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Muay Thai: la danza del honor sobre el diamante sagrado


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26/05/2013


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La desnudez de la inexperiencia y la inercia del movimiento nocturno en Bangkok nos llevó a estar al frente del cuadrilatero sagrado. El Muay Thai, esa especie de boxeo del que solo conocía las generalidades que puede conocer un turista promedio en este país, se transformó ante mis ojos en un ritual; en una danza pausada, rítmica pero contundente y estimulante en sus momentos más críticos, donde los golpes se resbalan en el sudor del contrincante y la sangre, a veces, se asoma para caer suavemente en el piso de aquel diamante sagrado que las mujeres no podemos tocar por la superstición milenaria de los tailandeses hacia uno de los ritos más incrustados en su vena cultural, el Thai Boxing, como le conocemos algunos extranjeros.


Eduardo Machado/ La danza del honor



El estadio es un amasijo de paredes de láminas de zinc, sillas que parecen prestadas por los familiares de los boxeadores que dan frente al cuadrilatero en una zona VIP creada sobre todo para turistas. Un lugar privilegiado desde el que podemos ver a los familiares, técnicos y fans de los pelearines en primer plano. Una mujer, frente a mi, del otro lado del cuadrilatero no para de aupar al boxeador del equipo rojo. Su cuerpo menudo y su rostro dulce contrastan con los gestos que hace con el cuerpo y el brazo derecho invitando a descargar contra el chico de short azul. Su sonrisa cargada de nervios devela quizá una apuesta, pero inmediatamente se le desdibuja cuando a mí me sube un escalofrío, la mujer y yo nos enfocamos en lo mismo, el chico de short azul cayó para no levantarse.

Eduardo Machado/ boxeador agotado



Después de un descanso y de esa descarga de emociones nos lanzamos al baño para no tener que interrumpir luego, en medio de una pelea. Nos hacemos una foto con el ganador empuñando las manos. Parece que algo dentro de mi se va transformando y la inercia del principio se hace pura adrenalina. Me veo como una asistente del Circo Romano. Ignoro de plano al perdedor, que recibe masajes mientras me mira como me hago la foto con el chico “rojo”. En el pasillo, de vuelta al cuadrilatero, le doy un vistazo más detenido al estadio, no es muy grande, pero pienso que quizá unas ¿500? personas pueden caber. Ese sábado en la noche está medio vacío aunque el palco de apostadores está lleno y la zona de fumadores invadida por “Farang”, como nos llaman los Thai a los extranjeros, aquellos que no compartimos esa cultura llena de magia, elefantes, princesas y guerreros.



Volvemos a las sillas “prestadas” y veo que una esquina del diamante hay un par de señoras, que si me las topo en el mercado del lunes haciendo la compra de la semana, jamás me imaginaría que son un par de narradoras de la pelea. Sobre ellas, en un andamio, descubro una primera cámara, al frente hay otra que no pierden segundo sobre el cuadrilatero. Más atrás veo otras dos y al fondo un improvisado palco de prensa desde el que narran dos hombres para la televisión tailandesa y también un chico que hace las entrevistas. Bebo un poco más de mi Chang (cerveza Thai) y ya casi suben los siguientes boxeadores.

Un silencio general marca el paso a una música tradicional Thai, compuesta por una flauta y un tambor que se toca en vivo. Los boxeadores suben el cuadrilatero, ellos pasan por arriba de las cuerdas, y el técnico por debajo. Nadie más entra en esta tarima sagrada. Van caminando o más bien danzando al ritmo de la música tocando cada esquina y haciendo una venia, me imagino una especie de rezo. Un ritual hermoso, pienso, mientras las pupilas se me van ensanchando. Visten solamente un short, una especie de calcetines corte medio que descubren los dedos y los talones, en cada uno de los brazos una cinta amarrada, por un momento pensé que con los colores del club en el que entrenan y que representan, en la cabeza una cinta de colores los adorna.

Todos son muy jóvenes, quizá no más de 23 o 24 años. Y aquí la memoria me transporta a las peleas de gallos, tan populares en Latinoamerica. Me acuerdo de La otra isla, el libro del venezolano Francisco Suniaga y como los gallos se convirtieron en la fascinación de un alemán que llega a Margarita buscando nuevos aires. Recuerdo vagamente, en algún lugar de la infancia, una pelea de gallos, un sitio muy parecido, donde los niños por lo visto no teníamos restricción de entrada, como ahora no lo tienen estos niños que hoy corretean el estadio.

La música se escucha durante los cinco rounds que conforman la pelea. Se escuchan también los gritos del público y los golpes secos de las patadas sobre la piel, un sonido seco que me enfría la respiración. La batalla no dura más de media hora. Pocas veces es interrumpida por un knockout como el que presenciamos esta noche. La batalla más que llena de golpes, está llena de rituales, de superstición, de danza, de honor. El ganador, escogido al final por los jueces, es premiado con un collar de flores que el técnico contrincante le coloca desde una de las esquinas, recordemos que nadie más pisa el cuadrilatero sagrado. Los chicos se abrazan, se nota que se conocen, probablemente muchas noches coinciden para transformarse en guerreros de batallones distintos.

Eduardo Machado/ El ritual milenario del Muay Thai



Esta noche de peleas ha comenzado a las 8 de la noche y ya a la una de la mañana, el hambre nos despertó de un viaje cargado de adrenalina, de emoción por sentirnos privilegiados de asistir a batallas milenarias. Al salir leemos que se está construyendo un estadio nuevo a las afueras, y que este amasijo de Zinc que me ha hecho revivir las peleas de gallos y que me ha emocionado como a una fan veterana del Muay Thai va a ser demolido. Caminamos al frente del parque Lumpini, lamentamos la demolición. Hablamos castellano con nuestros amigos, aunque más bien colombo-venezolano, ese intercambio de palabrejas que compartimos y que nos hacen cómplices. A 30 y pico de grados decidimos buscar un puesto de comida callejera y la Bangkok multicultural nos regala un Shawarma en un calle en Sukhumvit Road que parece más bien, algún lugar de El Cairo.



Etiquetas:   Patrimonio Cultural   ·   Cultura   ·   Crónica   ·   Boxeo

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