La caza

LA CAZA

 

. Con ello le estaríamos dando la razón a don Pío Baroja cuando dijo que el nacionalismo se cura viajando y el carlismo leyendo. Para que la frase de don Pío tenga sentido, debemos tomar el carlismo, aquí y ahora, como el paradigma de los absolutismos, o del más negro de los fascismos, que es aquel que no reconoce más derecho que el propio y el de quienes le son afines. El desconocimiento, de cine y de libros, y la pereza mental, que viene a ser lo mismo, van a formar una tela de araña, propia de las casas sin limpiar, que se va a convertir en una verdadera pesadilla para Lucas, el protagonista de la historia.

En La caza no se juega con el espectador: este tiene claro en todo momento cuanto está sucediendo. No hay intriga. Hay, eso sí, el poner al desnudo a una sociedad a la que la pereza mental va a llevar a cometer una terrible injusticia. Esa podría ser una primera lectura y valoración del vecindario. Pero hay más: tomada la resolución por parte de los vecinos, no importa siquiera el veredicto de la justicia, capaz, cuanto menos, de dudar de la veracidad no de las acusaciones sino de los rumores, de lo insinuado. Quizás hacer otra cosa les llevaría a los vecinos a adentrarse en su mundo, en ellos mismos, donde tal vez no les agradaría nada de cuanto iban a encontrar. Siempre es más cómodo y rentable buscarse un enemigo con el cual justificar la ignorancia y la vileza propia.

Narrada con un pulso firme la película deja claro, ya desde el principio, la soledad de la niña, siempre en la puerta de su casa, que tiene miedo a pisar rayas, y su encariñamiento por el mejor amigo de su padre, siempre dispuesto a ayudarla; pero no a asumir el papel de padre. Y ahí comenzarán sus verdaderos problemas. Una insinuación de la niña, excelentes las interpretaciones tanto de Mads Mikkelsen en el papel de Lucas, como de la niña Annika Wedderkropp en el de Klara, dará pie a toda una pesadilla. Dimana, como he dicho antes, de la falta de conocimiento cinematográfico, o de la pereza mental. No entra en la cabeza de cualquier persona sensata que la directora de un colegio se niegue a oír a un maestro alegando que los niños nunca mienten. Evidentemente esta buena señora no vio en su día, pese a su edad, la excelente película de William Wyler conocida en estos pagos con el título de La calumnia. Una maestra de escuela con pocas inquietudes y menos cabeza. Y una sociedad hipócrita, excelente la escena en la iglesia celebrando la Noche buena, donde lo que se dice va por un sitio, y lo que se siente por otro bien distinto. Y, desde luego, es para echarse a temblar cuando se piensa en lo que sienten.

Dice el refrán que en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas. Viene a cuento esto por si alguien pensaba, tras haber visto, entre otras, la magnífica película de Fritz Lang, Furia, que sólo las sociedades jóvenes, como la americana en su día, son dadas a tomarse la justicia por su mano. Mequetrefes y mezquinos hay en todo el mundo; y buen cine, gracias a Dios, no sólo en Estados Unidos. No, la historia no ha terminado: ni la religión ni la justicia ha calado en la sociedad más allá de las fórmulas, los cánticos y los formulismos. Lucas se ha convertido en una víctima. Y lo seguirá siendo. La pieza no ha sido abatida. Una buena e inquietante película muy apropiada para estos días los que se criminaliza todo aquello que va en contra del poder. No se la pierdan.

UNETE



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