La literatura, como todas las artes, refleja en imágenes escritas aspectos de la realidad o la fantasía, que anidan en el corazón del artista. En efecto, la mano de los creadores obedece con fidelidad extrema a las órdenes de un alma sensible que, modificada por los hechos que la afectan, impulsada por los pensamientos que la atormentan, incentivada por amores hiperbólicos o abrumada por dolores paroxísticos, debe canalizar de manera imperiosa su carga, para no estallar. Y lo hace. Lo hace casi siempre en forma de expulsión violenta y espasmódica de ideas confusas, sin orden ni método, sólo para drenar sus impulsos indomables. Así se completa la primera fase del proceso artístico y el pintor, escultor, escritor, compositor o sea el creador que fuere, baja la intensidad de su ritmo cardíaco y recupera parte del sosiego.



