos para que aprendan la lección de la amargura que ellos propician repulsivamente.

   Que luego descubriera en primera línea trabajando... en realidad luchando para que se pague a miles de Inversores-después de mi calvario con esa Ley y Justicia tan raras en que se ha convertido esta pocilga nacional-, que D. José María Ruiz-Mateos fue saqueado por valor de tres Billones de pesetas en 1983, a punta de metralleta en el más miserable latrocinio estatal con la complicidad de una corrupta Justicia, aun siendo absuelto de toda imputación en 1997, me afianzó en la pútrida concepción institucional que siempre ha sido una realidad oculta hasta que la basura ha emergido dejando a la clase política en el carácter misérrimo que le corresponde.

   La presión inaguantable se ha convertido en la moneda de cambio contra los ciudadanos honrados para paliar el perjuicio que deviene de una clase política inepta, mal intencionada, estafadora, oscurantista y ensoberbecida. No existe respeto por la Ley ni por la Justicia… solo temor. Mal asunto, porque la resistencia social es como una presa que cuando revienta no hay orden público ni jueces que puedan contenerla. Romper la baraja equivale a tirarlo todo por la borda y es lo que hace la gente cuando cree que nada tiene que perder ya.

   En esta tesitura se impele a la ciudadanía hacia toda clase de experimento de presión que ha creado una indiferencia apestosa por el drama y la tragedia con la que subsisten a diario millones de personas. Una indiferencia que podría ser la misma si algunos aprovechan la coyuntura para sembrar de nuevo violencia, aprovechando el hartazgo de la gente de bien que ya no puede confiar ni en la Ley ni el Orden con los que se sentía protegida. La Ley y el Orden se han convertido, tristemente hoy en día, en instrumentos de la depredación donde cualquiera puede quedar atrapado entre sus afiladas garras.

   Se masca la tragedia si continuamos temiendo a quienes deberían protegernos contra tanta injusticia, siempre al filo de la navaja de traspasar las endebles fronteras de la paciencia social.



Etiquetas:   Corrupción   ·   Política   ·   Justicia

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Carlos Prada Larramendi, Derecho Más que nunca la Justicia ha sido secuestrada, y en su lugar se ha instaurado una mera caricatura, integrada por despreciables polichinelas para favorecer a una casta política que no deja de arruinarnos. Destruyendo a creadores y emprendedores. Mientras quede algo, esta patulea de miles de enanos morales seguirán cobrando sus sueldos al tiempo que conducen a la ciudadanía al hambre. Que no parece terminar de enterarse, por cierto. Tenemos que hacer cada uno todo lo que podamos para quitarnos de encima a esta gentuza y asegurarnos de que nunca puedan volver a detentar un cargo público.


Ignacio Fernández Candela, Escritor-Columnista-Crítico-Consejero Editorial. Es curioso cómo desaparecen los >Me gusta de Facebook o los twitteos en algunos artículos. Manipulación o chapuza técnica... en todo caso unos inútiles.




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