MARTYRS: el terror no conoce límites

Náuseas, vómitos, desvanecimientos, servicios de primeros auxilios en las puertas de los cines...  Tan sólo hay que ver Martyrs (Pascal Laugier, 2008) para comprobar que lo que parece una engrasada campaña de marketing, a suscitar el interés del público del cine de terror y gore, no es en absoluto exagerado. Tras debutar con una irregular opera prima que pasó sin pena ni gloria -El internado (2005)-, el director francés nos obsequia -o nos tortura- con un espectáculo tan siniestro, retorcido y esquizofrénico capaz de ponerse a la altura de otros títulos del género como Saw (James Wan, 2003) o Hostel (Eli Roth, 2005), películas de las que Martyrs bebe sin reparos, además de hacerlo de la serie Lost (2004/2010) -atención a esa recreación de la escena de la escotilla-. Desde su proyección en el Festival de Cannes o en Sitges -donde logró alzarse con el muy merecido premio al Mejor Maquillaje-, los amantes del cine en general, y los del gore en particular, han ido profanando una especie de culto a una película que consigue lo que para otras es misión imposible: ir directa a la yugular desde el minuto uno y mantener el (alto) listón de violencia  hasta su -descorazonadora, implacable, reflexiva- caída de telón.

 

...  Tan sólo hay que ver Martyrs (Pascal Laugier, 2008) para comprobar que lo que parece una engrasada campaña de marketing, a suscitar el interés del público del cine de terror y gore, no es en absoluto exagerado. Tras debutar con una irregular opera prima que pasó sin pena ni gloria -El internado (2005)-, el director francés nos obsequia -o nos tortura- con un espectáculo tan siniestro, retorcido y esquizofrénico capaz de ponerse a la altura de otros títulos del género como Saw (James Wan, 2003) o Hostel (Eli Roth, 2005), películas de las que Martyrs bebe sin reparos, además de hacerlo de la serie Lost (2004/2010) -atención a esa recreación de la escena de la escotilla-. Desde su proyección en el Festival de Cannes o en Sitges -donde logró alzarse con el muy merecido premio al Mejor Maquillaje-, los amantes del cine en general, y los del gore en particular, han ido profanando una especie de culto a una película que consigue lo que para otras es misión imposible: ir directa a la yugular desde el minuto uno y mantener el (alto) listón de violencia  hasta su -descorazonadora, implacable, reflexiva- caída de telón.
La película se abre con el plano de una niña corriendo por el bosque; acaba de escapar de una especie de matadero dónde ha permanecido atrapada un año. ¿Quién la ha encerrado allí?; ¿Con qué propósito? Poco después, la joven es internada en un orfanato, donde se hace amiga de Anna. 15 años más tarde, ya convertida en toda una mujer, Lucie (Mylène Jampanoi) irrumpe en una casa y asesina a sangre fría a todos sus miembros, acto tras el cual llama a su amiga de la infancia y le asegura que por fin ha vengado los abusos que padeció de pequeña. Asustada, Anna (Morjana Alaoui) se dirige a la casa donde ha ocurrido la masacre. Será entonces cuando los hechos tomen un rumbo inesperado. Martyrs es de esas películas predestinadas a convertirse en títulos de culto, algo de lo que no tarda en percatarse el espectador, consciente de que ha embarcado en una de las experiencias más incómodas y repugnantes de su vida. ¿Es fácil hacer partícipe al público de esta sensación de angustia? La respuesta es clara: no. Siempre he pensado que igual de difícil es hacer llorar, reír o provocar malestar -siempre y cuando haya una base sólida detrás, no me vale el mostrar por mostrar- Porque Martyrs, sí, es un festival de violencia extrema integrado por riadas de sangre, golpes, mutilaciones, desollamientos, navajazos, disparos y un sinfín de puñetazos, pero la multitud de lecturas de plantea hace que este inteligente film de autor alcance la gloria.

Tras una primera hora en la que se plantean más preguntas que respuestas, Laugier cambia las tornas a partir de la segunda mitad, en la que Anna toma el control protagonista tras descubrir un pasadizo secreto. A partir del ilustrativo monólogo de la jefa de la secta satánica, Martyrs se descubre como lo que verdaderamente es: un reflejo de la vulnerabilidad del ser humano,  de la gente que vive más preocupada de qué ocurrirá más allá de la vida en vez de disfrutar del presente, de la opresión como método para alcanzar nuestro objetivo -situándose diametralmente en contra de la máxima "el fin justifica los medios"-, del sometimiento que las clases burguesas y aristocráticas hacen padecer a la gente de inferior clase social, de hasta dónde puede llegar la crueldad humana, de la venganza y de la en absoluto justificación de la violencia. De todo eso habla Martyrs, sin descuidar su tema central: cómo, al igual que la sociedad secreta que se nos descubre a partir de la segunda mitad del film, los diferentes credos y religiones no sólo se aprovechan, sino que se alimentan del sufrimiento ajeno para poder subsistir, o cómo su propio fanatismo les ciega hasta el punto de provocar secuelas irreparables en sus víctimas. De ahí el título del film en español: "mártires"; palabra que, según una de las acepciones de la RAE significa: "persona que padece muerte por amor a Jesucristo  y en defensa de la religión cristiana". Lástima que en el desarrollo de los acontecimientos haya  lugar para el tópico -sustos fáciles- y para la incomprensión -¿por qué Anna no llama a la policía o, simplemente, no escapa de la casa?-, lo que no deja de resultar curioso, ya que los fans del terror, los que tenemos el estómago curtido de estos sádicos manjares, agradecemos ambas cosas. Y si se nos sirve con la calidad interpretativa y técnica como en Martyrs, lo agradecemos el doble. 

Por ello, no creo que exista en Martyrs ni una sola escena de sangre gratuita -tampoco el despellejamiento final de la protagonista, fotogramas dispuestos a ocupar una posición destacada en el género-, ni que tampoco se recree en la degradación física y psíquica de su protagonista. No lo creo porque sólo hay que echar la vista atrás y comprobar que la oleada violenta del film no es ni la milésima parte de lo que las religiones y los altos estamentos de un -dañino, insano, perjudicial-  clero han provocado, y siguen provocando, a lo largo de su Historia: abusos sexuales, traumas mentales, criminalización y sentimiento de culpa. ¿En serio que si los ciudadanos de a pie llevamos soportando esto día sí y día también a través de los medios de comunicación, hay quien se echa las manos a la cabeza con una mera ficción? El absurdo de la vida contemporánea no conoce parangón. 

UNETE



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