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Un pequeño dilema


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01/06/2013

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UN PEQUEÑO DILEMA






Vicente Adelantado Soriano





Como si el tiempo estuviera en consonancia con nuestro estado de ánimo, sufrimos entonces un mes de abril que no tuvo nada ni de primaveral ni de cruel.1 Todo lo contrario: el frío, las continuas lluvias, los gestos de desagrado, y las noticias, las noticias sobre todo, invitaban a la pasividad, al desánimo, a dejarse ir; y aumentaban, si cabe, las ganas de cortar las viejas raíces, de abandonar este perro mundo, de anegarlo, porque nos sentíamos demasiado vivos y demasiado molestos. En momentos así, y en otros peores, siempre ha estado mi salvación en los libros. Leía entonces, como ahora, hasta que los ojos me lo permitían, hasta caer rendido. Me parecía a un borracho: este bebe mientras el cuerpo es capaz de aguantar, y yo leo mientras mis ojos y cerebro me lo permiten. Lo malo de la lectura es que no me hace perder el sentido como una buena borrachera se lo puede hacer perder al beodo. No obstante, a partir de un momento, estaba tan saturado por los libros que era incapaz de concentrarme en una buena sinfonía o en una película, inexistente en la televisión, hecha siempre a ras de suelo. Llegado a este punto, lo mejor era salir a pasear. La lluvia me lo impidió durante una larga y pesada semana. No me quedaba otro recurso, vivo e inteligente, que la tertulia. Allí estaba, como siempre, doña Paquita, la impagable doña Paquita.

-Buenas tardes -la saludé-. No deje de leer por mí -dije tontamente al ver que cerraba el libro.

-Llevo toda la mañana leyendo. No se preocupe.

-Yo también. Quería salir a pasear, o ir al centro y meterme en un cine, pero ¿se lo puede creer? me da pánico constiparme.

-Claro que me lo puedo creer. A estas alturas cualquier leve enfermedad puede ser fatal para nosotros, y para la gente de nuestra edad -añadió sonriendo.

-El año pasado, un día, de la parada del autobús al cine me mojé de arriba abajo. Me cayó una tromba de agua impresionante. Se me mojaron los pies...

-Terrible. Los pies mojados es lo peor que hay. Seguro que se puso enfermo.

-No. Le diré. Entré en el servicio del cine con la idea de, por lo menos, secarme un poco... Una señora se había metido en el servicio de caballeros. Me dijo que la perdonara, y que no me preocupara por ella. Estaba secando sus zapatos con el calefactor de secar las manos. El del servicio de las mujeres no funcionaba.

-Y le dio la idea.

-Efectivamente. Me perdí un buen fragmento de la película, pero conseguí secar mis zapatos y mis calcetines. La película, por otra parte, no era nada del otro jueves. Y mis pies estaban calentitos y reconciliados con el mundo. Qué gusto.

-¿No siente pena usted -me preguntó dando un salto inverso y tan enorme como en del inicio de la película 2001 una odisea del espacio- de aquellos pobres del Neolítico, viviendo en cuevas y sin estos avances nuestros? Yo, cada vez que me los imagino con dolor de muelas, me echo a temblar...

-Sí, la vida era muy dura entonces. Parece una contradicción: tenían un aire sin contaminar, ríos de aguas límpidas, carne fresca, frutos de la tierra sin caducar... y sin embargo, morían bien jóvenes.

-Y nosotros, que ya no tenemos nada de eso, vivimos cada vez más años.

-Y eso precisamente se está convirtiendo en un problema social. En un enorme problema social.

-Sí, tiene usted razón. El otro día, a raíz de ciertas informaciones difundidas por la televisión, sobre que nos van a volver a rebajar las pensiones, o algo así, me acordé de una película que vi hace muchos años. No recuerdo el título. Era una película japonesa. Se contaba en ella que, en una zona rural, cuando las personas se hacían mayores y ya no producían, las llevaban a la cumbre de una montaña y las dejaban morir de hambre.

-La balada del Narayama se titula esa película. Por cierto, también un ministro japonés, el otro día, invitó a la gente mayor a que se muriera pronto a fin de evitar gastos inútiles. Usted se acuerda de esa película; y yo, oyendo que han quitado buena parte de las ayudas a las personas dependientes, me he acordado de la roca Tarpeya. Era más humano aquello ¿no le parece?

-A veces me da la impresión de que vamos hacia atrás, como los cangrejos.

-No obstante, lo mejor que podemos hacer es mantenernos vivos y despiertos. Que nos paguen, y que se j..., perdóneme, ellos. Podíamos ser solidarios y dejarnos morir como hacían los cátaros que habían llegado a un cierto grado de perfección; pero ¿para qué? ¿Para que algunos desalmados cobren sobresueldos? ¿Para que un imbécil con un buen sueldo por no hacer nada en vez de dedicarse a estudiar se dedique a estafar y a robar dinero público? ¿Para mantener a una pandilla de mequetrefes que no saben ni hablar? No, no estoy por la labor. ¿Y qué me dice de las estafas montadas por los bancos y de las que nadie es responsable? ¿Dónde está la ética? Algunos se deben estar partiendo de risa viendo a los abuelitos manifestarse ante los bancos reclamando sus ahorros.

-Esté usted tranquilo: no tengo en mente quitarme la vida.

-Sería bien tonta si lo hiciera.

-Aunque a veces, se lo digo en serio, preferiría desaparecer, pues todo este desbarajuste comienza a darme miedo. Verdadero miedo.

-Lo comprendo; pero no tenemos nada que temer: en la enfermería hay ingredientes suficientes como para hacer un buen y nutritivo cóctel. No obstante, apuremos el cáliz. Hasta las heces.

-Me ha salido usted un antirromántico de una pieza.

-¿Si? No lo sabía. Es cierto que, a veces, le dan a uno ganas de abandonarse, de terminar de una vez; pero creo que no vale la pena. Más que nada porque nuestra vida molesta e incordia. El hecho de vivir es un signo de protesta.

-Si al menos todavía estuviéramos en clase, en las aulas, y pudiéramos hacer algo...

-No sea usted ilusa: a través de la educación no va a conseguir nada. Ya se encarga el poder de cerrarle la boca a los buenos profesores. ¿Cómo? Creando un estado de opinión totalmente contrario a cualquier idea que no sea la sustentada por el poder. Y como carece de fineza, arremete contra todos los maestros. Matadlos a todos -dijo Simón de Monforte-, que Dios ya los separará.

-Es cierto. ¿Por qué se han metido tanto con los profesores y con los funcionarios?

-Ese ha sido el gran error, si pensamos en estadistas buenos y honestos; o el gran acierto si pensamos que la política está dirigida por mentecatos, mequetrefes, conmilitones y estómagos agradecidos.

-Ya. Y en nuestro caso, no hace falta que me diga quien “nos dirige”.

-Mire, estos días de tanta lluvia no he podido salir a pasear. He tenido todo el día libre para leer. He releído libros que tenía pendientes, que me apetecía volver a visitar...

-Y ha descubierto usted lo que ya sabía.

-A veces me pregunto si tan importante y determinante es la lectura de un libro. Sé que el libro del que le hablo lo leí cuando tenía treinta años. Las palabras de aquel libro se me debieron meter hasta los tétanos, pues el otro día, a punto de cumplir los ochenta, reconocí en él todos mis pensamientos, o casi todos.

-Sí, de vez en cuando suceden esas cosas. Sobre todo le suceden a aquellas personas que aman a los libros. Y dígame, ¿de qué libro se trata?

-De uno de don José Ortega y Gasset.

-Ese hombre escribía muy bien. Pero últimamente no está muy bien visto, ¿o me equivoco?

-No sé si está bien o mal visto. No lo sé. Tampoco me interesa lo más mínimo. Me interesan, sí, sus libros... Cuando comenzaron aquí en el país, como consecuencia de esta absurda crisis, los movimientos independentistas, me acordé de un libro leído hacía años, y que entonces me pareció una maravilla. Se trata de España invertebrada. Como ya la dije, al venir aquí regalé todos mis libros. Iba a ir al centro a comprarlo. Pero alguien, ya fallecido, regaló su biblioteca al centro. Tiene el libro aquí. Además, en la edición que yo leí de joven.

-Y le ha parecido que dicho libro conserva toda su frescura.

-Sí, pues se ha hecho carne aquella ironía de don Miguel de Unamuno: para usted, señora, como para España, no pasan los años.

-Muy fino don Miguel. Pero ¿de verdad cree usted que estamos como siempre?

-Entendámonos. Hoy tenemos avances que no había en aquella época. Y dentistas -añadí sonriendo-. Pero cuando hay algún problema, la solución sigue siendo la misma. Es como si la ceguera la lleváramos en la masa de la sangre.

-Deduzco de eso -me dijo doña Paquita con gesto de horror- que es usted partidario de la secesión de vascos y catalanes.

-Ni estoy a favor ni en contra. Lo que me interesa es el análisis de porqué se ha llegado a esta situación a fin de evitarla, si es posible.

