La abominable ficción se había cumplido horrorosamente. No era otra pesadilla que me mantenía en los laberintos del insomnio. Era una de esas truncas posibilidades que en el pasado estructuraron la imaginación ficticia y ayudaron a levantar sueños odiosos. En una semana de violencia “telúrica” mis más antiguos presentimientos ya no eran más que confirmadas pruebas de una realidad destructiva a gran escala propiciadas por la secta que todos conocían pero que todos preferían ignorar alevosamente.



