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Aprendí a
leer a muy temprana edad. Mi padrino Manuel Gil me inoculó el anhelo de leer
cuando me hizo llegar unos enormes libros ilustrados con cuentos como La Cenicienta, Blanca Nieves, Hansel y
Gretel, El Gato con Botas, Caperucita Roja, La Dama del Bosque, Las habichuelas
mágicas, es decir, los Hermanos Grimm y Hans Christian Andersen. Mi madrina
Carmen Sarabia, costurera como mi madre, me los leía en sus ratos libres, que
no eran muchos para mi gusto, y a menudo dejaba la lectura para cuando me portara bien, circunstancia
que era subjetiva y no calmaba mis ansias. Así que aprendí a leer, no recuerdo
cómo y me libré de esas consideraciones de los adultos.
Cuando
ingresé a la escuela primaria, un poco más lejos, cuando estaba en Tercer
Grado, tenía a mi alcance la biblioteca del Colegio de La Divina Pastora, allá
en Ciudad Bolívar. Uno pagaba un real, 0,50 de bolívar, por tener un libro
durante una semana. Entonces leía muchas vidas de santos, historias sagradas y
episodios de la historia universal. Leía mis libros de texto, en especial los
de Secco-Ellauri y Baridon, historia y más historia: esos eran mis favoritos,
junto a las biografías y autobiografías y algo de poesía mística, aunque mi madre
también me enseñó varios poemas de Andrés Eloy Blanco y La oración por todos, de Andrés Bello.
Ve a rezar, hija mía. Ya es
la hora
de la conciencia y
del pensar profundo:
cesó el trabajo
afanador y al mundo
la sombra va a
colgar su pabellón.
Lee todo en: La oración por
todos - Poemas de Andres Bello http://www.poemas-del-alma.com/andres-bello-la-oracion-por-todos.htm#ixzz2R1v4nR7R
Cuando pasé a
Quinto Grado mi padrino me regaló una enciclopedia, El Tesoro de la Juventud, que leí con pasión, empapándome de
conocimientos. Hasta que cumplí los doce años fui una niña enfermiza con una
madre sobreprotectora, así que en vez de jugar al aire libre y en el glorioso
patio (que aprendí luego a disfrutar) me estaba mucho rato en mi habitación,
siempre leyendo. Antes de dormirme, inventaba historias que teatralizaba para
mí. Era lo que mi madre llamaba la hora
de Milagros, por darle nombre a esas aventuras. Ella creía firmemente en la
bondad de los libros y por esa razón, cuando ya estaba en la Secundaria y
disponía de una enorme biblioteca en el liceo, que decían había sido de un
poeta regional, pude leer sin censura, ni orden, ni concierto, todo tipo de
libros: poesía, cuentos, novelas: desde Homero hasta Balzac (un conjunto de
dieciséis tomos) desde Shakespeare al y Marqués de Sade, de Lope de Vega a
Bertolt Brecht, de Juan de la Cruz a Petronio, de Cervantes a Melville. Todo un
mundo que absorbí ansiosamente. A los quince años ya tenía toda aquella
edificación libresca, todos aquellos paisajes, todas las veredas y todos los
abismos que me prepararon para la lectura de Breton, Rimbaud, Baudelaire y
Verlaine: el ingreso a los mundos oscuros y a las exploraciones del
subconsciente.
II.
En la
Biblioteca Rómulo Gallegos, de Ciudad Bolívar, el poeta José Quiaragua daba
clases nocturnas de sexto grado. Paralelamente, fue formando un grupo informal de
lectores que a veces podían (podíamos) explorar nuestra escritura. Como muchos
a mi edad, probé a escribir versos. Al principio, apegados a las rimas y las
métricas y después, ya bajo la influencia plena del versolibrismo, auspiciando y explorando las metáforas.
Cuando me
tocó escoger una carrera para continuar mis estudios, tuve ante mí dos opciones
que me llamaban la atención: la historia y la literatura. Decidí lanzando una
moneda al aire: literatura fue. Pero en mis análisis literarios siempre di un
peso importante a los contextos históricos. Durante mis años de estudio en el
Pedagógico de Caracas sistematicé las lecturas hechas: releí y releí dentro de
una cronología y con unas herramientas que no había tenido. Seguí escribiendo
versos, cada vez más espaciados. Otra pasión me arrebataba: el periodismo.
III.
Creo que fui
una niña afortunada: mi padrino Manuel fue el gran proveedor de lecturas y
discos de música clásica (esos discos de pasta de las colecciones que ofrecía la
revista Selecciones) las lecturas de
mi madrina Carmen y los versos que mi madre, Cira Gil, me hacía aprender de
memoria. Además del acceso ilimitado a bibliotecas de privilegio y al hecho fortuito
de que en mi ciudad no hubo señal de televisión hasta 1972.
Por si fuera
poco, mi padre tenía un puesto de revistas y también tuve acceso ilimitado a los comics, historietas, revistas, novelas gráficas,
vaqueras, románticas y fascículos de enciclopedias. La primera inversión en
lecturas que realicé fueron cinco bolívares que pagué a mi papá por un tomo
ilustrado con la historia de Superman.
En algún
cumpleaños, me compraron El Principito,
de Saint Exupery, que sigo leyendo con placer. Ese relato junto con El Lobo Estepario me ha proporcionado
múltiples visiones de la vida. Las relecturas me producen ese efecto: hace unos
años, estando de reposo debido a varias dolencias del cuerpo y del espíritu, me
refugié en una habitación cerca de una caída de agua. El sonido del agua
cayendo es muy reconfortante. Tuve a mi disposición la biblioteca que había
preparado para mis hijos: releí, pues, a Julio Verne, Thomas Mann, Goethe, Stevenson,
Mark Twain, Antonia Palacios, Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos, Joseph
Conrad, Herman Melville: fueron 150 libros y entre ellos el que más me
impresionó fue Robinson Crusoe. Yo
estaba, como aquel náufrago, en una ínsula solitaria (mas no Barataria) Y
aunque los libros a mi alcance eran más de lo que él tuvo, eso no me impedía
entrar y refrescarme en la Biblia. Siempre la Biblia.
IV.
Trabajaba yo
en Antorcha, diario de El Tigre, en
Anzoátegui, cuando Lambert Marcano, subdirector del periódico, me preguntó si
había yo leído a la Generación Perdida.
Él puso en mis manos Mientras agonizo,
de William Faulkner. Por alguna razón, quizá debida al prejuicio contra lo norteamericano que algunos tuvimos en
esos tiempos, yo había eludido con meticulosidad meterme con su literatura. Me
sumergí con el placer de los aventureros y descubridores en toda esa veta que
había ignorado. Qué de maravillas: los poetas, Whitman, Frost, los narradores.
Todo aquel tesoro me encantó y aún me sigue encantando, ahora, cuando leo en inglés
lo que antes leí en las traducciones.
El periodismo
me enseñó a escribir, siempre lo digo. Pero sin esa acumulación de lecturas, mi
escritura no sería lo que es hoy, si es que he alcanzado algo con ella.
Últimamente
he estado preparando una galería de retratos de escritores del mundo y sus alrededores. La idea es tener a mano esas imágenes,
tanto para elaborar un slideshow como
para nutrir mis blogs. Tengo más de seiscientas imágenes de escrituras y
referencias literarias y puedo decir que he leído todos los autores que allí se
recogen. Pienso elaborar fichas biobibliográficas de esos que tengo en la
imaginería y tal perspectiva me regocija …porque
es un ejercicio de mi libertad. Aprendí a ser libre leyendo. Y seguiré
siéndolo ahora, cuando ante mí ya se abren los colores del ocaso.
En días
pasados envié a mi nieta de ocho años, un ejemplar en .pdf de El Principito y varias ilustraciones.
Las tecnologías han cambiado, pero la magia es la misma. Si quieren, copien el
enlace:
http://www.agirregabiria.net/g/sylvainaitor/principito.pdf
20 de abril
de 2013
@milagrosmatagil