-A mí me da la impresión de que son huidas hacia delante, ofrecer una zanahoria a la caballería para que no vea la corrupción que arrastra.

-No le digo que no haya en esa apreciación sus visos de verdad; pero creo, sinceramente, que hay más. El mal es más profundo. Y lo que ha sucedido estos días lo ilustra perfectamente.

-A mí me da la impresión de que todo esto es una necedad, un contrasentido. Es curioso: en un mundo cada vez más globalizado, todavía quedan tendencias a formar el espíritu de campanario, pequeños núcleos que no van a tener mucho peso específico. No sé muy bien lo que me digo -añadió sonriendo.

-A veces -le respondí- la política de este país va tan a ras de suelo que, a menudo, los políticos me recuerdan a los alumnos de 2º o 4º de la ESO cuando, en ausencia del profesor, rompían algo del aula. En la clase se montaba entonces una trifulca enorme; todos culpaban a todos, nadie reconocía haber hecho nada, y todo quedaba en agua de borrajas.

-Al hombre le cuesta mucho reconocer su culpabilidad, si es que alguna vez la reconoce alguien. Por eso no dejo de sonreír cada vez que leo aquel famoso evangelio donde dice Jesús que quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Si eso lo hubiera dicho en la realidad, seguro que no lo crucifican: allí mismo lo lapidan; a él, a María Magdalena y a todo quien se hubiera puesto a tiro.

-No le quepa la más mínima duda. Por eso me ha gustado el libro de Ortega. Por eso y por su fino análisis. No se trata de buscar culpables, sino de señalar defectos que son o pueden ser subsanables... Si cuando empezó esta terrible crisis se hubiera dicho lo que sucedía, si es que alguien lo sabía, y se nos hubiera invitado a todos, cada uno según sus posibilidades, a arrimar el hombro, seguramente hubiéramos trabajado todos por el bien del país. Pero en lugar de hacer eso, se cargó la mano contra los profesores y los funcionarios a los que se tildó de vagos y privilegiados...

-Sí; tiene usted razón. Todo aquello fue muy desafortunado, muy penoso. Se nos criminalizó a nosotros, se criminalizó a los sindicatos, a los médicos, a la sanidad...

-Y lo más gracioso es que siempre hay voceras dispuestos a repetir lo que han oído. Y lo ofrecen como si fueran pensamientos propios...

-Es cierto. Esta pretendida democracia no has hecho creer que todos somos iguales; y, por lo tanto, todos podemos opinar sobre lo mismo, y decir lo que nos venga en gana. Que no es sino repetir la consigna recibida. La inmensa mayoría de la gente es incapaz de un leve pensamiento propio.

-Ahora ha puesto usted el dedo en la llaga. Ese es el grave problema que señala Ortega y Gasset: aquí siempre ha faltado una minoría que arrastrara a la mayoría y la llevara por el mejor de los caminos posibles... Aquí la envidia y el destruir a todo aquel que sobresale por méritos propios es un deporte nacional. Nadie está dispuesto a reconocer que el vecino encarna lo mejor de la nación, y que es digno de ser seguido.

-Difícil me lo pone usted.

-Es difícil. Muy difícil. Tal vez porque todo está podrido desde la raíz.

-No sé qué decirle. Yo no acabo de entender muy bien las cosas.

-¿No le parece a usted que lo ideal hubiera sido que todos, sin excluir a nadie, ni insultar ni denigrar a nadie, trabajáramos por salir de la crisis? Es una situación ideal, utópica si quiere; pero la mejor sin duda... Se ha optado por lo contrario, por denigrar a unos, criminalizar a otros; y formar una minoría selecta que dice estar en poder de la razón, aunque carezca de la más mínima credibilidad.

-Si se refiere a los políticos, ¿quién va a hacer caso de ellos? Cada vez que los oigo hablar, siento vergüenza ajena. ¿De verdad estas personas han aprobado una carrera? ¡Dios mío, cómo está la universidad española! ¿No tienen un mínimo de pundonor? El mismo día que se anunció que hemos llegado a los seis millones de parados, sale un paniaguado por la televisión diciendo, sin que le temblara la voz ni el pulso, sin despeinarse, que el mes de marzo ha sido un buen mes para el empleo... Oyéndolo me sangraba el corazón.

-Sigue usted poniendo el dedo en la llaga. Ese paniaguado, como otros muchos, estaría repitiendo las consignas que le dieron en su partido político. Porque los partidos políticos, como se ha visto estos días, y hace años que se sabe, reciben dinero de empresas, empresas con intereses, claro está; y, por supuesto, no hay nada sin nada. Dicho en román paladino do ut des. Yo te llevo al poder, pero tú me das la parte grade de la tarta. No van a pagar la crisis, por lo tanto, los que han encumbrado al partido.

