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Carta al ministro Gallardón


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11/05/2013


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Señor ministro Gallardón:


         Usted y yo somos de la misma “Quinta”, esa manera tan castrense del franquismo para denominar a los varones nacidos en el mismo año, cuando todos, irremediablemente, teníamos que “Servir a la Patria” y a los mandos de aquel ejército vencedor de la democracia y bananero en sus conductas. Le hago referencia a esto porque así va a comprender perfectamente la historia que le voy a contar, sucedida a principios de los años 80, cuando este país se peleaba por salir del túnel del tiempo en el que nos adentraron el franquismo  y la Iglesia Católica cogidos de la mano; todavía hoy vivimos sus consecuencias con personas como usted, que nos devuelven con sus políticas a épocas que creíamos ya pasados.

         La historia que le voy a contar sucede, como ya le he dicho, en el primer lustro de la década de los 80 y me tocó vivirla doblemente, gracias a que la farisaica sociedad de la época prefería condenar a la ilegalidad a miles de mujeres que, pretendiendo vivir su sexualidad como un  derecho propio, al margen de la cárcel mental que suponía la Iglesia y la cárcel física a la que condenaba el Estado, quedaban embarazadas sin tener intención de traer, en ese momento, hijos al mundo. No era fácil en esos años tener relaciones sexuales sin riesgo de embarazo para una mujer, como usted sabe, o a lo mejor no, que también puede ser que pasara sus años mozos entre rosarios y novenas que ensalzaban la virginidad de las  chicas, pues el hecho de ir a la farmacia a comprar preservativos o la famosa “píldora”, suponía un momento de vergüenza, expuesto a las miradas recriminadoras del farmacéutico de turno y de algún que otro cliente, eso cuando directamente, con la voz engolada por el puritanismo y acusadora de lascivia, el farmacéutico se negaba a venderte esos productos propios del pecado.

         Sabe señor Gallardón lo que le estoy contando perfectamente, y el elevadísimo riesgo que suponía para muchas mujeres quedarse embarazadas e iniciar un camino peligroso, duro y caro, muy caro, si decidían no seguir adelante con el embarazo. Pero también muy doloroso, porque a pesar de lo que usted piense, la decisión de abortar para un mujer es muy difícil y triste, como le sucedió, y ya entro en el primer caso que me tocó vivir, a un amiga, que quedándose embarazada de su novio, vivió un calvario hasta que pudo conseguir entre todos los amigos las 50.000 ptas. de la época (esta era la cantidad que cobraba la agencia por el viaje y la estancia, pues el aborto en Gran Bretaña era gratuito, al estar costeado por la sanidad pública), que le costaba ir a abortar a Londres, pues ni ella ni su novio, podía reunir esa cantidad al no tener trabajo, y mucho menos pedírselo a los padres. Tiene gracia que personas que piensan como usted convirtieran a las mujeres en delincuentes en su país por haberse quedado embarazadas. Tiene gracia que las mismas personas que son como usted vieran con ojos de normalidad que una chica joven tuviera que irse a Londres a abortar, quizá porque ese era el lugar donde mandaban a sus hijas los que renegaban del aborto en España; lejos, para que nadie se enterara, y por una cuantía económica perfectamente asumible para ellos. Pero no para mi amiga, que tuvo que pedir el dinero en una cuenta atrás, por los días que pasaban, angustiosa y marcharse sola a la capital británica a vivir la experiencia más dolorosa de su vida.

         Pero no todas iban a Londres. En aquella época en Madrid, por lo menos, se podía abortar en algunas prestigiosas clínicas de la capital, siempre que se estuviera dispuesto a pagar una cantidad elevada, a pesar de que los riesgos que se asumían eran mayores que irse a Londres. Para calmar su suspicacia, señor Gallardón, he decirle que ni en el caso anterior ni en el que le voy a relatar ahora, tuve nada que ver como artífice de los embarazos, simplemente fue la amistad la que me llevó a intervenir en ambos casos, como era habitual en aquella época entre las personas que no tenía poder económico. Como le decía no todas iban a Londres y ese fue el segundo caso que viví de forma muy directa. Tenía una gran amiga que por motivos que no vienen al caso se quedó embarazada. Esta mujer era muy reservada y bajo ningún concepto quería que nadie supiera el estado en que se encontraba, por lo que sólo acudió a mí y a la que en aquella época era mi pareja. Aunque tenía capacidad adquisitiva, no quería estar sola en esta aventura, y nos pidió nuestro apoyo moral y personal. Fíjese usted lo que le voy a contar señor Gallardón, porque muchos de esos médicos de bien estarán ya frotándose las manos por el negocio que usted les va a proporcionar con su nueva Ley antiabortista. Había un ginecólogo en el barrio de Argüelles de Madrid que nos habían recomendado, pero advertidos de que se trataba de una persona muy conservadora, como usted señor Gallardón. El caso es que allí fuimos mi amiga y yo, para simular que éramos un matrimonio y facilitar las cosas, y nos encontramos la primera sorpresa: un gran crucifijo adornaba la mesa del ginecólogo, al que el dinero le debía gustar más que sus creencias religiosas, pues no puso ninguna objeción en realizar el aborto, mediante un legrado (ojo a esta palabra que va a volverse a poner de moda), previo pago de 90.000 ptas., que se llevó de rositas aquel ginecólogo católico/pesetero, pues, aquí vino la segunda sorpresa, el legrado se realizó en la ya desaparecida Clínica Nuestra Señora de Loreto de Madrid, como si fuera un intervención ordinaria de día. Fin de las historias.

         Así es la vida, señor Gallardón. Usted nos quiere vender su Ley antiabortista como progresista y respetuosa con la mujer, pero lo único que va a conseguir es volver a criminalizar a las mujeres, como en los años 80. Porque lo que usted  no puede soportar, al igual que la Iglesia Católica a la que tanto corteja ahora, es que las mujeres sean libres y dueñas de sí mismas. Usted quiere reducirlas a la condición de esposas procreadoras, o si no a la de putas delincuentes. Porque señor Gallardón, usted empieza a oler demasiado a incienso, quizá para disimular el olor a derecha podrida  que rezuma su presencia.

         Me gustaría despedirme con un apretón de manos, pero tengo miedo de que la suya sea la reliquia de algún santurrón de los que usted tanto admira.



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