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El futuro inmediato


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25/05/2013

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EL FUTURO INMEDIATO






Vicente Adelantado Soriano

[...]

Vencida de la edad sentí mi espada.

Y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.





Francisco de Quevedo, Salmo XVII





Recordó que siempre había imaginado los momentos finales de su vida como unos momentos llenos de dramatismo, de tristeza, de llanto y de impotencia. De alguna forma los había asociado al final de un lejano verano de su infancia. Entonces, apenas un niño de ocho años, se tuvo que despedir de su primo, quien fue al pueblo a pasar unos días, convertidos en varios meses. Aun así, un domingo, terminadas las fiestas patronales, las calles se quedaron vacías; en el bar ya no había el bullicio ni la animación de los días anteriores, y comenzó a refrescar por la noche. Fue la inevitable señal: al día siguiente su primo emprendería el regreso a la capital. Y él se quedaría desconsolado, llorando en un algún rincón donde pocos días antes habían estado jugando y riéndose. Eran unas risas alegres, plenas, cantarinas; unas risas de las que sólo los niños son capaces. Las recordaba con nostalgia, con verdadero cariño. Pasados los años, todavía le hacía daño aquella lejana despedida. Pero no, la actual poco tenía que ver con ella.

Ahora era él quien partía. Le pareció absurdo preguntarse si alguien lo lloraría, como él había llorado por su primo. Le asaltó un poema, leído hacía años, de Augusto Ferrán:





Los que quedan en el puerto

cuando la nave se va,

dicen, al ver que se aleja:

¡quién sabe si volverá!





Y los que van en la nave

dicen, mirando atrás:

¡quién sabe, cuando volvamos

si se habrán marchado ya!





Siempre hay gente que parte y gente que permanece en el puerto o en el andén. Y todos sienten pena y tristeza; unos porque se van y otros porque se quedan. Dura y triste es la separación cuando viene impuesta o no se acepta. Pero quien teme algo que ha de suceder inevitablemente, teme y sufre dos veces: teme aquello que su mente le representa, y sufre; y teme y padece cuando está viviendo lo anteriormente imaginado. No obstante, pompa mortis magis terret quan mors ipsa. Sí, es peor lo que nuestra imaginación nos presenta que la realidad misma. Recordó la primera vez que ingresaron a su padre en un hospital. Estuvo una semana malo pensando que tenía que ir a visitarlo. No fue tan desagradable como se imaginó. Y cuando le llegó a él la hora de pasar por el quirófano, estuvo deseando entrar en él, pues el dolor y las molestias no lo dejaban vivir. El temido hospital le devolvió la salud y las ganas de vivir. Esa experiencia le hizo relativizar bastantes cosas. Comenzó a sospechar, al mismo tiempo, que la inmensa mayoría de las personas, como él, se movían por miedos y terrores: miedo a perder privilegios, miedo a la enfermedad, a perder influencia, a depender de los demás... Descubrió que cuanto más necia es una persona, más temores tiene. Y los temores, cuando no el pánico, hay muchas formas de disfrazarlos: con la seguridad aplastante, infundiendo miedo a los demás, con la prepotencia, con un orgullo desmedido, con la risa y el desprecio... tantas formas como personas. Muchas personas tienen tanto miedo que hasta temen confesárselo. Y tal vez el miedo por antonomasia sea el miedo a la muerte.

