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La peor de las crisis que afecta a Chile


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21/05/2011


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Un semanario de gran divulgación social, si no el medio impreso más vendido en Chile – el irónico The Clinic - , esta semana ponía en boca del Ministro de Educación, el confesionalista y conservador Joaquín Lavín, una frase impostada y humorística en que calificaba las protestas estudiantiles: “Son solo jóvenes con mala educación”.  Cargada de lecturas la frase, además de su alcance humorístico,  tiene la connotación de un diagnóstico compartido por gran parte del país: la educación chilena está en un muy bajo nivel calidad, pero lo que es peor, el país carece de una perspectiva concreta que aventure una solución a sus problemas.


No hay un proyecto nacional de educación que convoque a todos los sectores y que, por lo mismo, tenga claridad en sus metas y en su aplicación, como no sea entre quienes  lucran con el sistema. Concretamente, la educación carece de consenso y es un problema nacional sin solución debido a la naturaleza de su crisis.

Un distinguido académico, en los mediáticos días en que el país estaba unido en el propósito de sacar a los 33 mineros atrapados en la colapsada mina de cobre de Copiapó, evento que acaparó la atención mundial, hacía un no menos irónico parangón. ¿Por qué no hay un gobierno capaz de unir al país de esta manera, de invertir toda la plata que se necesita, sin importar los montos, sin que nadie objete los costos y todos estén dispuestos a hacerlo, con el fin de rescatar a la educación pública, que se encuentra atrapada en el fondo de un boquerón dogmático y libremercadista, sin posibilidad alguna de salvarse?

Es que objetivamente, desde el regreso de la democracia, no ha existido el coraje para abordar la voluntad de un proyecto nacional, que ponga fin a la anarquía, al mercantilismo desenfrenado, a la mala calidad y a la segregación que consagra el sistema actual, producto de la imposición autoritaria neoliberal realizada bajo la dictadura de Pinochet.

En un principio, la recuperada democracia pudo tener razones transicionales para ello. No fue una transición corta. Tal vez fue la más larga en la historia de América Latina. Pero lo que ocurrió en los años siguientes fue la falta de voluntad política para abordar de manera efectiva las soluciones del fondo, para no irritar a los sectores que lucran con la educación tal como está: los sectores conservadores y empresariales y las instituciones de la Iglesia Católica.

Son los que proclaman tener grandes estándares en educación, pero cuando se realiza cualquier medición técnica internacional, quedan en los primeros lugares... de la mala calidad. Un gran discurso, construcciones imponentes, una adecuada publicidad, y los consumidores se agolpan para entrar a determinado colegio o universidad. El resultado de la inversión en sus hijos que hace el consumidor poco importa.

Si sostener el negocio requiere del aporte del Estado, ese deleznable monstruo perverso que merodea en el espectro de los miedos del neoliberalismo, no importa: se acaba la competitividad y todos corren a sacarle leche a esa vaca que tiene que hacerse cargo de los costos fundamentales del negocio, y las instituciones solemnes de la mala educación crecen bajo el subsidio y los beneficios de leyes construidas para que el negocio prospere, bajo el puño férreo de los sectores que tan ampliamente se han beneficiado de la destrucción sistemática de la educación pública.

Hace cuatro años, los estudiantes de enseñanza media, como no había ocurrido desde los tiempos de protestas contra la dictadura, desbordaron las calles exigiendo educación pública, laica y gratuita. Fue la llamada “revolución de los pingüinos”. “Pingüinos” es el apelativo de los estudiantes secundarios por el color de sus uniformes: camisa o blusa blanca y el resto de la indumentaria es de color azul marino.

Su meta fue poner fin a la Ley Orgánica Constitucional de Educación (LOCE), un engendro de la dictadura que pretendía el inmovilismo del sistema. Sus demandas fueron acogidas en el sentido formal – desapareció la LOCE -, pero lo demás se diluyó en los vericuetos de comisiones y pasillos parlamentarios, de una clase política que se asusta ante cualquier contradicción de fondo.

