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Fracking


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25/05/2013


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Las grandes compañías petroleras se gastaron en el año 2011 la nada despreciable cantidad de 150 MM de dólares en comprar voluntades de políticos en Washington, para poder continuar su negocio de explotación de recursos de hidrocarburos sin trabas legales ni medioambientales. Eso, al margen, de sus generosas donaciones para las campañas electorales de los grandes partidos estadounidenses. Necesitan la complicidad de los políticos en unos tiempos en que la conciencia ecológica es cada vez mayor, y una parte importante de la sociedad es ya partidaria de las energías renovables. Pero además, según la teoría del “Pico de Hubbert”, después del año 2010, la producción de petróleo caerá en picado, llegando a mínimos a partir del año 2100. No es de extrañar, entonces, que los gobiernos del mundo, estén haciendo la vista gorda ante la desmesurada subida de precios de gasolinas y gasóleos, que ya ni siquiera se corresponden con el precio del barril de petróleo; según un informe publicado por la Comisión Nacional de Energía, mientras el precio del barril de petróleo ha bajado un 6% en lo que va de año, la gasolineras han aumentado sus beneficios en un 31%.  El caso es que las compañías petrolíferas sigan engordando su cuenta de resultados y retroalimentando un sistema político que subsiste gracias, en parte, a las enormes cantidades de dinero que éstas ponen a su disposición. En definitiva están ejerciendo de contrapoder democrático, al tener subsidiada a la clase política, sobre todo de los grandes partidos que en el mundo occidental gestionan el poder.


            Esta necesidad de encontrar nuevos yacimientos de hidrocarburos (petróleo y gas), que les asegure controlar el mercado energético unos años más, les ha llevado a explorar nuevas técnicas de sondeo, cada vez más lesivas para el medio ambiente y la sostenibilidad del planeta y su población. Una de estas técnicas es  el hydraulic fracking, para ser más coloquiales: fracking. Método que consiste en fracturar la roca, debajo de la cual, supuestamente, se esconde gas y petróleo a profundidades que pueden oscilar entre los 1.000 y 3.000 metros, con ingentes cantidades de agua, arena y productos químicos, que a pesar de que el lobby petrolífero quiera presentarlo como inocuo para la salud de las personas y el medio ambiente, levante demasiadas dudas, en cuanto a qué efecto puede tener en la geología del terreno las explosiones que se han de llevar a cabo; cuánta agua es necesaria y si el uso en grandes cantidades de ésta va a afectar al abastecimiento de la población, la agricultura y la industria; qué productos químicos se van a utilizar y qué efectos pueden tener sobre las personas, al contaminarse los acuíferos y el aire;  o si es rentable desde el punto de vista de la sostenibilidad económica de los territorios donde se va a efectuar. Hay muchas preguntas que no se están respondiendo o se contestan a medias por la industria. Una industria poco creíble, a la que poco o nada le han importado los efectos medioambientales y sociales que su negocio haya podido tener.

            Pero además, está el problema de la clase política, que en muchos lugares con discursos torticeros, demagógicos e impostados, no van a poner ningún reparo al fraking. El historiador Josep Fontana escribe en su libro “El futuro es un país extraño” lo siguiente: “En estos momentos en que sus intereses (los de las petroleras) se dirigen a la obtención de gas y petróleo por el procedimiento del fracking, potencialmente peligroso desde un punto de vista ecológico, la tolerancia de los políticos, vital para la industria, parece totalmente asegurada”. Se refiere en estas líneas a los Estados Unidos, pero ¿quién garantiza que no son válidas para España? Difícil saberlo, cuando, a pesar de que en algunas Comunidades Autónomas  y Ayuntamientos inicialmente se han opuesto a esta técnica, la influencia de la industria petrolera es grande y la voluntad de las direcciones de las grandes formaciones políticas débil e impresionable.

            No parece que en la Comunidad Valenciana vaya a tener ningún problema el fracking, con una clase política absolutamente entregada a todo aquello que pueda ingresar un euro en las arcas autonómicas, o permitir hacer  un poco de demagogia electoral. El propio José Císcar, vicepresidente del consell valenciano, ya se ha encargado de tirar balones fuera, autorizando las catas prospectivas, dejando para un futuro posterior la decisión final, que seguro estará ligada a la política que marque el gobierno en este sentido, y el ministro de Industria, José  Manuel Soria, ya se ha mostrado favorable a esta técnica. Más allá ha llegado el presidente de la Diputación de Castellón, Javier Moliner en su apoyo entusiasta y demagógico: “No será esta provincia el único territorio del mundo que se niegue a saber si bajo tierra tiene riqueza para su futuro, no mientras yo la dirija”. 

            Así las cosas, lo que habría que preguntarse es si realmente el fracking es necesario para la sostenibilidad energética, o representa un nueva tuerca de la industria con el único fin de aumentar sus beneficios. Quizá deberíamos profundizar un poco más en el debate y, más allá de los problemas específicos que hemos apuntado arriba, ver que lo que está en juego es el modelo energético del futuro. Si queremos apostar por un modelo de energías limpias, no dependientes de terceros y renovables, respetuosas con un modelo económico basado en la sostenibilidad, o preferimos seguir apostando por el modelo energético basado en los hidrocarburos, que está provocando el cambio climático, dependiente de los interese de los grandes corporaciones petrolíferas, en connivencia con los Estados y su clase política. Esa es la cuestión que la sociedad debe plantearse a corto plazo, pues el tiempo para rectificar, si así se quiere, es cada vez menor, desde el punto de vista del medioambiente. Pero también supone un sistema renovado de relaciones políticas en donde la democracia no esté secuestrada por una clase política, como la actual, vendida a las grandes multinacionales y sus intereses depredadores. Optar por un bienestar sostenible que acabe con la desigualdad y el abuso. Como dice el profesor Fontana en su libro ya mencionado: “…el sistema capitalista parece consolidado en su variante más depredadora actual, gracias a que la propia crisis ha contribuido a que se acepten incluso sus métodos más abusivos”.



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