LOS OJOS SIN ROSTRO: ejemplo de terror elegante

Si algo demuestra Los ojos sin rostro (Georges Franju, 1960), además de que fue una de las máximas inspiraciones de Pedro Almodóvar cuando creó esa ejercicio de impecable realización llamado La piel que habito (2011), es que el terror puede ser el más elegante de los géneros. Sin necesidad de recurrir a los consabidos tópicos del género -ridículos asesinos, irritantes efectos sonoros, casquería barata, sustos fáciles-, este título cumbre del cine europeo encuadrado, tan vanguardista y regenerador como la ola fílmica en la que se encuadra -la Nouvelle Vague- , expone un relato absolutamente terrorífico.  Adaptación de la obra Tarántula, de Jean Redon, la obra desgrana el relato de Genessier (Pierre Brasseur) un reconocido y, a la vez, perturbado cirujano que se dedica a secuestrar a chicas con el fin de usar su piel para restaurar el rostro de su hija, desfigurada en un accidente de coche del que él se siente culpable. Para llevar a cabo la misión contará con la ayuda de una servicial ama de llaves, que profesa un insano y extraño sentimiento de gratitud hacia el profesor

 

. Sin necesidad de recurrir a los consabidos tópicos del género -ridículos asesinos, irritantes efectos sonoros, casquería barata, sustos fáciles-, este título cumbre del cine europeo encuadrado, tan vanguardista y regenerador como la ola fílmica en la que se encuadra -la Nouvelle Vague- , expone un relato absolutamente terrorífico.  Adaptación de la obra Tarántula, de Jean Redon, la obra desgrana el relato de Genessier (Pierre Brasseur) un reconocido y, a la vez, perturbado cirujano que se dedica a secuestrar a chicas con el fin de usar su piel para restaurar el rostro de su hija, desfigurada en un accidente de coche del que él se siente culpable. Para llevar a cabo la misión contará con la ayuda de una servicial ama de llaves, que profesa un insano y extraño sentimiento de gratitud hacia el profesor
A partir de esta insólita trama se desarrolla un ejercicio de intachable atmósfera, de opresiva crueldad, de la sinrazón en estado sumo. Los ojos sin rostro es una inmersión absoluta a la maldad humana, a los laberintos de la locura y una apología a la búsqueda de la identidad exterior, en un mundo en el que la apariencia física adquiere cada vez mayor importancia y en el que además, no nos engañemos, resulta vital para mantener la autoestima o la socialización. En esta línea podemos apuntar que la obra de Franju no sólo no queda obsoleta con el paso de las décadas, sino que potencia su significado: y es que, por encima de su retrato de la mala praxis médica, de la lapidación de la condición progresista de la ciencia o de una relación paternofilial podrida, lo que eleva a la película es su clarificadora visión de hasta qué punto la imagen que damos al mundo -lo que, en un término más común, se llamaría primera impresión-. condiciona todos nuestros actos. Desconozco si el director tenía estas ideas en mente cuando filmó la película, pero están ahí. Sólo hay que saber buscarlas. 

Pero Los ojos sin rostro, que bebe de clásicos como Un perro andaluz (Luis Buñuel, 1929) o La venganza de Frankenstein (Terence Fisher, 1958), no sólo influyó al reputado director manchego, sino también a realizadores de renombre como Jesús Franco, John Woo o John Carpenter, en parte por su terror grotesco, hiperrealismo aséptico o su disfrutable depravación; depravación que adquiere su máxima extensión en la escena de la operación, el que es por otro lado el único instante de terror como tal de la película. La precisión y la sutileza con la que está narrada dicha secuencia sigue sin conocer rival, sobre todo si nos fijamos a detalles como el estar rodada sin música, únicamente con los sonidos del material de operaciones de Genessier, uno de los seres más amorales, sádicos, monstruosos y más inmunes al dolor ajeno que el cine ha retratado jamás.

Los ojos sin rostro es, en definitiva, una película de gran alcance gracias a que el realizador no deja de tomarse en serio lo que nos está contando y a su firme voluntad de trasladárselo al espectador. Está sembrada de momentos remarcables, ya no sólo el instante del bisturí al que hacíamos referencia, sino también fotogramas como el de la primera aparición de la hija del doctor con la fantasmagórica e iconográfica máscara que cubre su rostro y que es capaz, todavía a día de hoy, de quitar el aliento. Es por ello que me niego a catalogarla como película de serie B como apuntan algunos, sino como un título de culto capaz de jugar en la liga de las grandes, muchas de las cuales no hubiesen visto la luz si no fuera por esta experiencia tensa, incómoda y aterradora, pero también tan sugestiva, onírica y vivificadora como se desprende de ese inolvidable minuto final, sobresaliente apelación a derribar los muros de la locura, fascinante canto a la libertad. 

 

UNETE



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