-Está todo podrido desde la raíz. Tiene usted razón.

-Quien tiene razón es don José Ortega y Gasset. Y lo mismo me da que esté de moda como que lo consideren un reaccionario. Ya estoy harto de adjetivos que no significan más que pereza mental por parte de quien los pronuncia.

-No hay que hacer caso de esas cosas. Hay que situarlas en su marco justo.

-Pues el marco justo, según Ortega, es que somos no una nación sino un grupo de personas dispersas, sin un futuro ni unas metas que nos cohesionen. Un país no es un pasado más o menos glorioso. Un país es un grupo de personas trabajando por una meta común, siguiendo a una minoría que sabe a dónde va, y que no engaña a nadie...

-¿Me está usted contando una utopía? Queda preciosa para una tarde de lluvia. Aunque es cierto, ¿ha habido en Francia movimientos secesionistas? Yo creo que los hay en muchos países, y no sólo en España.

-Leyendo el libro de Ortega me entraron ganas, si se puede decir así, de ser joven y de irme a viajar por el mundo a fin de comprobar si hay secesionismo en todos los países, y si en todos tiene el mismo o parejo significado. Es un estudio que puede resultar muy interesante.

-Tal vez, y como ha dicho usted, bastaría con ver el grado de corrupción de cada forma de gobierno. Está claro que si en una casa el padre derrocha, la madre malgasta y el hijo pequeño no tiene ganas de hacer nada, cada uno tirará por su lado y la casa se hundirá. Me estoy asustando yo sola. Ahora bien, ¿usted cree que hay algo que sea capaz de ilusionar a todos los pueblos de este país?

-Ese es el verdadero problema. Pero creo que con esto de la crisis se ha perdido una magnífica oportunidad: si todos hubiéramos arrimado el hombro, si cualquier corrupto o ladrón, fuera de este partido o del otro, de esta o de la otra familia, se hubiera visto obligado a devolver el dinero y a ingresar en prisión, otro gallo nos cantara... Pero claro, la política no se hace para todos sino para los políticos y quienes los sustentan, que no son los votantes. Y ahí está el primer error del que dimanan los otros. Vamos, que se estafe a gente mayor con eso de los preferentes y que no pase nada... Clama al cielo.

-Sí, es una vergüenza desde luego. Esto cada vez se parece más a un esperpento valleinclanesco. Y sería para echarse a reír si no hubiera tanta gente en el paro y pasándolo mal. Yo me pongo en el lugar de algunas madres, y me veo a un manolo, faja roja, veguero en los labios, navaja chulesca, diciéndole al esqueleto de un parado que tenga un poco de paciencia, que dentro de poco el jaco cruzará el puente, y todos, en el verde prado, descansaremos y comeremos viandas tan frescas como recién traídas del Paraíso. Y un loro, en lo alto de un árbol, echa vivas a España y a la casta que fundó Castilla, que esta, como dijo Góngora, ya no llega ni a casta, es castilla.

-No se me despeñe, doña Paquita, que usted es una mujer moderada. Siga siéndolo, que esa es una de sus muchas buenas cualidades.

-Perdón, pero es que a veces también yo me encalabrino.

-Va bien, de vez en cuando, soltar un par de tacos y pegar un par de puñetazos sobre alguna sufrida mesa. Ya está bien por hoy. Ya nos hemos desahogado. A ver si deja de llover y podemos salir a pasear. Nos sentará bien.

-Sí, creo que sí. Pero mientras tanto, y sigue lloviendo, me podía pasar usted, si lo ha terminado, el libro de Ortega. Me gustaría leerlo.

-Voy a por él.

Y sin más me dirigí a la pequeña biblioteca de la residencia. Estaba absolutamente convencido de que el pequeño libro de don José estaría donde yo lo había dejado, y en la misma posición. Así fue. Allí, como en la inmensa mayoría del país, no se leía sino el equivalente a las novelas de caballerías. Al menos quedábamos una minoría selecta y marginada a la que nadie conocía ni nadie, en consecuencia, hacía caso. Dicen que hay cosas peores. Y que quien no se consuela es porque no quiere.





1Abril es el mes más cruel; engendra

Lilas de la tierra muerta, mezcla

Memorias y anhelos, remueve

Raíces perezosas con lluvias primaverales.

T.S. Eliot. La tierra baldía. Traducción de Ángel Flores. Ocnos, Barcelona, 1973, p.19





Etiquetas:   Libros

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