La desnudez de la inexperiencia y la inercia del movimiento nocturno en Bangkok nos llevó a estar al frente del cuadrilatero sagrado. El Muay Thai, esa especie de boxeo del que solo conocía las generalidades que puede conocer un turista promedio en este país, se transformó ante mis ojos en un ritual; en una danza pausada, rítmica pero contundente y estimulante en sus momentos más críticos, donde los golpes se resbalan en el sudor del contrincante y la sangre, a veces, se asoma para caer suavemente en el piso de aquel diamante sagrado que las mujeres no podemos tocar por la superstición milenaria de los tailandeses hacia uno de los ritos más incrustados en su vena cultural, el Thai Boxing, como le conocemos algunos extranjeros.