Sin embargo, los estudiantes, principales víctimas de la indolencia de la clase política y de la conspiración del dejar todo igual, definitivamente han dicho que no están dispuestos a dejar que las cosas sigan otros 40 años tal como está ahora. Fueron 50 mil estudiantes, en las principales ciudades chilenas, que marcharon en los días recientes para exigir más recursos para la educación superior fiscal. Es la manifestación más importante de estudiantes exigiendo en torno a sus demandas, luego de la llamada “revolución de los pingüinos”. Es una potente señal de quienes serán ciudadanos dentro de esta misma década.

Un movimiento ciudadano – Educación 2020 – puso un desafío hace dos años, que no se cumplirá seguramente, en cuanto a lograr tener para ese año resuelto el problema de la calidad. Sin embargo, no es lejano ese plazo para que entonces esté construida y actuando una mayoría social y política, que imponga un proyecto verdaderamente nacional de educación, como ocurre en los países que efectivamente se encuentran en la categoría de desarrollados, obsesión esta de la clase política chilena desde hace rato.

Para ello es fundamental lo que se haga en la educación pública. Sin la recuperación significativa de la gestión del Estado en ese plano, y en los tres niveles del sistema – básico, medio y terciario -, no es posible sacar a la educación chilena de la actual tendencia y de los pésimos logros. No es posible creer en superar las barreras fundamentales del subdesarrollo y de la desigualdad. Porque el actual sistema se sostiene básicamente en ambas realidades. No es una educación que potencie la revolución del saber y que nos enrumbe por los grandes desafíos del conocimiento, solo es certificadora de determinados contenidos curriculares. Tampoco es una educación que promueva una idea coherente de país, y, por el contrario se basa en la caracterización y estructuración de la desigualdad y la estratificación social. Tal vez ese sea su más significativo logro: construir la desigualdad.

Todas las medidas implementadas en los últimos años para producir alguna satisfacción frente a la crítica social y política contra el modelo vigente, no han atacado el fondo del problema, el determinismo del lucro y el predominio privado y anárquico de quienes han hecho un jugoso negocio. El actual Ministro de Educación, un ilusionista desde sus tiempos de alcalde de una de las comunas más ricas del país, sacó de su sombrero los Liceos Bicentenarios, con la idea de instalar 30 establecimientos de excelencia en distintas comunas del país. Una nueva fanfarria de un político que se construyó como tal en la alabanza a la “revolución silenciosa” de Pinochet, que se expresa en el fundamento neoliberal que hizo de la educación chilena un anarquía con resultados mediocres pero muy lucrativos.

Los estudiantes han salido a las calles contra ese sistema nuevamente. Es un paso significativo que debe llevar a ciudadanizar el problema (perdonen el neologismo, pero es más que necesario). Ojalá su impulso no se pierda, como hace cuatro años, entre los pasillos parlamentarios de una clase política que, por esencia, prefiere las cosas como están, antes que abordar los cambios de fondo que requiere la peor de las crisis que afecta a Chile y la más determinante para su proyecto de país y de desarrollo: la crisis de su educación.



Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Educación

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Carlos Cárdenas Olivares, Medicina Excelente columna de Sebastián, quien pone el dedo en la llaga: falta completa de voluntad política para construir juntos una educación pública de calidad y la conspiración de los poderosos del dejar todo igual. La educación superior en Chile es una vergüenza: no hay regulación, muchos conflictos de interés en la acreditación, nula investigación en universidades privadas, cobros a los estudiantes con créditos que corroen toda decencia, carreras que no tienen ninguna posibilidad futura, dudosa capacidad técnica y profesional de sus egresados (Derecho y Medicina, son ejemplos de esto), etc. El problema de la educación debe ser prioridad uno en los tiempos que corren. De allí que esté de acuerdo en que es la peor crisis que afecta a Chile. Mantener la ignorancia, como pretenden los conservadores de todos las eras, no será posible en la nueva sociedad de la información y globalización. O se dialoga para solucionar este problema, o vendrán tiempos difíciles. El nivel de esta desigualdad chilena en la educación sólo permitirá mantener la estratificación social, caldo de cultivo de generación de conflictos que un pueblo como Chile no se merece. Por lo demás, son muchos los que saben lo que hay que hacer. Hagámoslo, por el bien de todos, por hacer efectiva una Patria más justa y buena.




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