. Algunos amigos que conocieron su texto, han creído de interés su
nueva publicación, que hago a través de este importante medio de opinión.
Partí señalando que las sociedades
modernas son complejas. Más aún las sociedades democráticas, donde las personas
pueden expresar con libertad su opinión y participar en las decisiones, a
través de los mecanismos que la institucionalidad considera y establece para
ese efecto. Más aún, una sociedad moderna y democrática es imposible que
concebir si no se expresa a través de diversas instancias, cada una con fines y
propósitos específicos que abordan variables distintas de las complejidades
sociales e individuales.
Especialmente, ello tiene que ver con
las complejidades que se expresan en la sociedad civil, ese amplio y ancho
espacio donde las personas actúan cotidianamente en la búsqueda de su propio
vivir, la realización de su libertad y la concreción de sus esperanzas. Es allí
donde se manifiestan las cuestiones que tienen que ver con la realización o
fracaso de cada proyecto humano - individual y colectivo -, y donde, por
consecuencia, se produce el hecho civilizacional.
Allí nace y se vive toda cultura y es
donde las personas adquieren los aprendizajes que les permiten lograr su propia
ubicación en la realidad, donde las prácticas cotidianas conllevan a la determinación de las formas efectivas de convivencia, entre
las personas y entre los distintos grupos de interés.
El vivir y el convivir humano tiene
complejidades que, por general, se expresan en conflictos. La propia condición
humana está asociada a actitudes y conductas, derivadas del ejercicio de su
existir y del existir con los demás, que colisionan permanentemente, en sus
distintas variables de intensidad, con la existencia y los intereses de los
demás. Ello es lo que determina toda forma de convivencia.
Por cierto, los grandes temas que
dividen al hombre deben ser resueltos en dos espacios distintos de su diario
convivir, debido a la complejidad misma de la sociedad civil: el estado y el
mercado, y que deben actuar idealmente a partir de ella, pero fuera de ella,
para poder establecer las condiciones que faciliten el ordenamiento y las
reglas necesarias que hagan efectivamente convivibles los distintos procesos e
intereses humanos.
El rol que cumplen o que debieran
cumplir ambos - estado y mercado -, es un tema que ha sido abordado desde los
orígenes mismos de la práctica social humana, y ha sido objeto de grandes
formulaciones y megarelatos, y será siempre motivo de debates y controversias,
mientras la sociedad humana exista y mientras deba regularse el ejercicio de la
libertad de sus componentes.
Como enfrentar la cuestión del ser y el
hacer humano en la sociedad civil, como regular la acción del mercado, como
hacer del estado un instrumento más eficaz para las necesidades de libertad y
seguridad, son los grandes desafíos de una sociedad democrática y más allá de
la sola expresión política en torno a tales desafíos, que permita definir y
consensuar reglas válidas para todos – un tema de suyo complejísimo -, se
requieren establecer consensos que establezcan consensos también en la forma
como colectivamente debemos comportarnos: el hecho moral.
Lo moral tiene que ver con cómo asumimos
el desafío del convivir, más allá de las normas regulatorias que impone la ley,
pero también, necesariamente, en la construcción de los soportes convencionales
que hagan válida y practicable la ley. No está demás recordar que hay muchas
sociedades y países donde la ley o las normas regulatorias que impone el Estado,
carecen del complemento moral que la sociedad niega y que terminan por hacerlas
impracticables. Las causas de ello pueden ser múltiples, pero es obvio que si
lo moral y lo legal andan por carriles distintos, las consecuencias para una
sociedad son siempre desastrosas.
La conciencia de que se requiere un
trasfondo moral para construir una práctica de convivencia, más allá del
alcance regulatorio de la sola ley, es lo que ha dado lugar a las
organizaciones éticas, como un resultado específico de la modernidad y de la
concepción moderna de democracia. Ello viene a ser una manifestación concreta
del establecimiento de los derechos del hombre y de la consagración de sus
libertades, y por lo mismo de la necesidad de que la ley sea consecuencia de
procesos de generación participativos.
Al ser la ley consecuencia de debates
amplios y donde se expresa la dicotomía de los intereses diversos de los grupos
humanos, se requiere que haya un propósito que integre toda formulación de
reglas, y que se identifica como el “bien común”, un concepto cada vez más
secular, que puede ser muchas cosas, pero que la conciencia moral contemporánea
entiende como un consenso sobre lo que puede ser bueno para todos.
Lo que viene a ser el aporte de las
organizaciones éticas en la complejidad moderna, es precisamente aportar a la
reflexión del hecho moral y al enriquecimiento de las perspectivas que
coadyuven secularmente a determinar reglas válidas para todos. En ese contexto,
vienen a aportar distintas miradas sobre “la ciudad del hombre”, sobre la
condición citerior del hecho humano, para construir los consensos que permitan
la construcción y reconstrucción del hecho moral, entendido este como un
proceso no como una esfinge pétrea de contemplación en un lugar desértico. Los
seres humanos cambian, las sociedades cambian, las leyes cambian, y el hecho
moral necesariamente se plasma en la práctica humana y social.
La validez de toda organización ética
descansa sin duda en su carácter y en la coherencia de su mensaje. El valor de
su aporte será medido siempre por su cualidad secular, ya que los problemas del
vivir del hombre son de su tiempo y de su vida. Pero por sobre todo por la
coherencia con su propósito. Toda organización ética que se aleje de ese factor
que establece su razón de ser, terminará inevitablemente en el descrédito y en
la intrascendencia.
Por ello, distraer su rol puede ser
profundamente dañino para su credibilidad. Le está vedado el concurso en los
temas políticos, como también las incursiones en el ámbito de los negocios. No
está su rol ni en el mercado ni en la política, y en la medida que se
comprometan con cuestiones de ese tipo, la sombra de su propia inhabilidad
crecerá de modo proporcional a la participación en aquellos espacios que le
están vedados.
La experiencia vivida por organizaciones
éticas que se inmiscuyeron en opciones políticas siempre señala que las
contingencias terminan por horadar el valor superior de su aporte. Lo mismo
ocurre con aquellas que han incursionado en negocios con los más variados
propósitos, aún aquellos de la más sana intención.
Es de fundamental importancia, entonces,
la independencia y autonomía que las organizaciones éticas deben poseer, lejos
de cualquier propuesta política, y de cualquier vinculación con objetivos de
lucro. Ello obliga a que sus recursos provengan solo de su membresía y estén orientados
exclusivamente a los fines que la identifican, como también obliga a que su
estructura refleje claramente en sus prácticas
internas los planteamientos que tienen alcance público.
Si no hay esa necesaria coherencia entre
la conducta interna y la conducta que promueve en el seno de la sociedad en que
se desenvuelve, más temprano que tarde terminará por dañar su propia
credibilidad y se terminará imponiendo el repudio de la sociedad civil.