HERENCIA DEL VIENTO: un drama judicial imprescindible

La historia de un profesor de Geografía de la escuela secundaria de Dayton (Tennessee) que en 1925 fue juzgado por enseñar a sus alumnos la teoría de la evolución que Charles Darwin recogió en El origen de las especies se convirtió en uno de los juicios más mediáticos de todo el S.XX. Era cuestión de tiempo, por tanto, que este insólito caso quedase plasmado en la gran pantalla. Así nació Herencia del viento (Stanley Kramer, 1960), película basada en la obra de teatro homónima de Jerome Lawrence & Robert E. Lee, ceñida al que popularmente se denominó juicio del mono o juicio de Scopes. El caso despertó una gran controversia en  Estados Unidos, donde en buena parte de su territorio la enseñanza de cualquier teoría sobre la creación que negara la Divina Creación estaba perseguida incluso con la cárcel y donde los evolucionistas, una clara minoría, parecían no tener ni voz ni voto. Sin embargo, el sustrato del film dista mucho del típico discurso panfletario contra las religiones que, como la católica, explican el origen del mundo omitiendo cualquier principio empírico, sino que se define como una crónica acerca de cómo estás no pueden interferir, invadir un espacio público abierto a múltiples ideas y creencias; máxime en el sistema educativo, donde de la calidad de la enseñanza debe comulgar con el conocimiento científico y jamás con el adoctrinamiento ideológico. 

 

.XX. Era cuestión de tiempo, por tanto, que este insólito caso quedase plasmado en la gran pantalla. Así nació Herencia del viento (Stanley Kramer, 1960), película basada en la obra de teatro homónima de Jerome Lawrence & Robert E. Lee, ceñida al que popularmente se denominó juicio del mono o juicio de Scopes. El caso despertó una gran controversia en  Estados Unidos, donde en buena parte de su territorio la enseñanza de cualquier teoría sobre la creación que negara la Divina Creación estaba perseguida incluso con la cárcel y donde los evolucionistas, una clara minoría, parecían no tener ni voz ni voto. Sin embargo, el sustrato del film dista mucho del típico discurso panfletario contra las religiones que, como la católica, explican el origen del mundo omitiendo cualquier principio empírico, sino que se define como una crónica acerca de cómo estás no pueden interferir, invadir un espacio público abierto a múltiples ideas y creencias; máxime en el sistema educativo, donde de la calidad de la enseñanza debe comulgar con el conocimiento científico y jamás con el adoctrinamiento ideológico. 
Aunque su plantel de secundarios es amplio y variado -atención al papel de Gene Kelly, basado en el personaje real de Mecken, crítico social escéptico clave del S.XX en América que financió la defensa del profesor con el fin de lesionar el extendido fundamentalismo cristiano-, la muy valiente en su época Herencia del viento se centra en el abogado defensor de dicha causa, Henry Drummond (Spencer Tracy) y el líder ultraconservador Matthew Harrison Brady (Fredric March). Ambos protagonizan un duelo interpretativo de alto voltaje, reforzado por la suma de talento de sus actores, en estado de gracia. Todo el fragmento del juicio, en el que el primero interroga de manera incisiva al segundo, justifican de sobra una película que no cae en la moralina barata ni en el vulgar choque entre religión y ciencia. No es casual que en este brutal, corrosivo asalto verbal entre los dos abogados, se den cita las líneas de guión más brillantes del film. Drummond acierta a interpelar a su rival con frases de la talla: "La Biblia es un libro, y un buen libro, pero no el único libro" o "Para los agnósticos, lo sagrado está en la inteligencia del individuo; la santidad está en una mente infantil capaz de aprenderse la tabla de multiplicar". El gran acierto del personaje es su capacidad de repreguntar, es decir, de poner contra las cuerdas a una ser absolutamente irracional, cegado por la fe ciega que profesa hacia una religión que, en efecto, no dispone de respuestas sólidas a las  reflexivas interpelaciones del abogado, viéndose obligado a caer en el manido "es posible" o "no lo sé". Un hombre de convicciones profundas, parece querer decirnos Herencia del viento, ha de ser capaz de defenderse cuando le atacan desde el punto de vista de la lógica. De lo contrario, está perdido. 

El final del trayecto del que es uno de los mejores ejemplos de juicios que ha alumbrado nunca Hollywood, junto con las también imprescindibles Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957) o Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959), es sorprendente, pero lo interesante es todo lo que acontece durante su transcurso: en Herencia del viento circulan temas de vital importancia como la libertad de expresión, de cómo el ser humano, en ocasiones, se ve obcecado  al peor de los fanatismos por defender aquello en lo que cree o, por último, cómo dos bandos tan aparentemente irreconciliables -el escéptico y el creyente- pueden no sólo resultar compatibles, sino enriquecedores ("la base del conocimiento científico no es irreconciliable con el libro del génesis", acierta al apuntar Henry). La clave radica en no pretender interferir jamás en el campo del otro, de respetarse mutuamente, de ser conscientes donde están los límites. Porque Herencia del viento trasciende el tópico sobre religión sí o religión no, o evolución sí o evolución no. El film es, en resumidas cuentas, una crónica acerca de la honestidad, de la capacidad de las personas acerca de gestionar sus creencias.

La cinta permaneció inédita en nuestro país durante años, motivo por el cual a día de hoy sigue siendo una gran desconocida para el gran público. Algo injusto para un título que atesoró 4 nominaciones a los Oscar -Actor (Tracy), fotografía, montaje y guión adaptado- y que conquistó el Oso de Plata al Mejor Actor (March) en el Festival de Berlín. Kramer, director al que no le importó meter el dedo en la llaga sobre un asunto que casi un siglo  después sigue estando candente, orquesta una película que parece perseguir, al fin y al cabo, la reivindicación de la (muy necesitada, inoxidable) teoría de la evolución en una época en la que la talla intelectual de algunos especímenes oxidados, estancados en la sinrazón y el dogmatismo, parece corresponder más con esa edad del mono de la que hablaba Darwin antes que con la época del progreso en la que (guste o no) todos estamos inmersos. Y en la que la religión, me temo, tiene los días contados.

UNETE



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