LA FUERZA DEL CARIÑO: la relación entre madre e hijos

Lo confieso: tenía mis reticencias con La fuerza del cariño (Richard L. Brooks, 1983). La tenía a pesar de sus 5 Oscar -de un total de 11 nominaciones-, Mejor Película y Director incluidos, y del hecho de estar (casi) unánimemente considerada, más de tres décadas después de su estreno, un título de culto de la década de los ochenta. Así que, despojándome de cualquier temor, me animé a verla. ¿Veredicto? Ni es el ejercicio sensiblero ni almibarado que temía, pero tampoco me parece la maravilla que muchos alaban. Por un lado admiro su sencillez, cómo a partir de un guión que no hace sino reflejar situaciones cotidianas en las que todos podemos reconocernos e identificarnos, consigue conectar con el público. La película juega muy bien sus bazas a la hora de emocionar al personal, al mismo tiempo que es capaz de provocar la carcajada gracias en muy buena medida al excéntrico y mujeriego personaje de Jack Nicholson. Pero, en el otro extremo, no puedo evitar asociar lo que me están contando con algo desfasado, como si las relaciones familiares que nos intentan vender, y todo el tufo que de ellas se desprende, lejos de dar síntomas de inflexibilidad, perdieran frescura con el paso del tiempo. 

 

. Brooks, 1983). La tenía a pesar de sus 5 Oscar -de un total de 11 nominaciones-, Mejor Película y Director incluidos, y del hecho de estar (casi) unánimemente considerada, más de tres décadas después de su estreno, un título de culto de la década de los ochenta. Así que, despojándome de cualquier temor, me animé a verla. ¿Veredicto? Ni es el ejercicio sensiblero ni almibarado que temía, pero tampoco me parece la maravilla que muchos alaban. Por un lado admiro su sencillez, cómo a partir de un guión que no hace sino reflejar situaciones cotidianas en las que todos podemos reconocernos e identificarnos, consigue conectar con el público. La película juega muy bien sus bazas a la hora de emocionar al personal, al mismo tiempo que es capaz de provocar la carcajada gracias en muy buena medida al excéntrico y mujeriego personaje de Jack Nicholson. Pero, en el otro extremo, no puedo evitar asociar lo que me están contando con algo desfasado, como si las relaciones familiares que nos intentan vender, y todo el tufo que de ellas se desprende, lejos de dar síntomas de inflexibilidad, perdieran frescura con el paso del tiempo. 
La película, básicamente, es un canto al amor. En todas sus formas: entre marido y amante, abuela y nietos, entre marido y mujer... aunque el director se centra en las relación madre e hija o, lo que es lo mismo, entre Aurora (Shirley MacLaine, en el mejor papel de su carrera) y Emma (Debra Winger). La primera, una viuda que terminará enamorándose del astronauta retirado de su vecino, tiene una visión de la vida -del sexo, del futuro, del amor- muy diferente a la de su hija Emma, la cual decide casarse y poder así independizarse. A pesar de la irascibilidad entre ambas, de la incompatibilidad de caracteres, lo que hace grande la película es lo bien que refleja cómo en circunstancias difíciles -en este caso, la enfermedad de la joven- todo eso queda relegado a un segundo plano. ¿Como olvidar a esa MacLaine, absolutamente desquiciada, pidiendo a gritos en el hospital de que le pongan una inyección a su hija para apaciguar su dolor?

La fuerza del cariño es una especie de sonrisas y lágrimas para todos los públicos, a pesar de sumergirse en temas tan profundos como la infidelidad, la enfermedad, el sexo, la despedida o la muerte. Quizá por ello, por su habilidad de acercar al gran público temas tan universales y cercanos de una forma tan eficaz, ocupe un lugar tan destacado en el cine moderno. Otro punto a favor de la película es su gran labor de montaje, intercalando las escenas protagonizadas por el tándem MacLaine & Nicholson y las de los líos conyugales del persona de Winger, como si en el fondo la película no aspirase a ser más de un reflejo de la forma de actuar de dos generaciones diferentes: la experiencia de Aurora, mujer curtida en mil batallas, contra las ganas de devorar el mundo de la juventud de Emma, más inexperta pero igual de inteligente; un personaje, éste último, que se verá abocado a la madurez absoluta, después de la infidelidad de su marido y a su propia enfermedad. Su frase de "Tengo que pensar qué voy a hacer con mis hijos", no sólo revela hasta qué punto es consciente de que tiene los días contados en este mundo, sino permite acentuar el gran pilar del film: el amor entre madre e hijos. 

En resumen, considero a La fuerza del cariño un canto a la incondicionalidad del amor que, a pesar de la mirada de hondo sentimentalismo con la que el director firma la jugada y a su desarmante sencillez, no puede evitar caer en el sentimentalismo en su (estirada) última media hora -con la consabida escena de despedida entre madre e hijos, por otro lado muy bien rodada-. A pesar de su reconocible y bucólico tema principal de su banda sonora, estamos ante una película sobrevalorada, que de no ser por su vigor interpretativo y la gran labor de un director que no pierde nunca su fino olfato para radiografiar de forma tan pulcra algo tan doméstico pero complejo a la vez como son las relaciones humanas, estaría más próxima al típico telefilm de sobremesa que a la película de culto que, aún hoy, muchos nos quieren vender. 

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales