. Aunque en el fondo, ilusos de la coherencia
o soñadores de realidades factibles pero no fácticas, todavía quedan los que
buscan ver planes económicos, estrategias para el desarrollo, iniciativas
efectivas para la construcción de una mejor sociedad o para al menos levantar a
la alicaída calidad de vida. Pero resulta difícil imaginarlo en un país con un
presupuesto que es propiedad de los gastos rígidos, de la prebenda y la
corrupción, sin dejar más que la esperanza para las palabras románticas que se
dedican a la educación, la salud, la reducción de la pobreza o la inversión en
infraestructura.
Mientras Paraguay marcha hacia
atrás en el ranking del desarrollo humano (del puesto 109 pasó al 111) y se
posiciona como el más rezagado en la región, al tiempo que la competitividad
sigue en los niveles más bajos (puesto 116 de 144 naciones, según el Índice
Global de Competitividad 2012-2013) y, por si fuera poco, apenas tiene el 6% de
la red vial pavimentada, la ironía del presupuesto nos dice que no queda para
invertir en lo que más se necesita. Es decir, lo que el Estado tiene para
invertir se destina en su casi totalidad a los gastos rígidos, según los datos
del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (Cadep) y el Centro
Superior de Estudios de Administración y Finanzas Públicas (Cemap). Esta
situación de ingresos comprometidos deja poco margen de maniobra para cualquier
inversión de las que más urgen: educación, infraestructura, salud, y ciencia y
tecnología.
La coyuntura favorable para la
economía prevista para este año, en el cual se estima un crecimiento superior
al 10%, podría llevarnos a pensar en un incremento de las recaudaciones que
ayuden a oxigenar las finanzas y a conceder un poco de margen para el uso de
los recursos. Pero sin planificación, sin una estrategia definida y, sobre
todo, sin un destino como nación, el resultado también parece digno del
prodigio de un mago viejo que ya no sorprende: aparecen más recursos, se suman
los gastos rígidos, los improductivos y el porcentaje siempre inflado de la
corrupción que le quita el aire a un país que busca oxígeno.
En este contexto, en donde
tenemos recursos comprometidos con salarios, jubilaciones, deudas y otros, y en
donde sabemos a ciencia cierta que como resultado de un proceso electoral
brotan de la nada compromisos partidarios, deudas políticas y favores que
pagar, resulta difícil pensar que aquellas promesas, tan alegremente enunciadas
en plena campaña, ahora encuentren un sustento real y una fuente de financiamiento
para volverse realidades.
Sin una clara propuesta de inversión
en cuestiones estratégicas, que venga acompañada de un desanclaje del
presupuesto, es decir que ya no sean recursos presos de la rigidez,
difícilmente podamos esperar que Paraguay mejore sus niveles de calidad de
vida, que reduzca la pobreza o que eleve la competitividad de la economía. El
país necesita duplicar o incluso triplicar su inversión en materia educativa,
así como multiplicar con velocidad los kilómetros de pavimentación de la red
vial. Y nos urge dejar la nula inversión en ciencia y tecnología, para formar a
generaciones que nos ayuden a innovar y dejar el atraso. Pero para todo esto se
requiere de una planificación minuciosa que nos lleve a reorientar los recursos
hacia los sectores que realmente impulsen la economía y mejoren las condiciones
de vida de la gente.
Si se aprovecha el auge económico
previsto para los siguientes años para reorientar los gastos rígidos e
improductivos hacia las inversiones estratégicas, seguramente en poco tiempo
comenzaremos a ver resultados. La pregunta es si realmente existe la intención
de liberar el presupuesto para destinarlo a lo que productivo o si,
simplemente, seguirá el viejo juego de recaudar para que nunca alcance para lo
importante.