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Miserias de Colliguay. Sobre secta en Chile


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03/05/2013


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La tragedia de Colliguay, cuya secta hizo tristemente célebre ese hermoso paraje, revela tristemente que cuando no se tiene a Dios en el horizonte de la vida, se termina por creer y seguir cualquier locura. Nos reímos el año pasado de las predicciones en torno al fin del mundo. Yo mismo hice bromas sobre eso. Es que no daba para mucho más. Pero hay algunos que parece que se lo tomaron en serio. Y demasiado. Y eso no solo es triste sino preocupante.


Cuando desaparece el Dios vivo y verdadero, el Dios de amor revelado en Cristo de la vida del hombre, la existencia puede transformarse fácilmente en un cúmulo siniestro de ansiedades sin norte; desvaríos tras experiencias exóticas, aislamiento, obnubilación, demencia.

Es cierto que lo de Colliguay y su secta es un caso extremo. Pero hay ya demasiados grupos extraños que pululan por ahí, gurúes que engañan a la gente, que lucran a costa de venderles ilusiones, le sacan dinero, aprovechan su fragilidad, su falta de consistencia existencial. Y lo peor, nadie dice ni hace nada ¿Vergüenza? ¿Temor? De todo un poco. No se trata de perseguir o prohibir estos grupos o a estas personas. El remedio sería peor que la enfermedad. Justamente ellos buscan ser perseguidos, estigmatizados, para justificar así su demencia apocalíptica. Pero sí hay que prestar mayor atención a lo que hace el vecino, interesarse por sus hábitos y convicciones. Es tarea de la sociedad en su conjunto desenmascarar la farsa, tal como lo hemos hecho con otro tipo de denuncias en el ámbito económico, religioso y social. Una labor especial tiene la prensa que puede denunciar con anticipación las malas prácticas de grupos marginales.

Por otra parte, lo de Colliguay ha dejado en evidencia que se ha abandonado a un sector de la juventud – en la secta todos eran jóvenes – y no se ha sabido responder a sus anhelos. Será tarea de las comunidades juveniles de parroquias, escuelas y movimientos hacerles un espacio, invitarlos a sus grupos, escuchar sus preocupaciones. La verdadera fe lleva al equilibrio, a la paz, la mesura y racionalidad. El Amor lleva a pensar en el otro, buscar su bien. Dios es amor, no odio. Nada más ajeno a lo que Él es que aquello que se vivía en Colliguay.

Y me pregunto por los familiares y amigos de los jóvenes de esa secta ¿Dónde estaban? Estoy consciente que algunos jóvenes no son de trato fácil, pero ahí están los amigos para dialogar, interesarse por ellos. Más grave que el odio o revancha entre personas es la indiferencia: el que nos importemos cada vez menos. Y una oración por el alma de este pobre joven de vida tan miserable. Y por su hijo, que nació para sufrir su triste locura.

Hugo Tagle

Twitter: @hugotagle



Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Religión

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