No recordaba cuándo comenzó a oír que una cierta sabiduría consiste en la aceptación de cuanto nos acaezca o suceda. El sabio, leyó en alguna parte, no es aquel que se opone frontalmente a las cosas negativas de la vida y trata de vencerlas, sino quien las vive y les saca el mejor provecho posible. En alguna parte leyó que, quien sabe vivir, hasta en el infierno será feliz. Pero es difícil saber vivir. Muy difícil. Aprenderlo es tarea de toda una vida, de forma que cuando una persona sabe vivir, o está convencida de ello, se muere. A la vida no le falta el sentido del humor. Ni un toque maternal, pues en el fondo todos nos morimos siendo unos verdaderos ignorantes, aunque unos más que otros, por supuesto... De joven se preguntó a menudo porqué todas las personas son siempre iguales, o tienen comportamientos similares: a su abuela no le gustaba la música que le gustaba a su madre; y su madre rechazaba de plano la música que le gustaba a él. ¿Le sucedería a él lo mismo con sus hijos? Intentó que no fuera así, intentó mantenerse despierto; pero ni aun con la mejor de las intenciones pudo dejar de repudiar bastantes cosas de las que les gustaban a ellos. También es verdad que tampoco toleró muchas de su propio tiempo. De la época en la que se vive, se oye todo y se ve casi todo; de otras pretéritas sólo llega aquello que ha sido filtrado y ha resistido el paso de los años. ¿Quién se lee hoy en día una novela de caballerías? Por más que algunas personas se empeñen, y se deshagan en explicaciones, están muy bien durmiendo el sueño de los justos. En realidad los ciclos de la vida están muy bien como se nos presentan: sin el olvido, sin la muerte, la vida sería insoportable. O el hombre tendría que cambiar de tal forma y manera que dejaría de ser un hombre. Además, la historia es tan monótonamente repetitiva. Es como una mala película en la que se sabe de antemano todo cuanto va a suceder. Las tentaciones de abandonar la sala son, a veces, muy fuertes. Máxime en épocas de decadencia y desánimo. Por regla general conducen a guerras y masacres para volver a comenzar. Y siempre es igual.

A menudo se decía que había más cosas, más realidades; pero poco a poco fue percatándose de que no había lugar donde descansar los ojos: todo le hablaba de decadencia y corrupción, complacencia de unos e indiferencia de otros en tanto la población, desilusionada y dejada de la mano de Dios, se desesperaba día a día; y la esperanza y la ilusión se perdían con la rapidez con que un depósito con múltiples agujeros derrama su líquido... Los rayos X se convirtieron en una metáfora de la vida: los discursos pasados de moda, las absurdas palabras de políticos y periodistas que tratan de enmascarar la realidad, la ineptitud y falta de honestidad de muchos de los gobernantes... y una juventud desencantada, una juventud que ha “envejecido” antes de tiempo y que se ve obligada a emigrar. Para algún político, que derrocha desfachatez, eso es una bendición.

“En mi época -se dijo tumbado en la cama-, ¡Ah, qué a gusto me he quedado! En mi época, in illo tempore, teníamos un ideal: día sí y día no los estudiantes estábamos de huelga, de protesta, de manifestación... Qué ilusos: creímos que íbamos a cambiar el mundo. Nos enfrentábamos a la policía, corríamos por el campus, gritábamos consignas por el centro de la ciudad, hacíamos pintadas, tirábamos panfletos... Y el tiempo corría en nuestra contra, como la opinión pública. Alguien dijo que si queréis que el español medio sea conservador, dadle algo que conservar. Y tenían cosas que conservar: su tranquilidad, su pobre pasar, su comodidad mental y su miseria. Los estudiantes estábamos locos ¿Dónde quedaba aquello de no sólo de pan vive el hombre? En el limbo. Dios me libre de mis discípulos, que de mis enemigos ya me guardo yo.

¡Qué época aquella y cuán a menudo la he recordado! Teníamos la ilusión que no tiene hoy en día la juventud: estudiar iba a suponer para nosotros saber, y tener un estatus superior al de nuestros padres. Algunos lo lograron. Otros leímos y estudiamos como si en los libros fuéramos a encontrar la forma de mezclar las hierbas para resucitar a los muertos. Pasado el tiempo, como Berzebuey, también nosotros tuvimos que confesar nuestro fracaso. Sin embargo, fueron aquellos unos días gloriosos, gozosos. A veces se tenía la ilusión de haberlo descubierto todo, de saber que todo funcionaría a la perfección si... El día que comencé a leer La república, de Platón, estuve a punto de sufrir un paro cardíaco: allí estaba la clave.”

Platón compara la sociedad a una olimpiada: unos acuden a la misma a comerciar, a comprar y a vender; otros, sencillamente, a disfrutar del espectáculo, a aprender; y los atletas a participar, a competir en busca del honor. A unos los mueven los negocios, el dinero; a otros el saber; y a los últimos la gloria, el orgullo. Pues bien, el que la sociedad funcione mal se debe a que son los comerciantes quienes detentan el poder, y por lo tanto todas las miras de la nación están puestas en las riquezas, en el dinero, en el comercio en tanto son relegados los sabios y corrompidos los atletas. De la única forma que la sociedad podría funcionar bien sería haciendo que estuviera gobernada por una casta honesta, austera, los filósofos; y que dicha casta entendiera su vida como un servicio público. ¿Y dónde se encuentra a semejantes personas? Sí, le pareció, cuando leyó aquellas magníficas páginas, que había dado con la panacea; le pareció que Platón era un genio. Lo malo es que olvidó a Diógenes cuando iba por Atenas con una linterna buscando a un hombre. Cuestión de lenguaje, como reconoció años después: la metáfora de Diógenes no le impresionó tanto como la de Platón. Sin embargo, es más cierta. ¿Por qué un filósofo tiene que ser distinto a un tendero o a un deportista? Sí, cierto es, el uno lleva una pátina de libros leídos y subrayados, tal vez de alguna oposición ganada, y el prestigio de ocupar una cátedra. Lo malo de todo esto es que eso, salvo raras excepciones, no hace a las personas mejores. También en institutos y universidades hay intrigas, zancadillas, ruindades y mucha, muchísima vanidad. Y el dicho filósofo, catedrático y todo, puede ser tan corrupto y ruin, y a menudo lo es, como el más corrupto y ruin de los políticos.

Siguiendo con la metáfora de Platón, es difícil unificar a esos tres grupos y hacerlos trabajar por una causa común. Lo que propone Platón, inteligentemente, es que no haya interferencias de los unos sobre lo otros; o, caso de que las haya, que sea de los filósofos hacia los mercaderes. En la historia, sin embargo, las interferencias han ido en sentido contrario: todo se ha convertido en un negocio y en un mercado. Y todos defienden, con uñas y dientes, sus privilegios y prebendas. Falta el sentido de la generosidad, o, si se quiere, el de la solidaridad, cosa que queda relegada para las Navidades, y no siempre.

Platón dio la solución de la República en un momento de crisis de la democracia ateniense. Igualmente podía haber dicho que un país en crisis, como el nuestro, es similar a una casa en la que hay poco dinero y en la que se deben hacer frente a infinidad de gastos. Entonces, padre, madre y hermanos, se hubieran puesto a trabajar por una causa común. El padre y la madre, seguramente, hubieran renunciado a algunos de sus privilegios, pan, huevos, etc., para que comieran sus hijos, y estos hubiesen renunciado a sus comidas por mor de sus padres. Pero en la sociedad se ha operado al contrario: el padre y la madre comen como obispos en tanto al hijo pequeño no lo llevan al dentista o al médico a fin de ahorrar. Y el hijo mayor, si puede, se va a hacer las Alemanias. No hay concepto de casa ni de nación. Aquí hasta la bandera, un trapo sujeto a un palo, no es más que eso, un trapo. ¿Cómo se ha llegado a eso?

A menudo se preguntaba si el hombre puede vivir sin enemigos, sin oponentes. Según cuentan determinadas historias, una nación parece que está cohesionada en tanto hay un enemigo exterior contra el cual tiene que enfrentarse. En esos momentos las diferencias internas de la nación se adormecen para dar respuesta al peligro exterior. Y es también cuando surgen las mejores cualidades de un país: el heroísmo, la abnegación, la amistad, el compañerismo... Son infinitas las historias que, al respecto, y por ejemplo, se cuentan de las guerras púnicas. Pero lo malo de estas guerras, como de muchas otras, es que no se nos conserva lo que opinaba de ellas el común de los mortales. Como siempre, y en todas ellas, habría delaciones, traiciones, violaciones, muertes, incendios, saqueos y todo tipo de bestialidades. Siempre habrá, por supuesto, un Cicerón dispuesto a imponer su visión, que no deja de ser una visión idealizada de unos antepasados y unos comportamientos que nunca jamás existieron. Tal vez Cicerón hubiese acertado si hubiera pensado que el enemigo también era una persona, y que ellos no tenían ningún derecho a invadir la Península, entre otras cosas. Cicerón hubiera comprendido con meridiana claridad la metáfora de la casa: nadie tenía derecho a introducirse en la suya, ni a imponerle la forma de cocinar y gobernar, o a decirle cómo comportarse con su mujer y esclavos. Por muy noble que fuera el invasor. ¡Ah, cuánto mejor nos hubiera ido si esa energía guerrera se hubiese empleado en otras cosas! Cada vez que se imaginaba a los soldados de Aníbal cruzando los Pirineos y los Alpes, los pelos se le ponían de punta. ¡Cuánto absurdo derroche de energía! Y los soldados alemanes muriéndose de frío en Siberia. ¿Para qué? ¿Y cómo se puede desarrollar tanto odio hacia las personas, sean judíos o polacos? ¿Qué hace que una persona sea capaz de infringirle tantas bestialidades a otra? Cierto es que en toda civilización siempre hay gente que se cree privilegiada, con derechos que otros no tienen, y a los que está justificado tratarlos como animales. Hasta en los conventos hay monjes y monjas que creen que Cristo derramó su sangre sólo por ellos. La perversión del género humano no tiene límites.

Es indudable que estamos viviendo una profunda crisis: cada día que pasa hay una fractura mayor entre ricos y pobres. La sociedad se está empobreciendo a marchas forzadas; la juventud no tiene ninguna perspectiva, tanto con estudios como sin ellos; y el paro va en aumento. Los políticos no tienen más ideas que mantenerse en el poder, y los conmilitones que lo hagan así para beneficiarse de las migajas que les caen. Por si esto fuera poco, los hijos se quieren desgarrar de los padres; y el concepto de casa, o de nación, si es que alguna vez existió, se está esfumando con la rapidez que se esfuma el humo de un cigarrillo en medio de una tormenta. Siempre hay justificaciones para todo, hasta para un crimen; y no falta quien dice que eso, el desgarro, es lo normal aquí, pues ya los grupos humanos del Neolítico, por poner un ejemplo, vivían cada uno en su “nación”. Absurdo. Algo nos falla, pues los americanos del norte, emigrantes, negros, blancos, apaches, pies negros, etc., han conseguido formar una nación. Y hasta respetan la bandera nacional y su himno. Nadie es perfecto. Pero está claro que no es la sangre la que determina una nación.

“Estoy mirando los muros de la patria mía -murmuró con los ojos clavados en el techo-, y todo me habla de decadencia, miseria y cortedad de miras. Como sucede siempre aquí, se demonizará o criminalizará a aquellos que no quieren compartir el vino con nosotros, y tratarán de obligarlos, por las buenas o por las malas, a hacer lo que no quieren de ninguna de las maneras. Sí, las leyes están para cumplirlas, de acuerdo. Y también los convenios y los acuerdos. Y si un gobierno tiene derecho a saltarse esos convenios cuando les interesa, y los banqueros a estafar impunemente, también a los otros les asiste el mismo derecho. Sócrates, el pobre, no estaba dispuesto saltarse las leyes, y lo pagó con su vida. Aquí las leyes están hechas para complacer a quienes tienen el poder o pueden manejar a las personas. Un orden social no puede ser estable y armonioso a menos que refleje la constitución inalterable de la naturaleza humana. Con más precisión, ha de proporcionar un marco dentro del que los apetitos morales de cualquier ser humano puedan encontrar su campo de aplicación y su satisfacción legítimos.1 Y mientras no se haga esto y todo quede en soflamas, pocas esperanzas tenemos. Por no decir ningunas, pues ni partidos ni políticos tienen más ideas que las de mantenerse en el poder. Y nosotros, el público, somos como una empresa que busca director pero que no tiene una noción clara de las cualificaciones que se requieren, y que, además, no gusta mucho del aspecto de ninguno de los pretendientes.2

Ganas le dan a uno de decir aquello de me duele España. Pero la frase en cuestión trae malos recuerdos. Y habría que hacer algo al respecto para evitar llegar a ciertas situaciones, que no hacen sino desear la muerte. Es posible que la realidad no sea tan atroz como la pinta el cine o la literatura. Pero también hay veces que la misma realidad supera a la ficción. Tal vez resulte más honesto un leve suicidio antes que participar en la más justa de las guerras. Y esto pinta mal... Despedirse de todo como en aquella lejana tarde de finales de verano. Al fin y al cabo, ni quedan esperanzas, ni parientes ni amigos:





Yo tenía amigos;

todos se murieron...

¡ay!¡cuánta falta me hacen ahora

que me estoy muriendo!3









1F.M. Cornford, La comunidad platónica”, en La filosofía no escrita. Traducción de Antonio Pérez Ramos, Ariel, Barcelona, 1974, p. 113



2Ibídem



3Augusto Ferrán, La soledad.





Etiquetas:   Infancia

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