EL GRAN CARNAVAL: feroz condena al periodismo basura

De El Gran Carnaval (Billy Wilder, 1951), se desprenden dos aspectos fundamentales: en primer lugar, que el director de títulos tan jocosos y del calibre de Con faldas y a loco (1959) o La tentación vive arriba (1955) era algo más que el rey de la comedia. Estaba claro que, si se lo proponía, Wilder podía ser tan despiadado en el cine negro, en su capacidad de radiografiar de forma inmisericorde estamentos de poder tales como periodismo o política, como francamente hilarante en el terreno cómico. En segundo lugar, esta feroz condena a la incesante manipulación a la que los mass media someten a sus ciudadanos, reflejó la naturaleza atemporal de su obra, que más de medio siglo después de su estreno sigue impactando por su brutal paralelismo con la realidad. En efecto, muchos espectadores contemporáneos no lo tendrán muy difícil a la hora de identificar cómo la materia prima de la película, ese periodismo sensacionalista y amarillo a la que se lanza continuos dardos envenenados, se asoma diariamente a través de nuestros televisores o protagoniza portadas de periódicos de (des)información; un tema que siempre interesó al director, como se demostró en su posterior e igual de recomendable Primera plana (1974).

 

.wordpress.com/wp-admin/serueda.wordpress.com/2012/04/12/con-faldas-y-a-lo-loco-transgresion-a-tutiplen/" data-mce-href="serueda.wordpress.com/2012/04/12/con-faldas-y-a-lo-loco-transgresion-a-tutiplen/" style="color: rgb(27, 139, 224); text-decoration: none;">Con faldas y a loco (1959) o La tentación vive arriba (1955) era algo más que el rey de la comedia. Estaba claro que, si se lo proponía, Wilder podía ser tan despiadado en el cine negro, en su capacidad de radiografiar de forma inmisericorde estamentos de poder tales como periodismo o política, como francamente hilarante en el terreno cómico. En segundo lugar, esta feroz condena a la incesante manipulación a la que los mass media someten a sus ciudadanos, reflejó la naturaleza atemporal de su obra, que más de medio siglo después de su estreno sigue impactando por su brutal paralelismo con la realidad. En efecto, muchos espectadores contemporáneos no lo tendrán muy difícil a la hora de identificar cómo la materia prima de la película, ese periodismo sensacionalista y amarillo a la que se lanza continuos dardos envenenados, se asoma diariamente a través de nuestros televisores o protagoniza portadas de periódicos de (des)información; un tema que siempre interesó al director, como se demostró en su posterior e igual de recomendable Primera plana (1974).

Para ilustrar la máxima de "El fin no justifica los medios", originaria del teólogo Hermann Busenbaum y posteriormente atribuida al filósofo Maquiavelo, Wilder se sirve del periplo del personaje de Charles Tatum (Kirk Douglas), un cínico y ambicioso periodista en busca de nuevos horizontes laborales. Tras ofrecerle un trabajo en un modesto diario en Albuquerque (Nuevo México), Tatum comienza a perseguir la que, a toda luces, se antoja como la gran oportunidad de su vida profesional: la historia de un minero indio atrapado en un túnel; un drama que mantiene en vilo a todo un país y, muy probablemente, su gran ocasión para recuperar la credibilidad perdida y alcanzar la popularidad soñada. Para ello llevará a la práctica alguna de sus discutibles filosofías como que "Las malas noticias se venden mejor" o que "Una buena noticia no es noticia", que, por otro lado, dan buena muestra de que El gran Carnaval atesora algunos de los diálogos más incendiarios y corrosivos de los que escribió jamás Wilder. Título tan aplaudido como desconocido de su filmografía, el film se erige como una lección moral de primerísimo nivel acerca de cómo el egoísmo y el afán de protagonismo pueden dinamitar la dignidad humana, incluso a costa del sufrimiento ajeno. La inmisericorde y, por momentos, desasosegante mirada a las entrañas de las prácticas deshonestas y exentas de escrúpulos, que dan como consecuencia el popularizado como periodismo basura, es un ejemplar documento al que recurrir para recordarnos que no todo vale para conseguir audiencia, que hay límites que jamás se deberían sobrepasar. La película se enfrenta con valentía a un tema tan interesante como controvertido -no así, le granjeó las críticas de los ciudadanos americanos, que la convirtieron en un sonoro fracaso en taquilla al considerar que los trataba de seres inútiles, sin personalidad-, al tiempo que propone toda una avalancha de pertinentes reflexiones, como hasta qué punto la sociedad es cómplice de que se publique este tipo de información, o de la implacable e incesante mediatización a la que está sometida la humanidad, en la que -cada vez más-, un acontecimiento sólo existe si sale en los medios.

En el apartado técnico, llama la atención el gran esfuerzo de producción de la película, como así lo demuestran el gran número de extras y las grandes dimensiones del plató, a día de hoy uno de los más grandes jamás construidos. Recién comenzada la década de los 50, estas características eran más propias de las recreaciones históricas que de cintas de cine negro, por lo que en este sentido podemos decir que El gran carnaval sentó un precedente. Wilder supo sacar partido de este hecho, recurriendo con frecuencia a los planos generales, incluso panorámicos, que atestiguan la grandiosidad formal de la propuesta, en un par de escenas incluso sobrecogedora. Asimismo, hace un gran uso de la profundidad de campo y de una excelente composición de los planos: el cineasta de origen austriaco coloca a todos y cada uno de sus actores, cual fichas de ajedrez, en el lugar correcto en el momento correcto. Algo, en teoría, muy fácil, pero que a la hora de la verdad pocos consiguen. Por último, también hay que destacar su prodigiosa fotografía, un exquisito blanco y negro tan vivo y con tantos matices como un auténtico film en color. 

Pero si de algo sale beneficiada esta tesina acerca de la codicia y la mezquindad de la condición humana, por el inmenso carisma y presencia de un por aquel entonces casi desconocido y ejemplarmente al servicio de la causa Kirk Douglas, en la que fue su única colaboración con el maestro. El actor, ayudado por sus marcadas facciones y sus rasgos duros y potentes, se reveló como el ideal para dar vida a un hombre tan ruin y desarmado como el citado Tatum, imprimiendo de la ferocidad necesaria al personaje. Wilder resuelve con peripecia esta superposición entre cine y realidad, una ficción tan plausiblemente real que consigue lo imposible: que olvidemos que estamos visionando una película; una película que comienza a crecer, para no detenerse jamás, después de su imborrable The End. 

UNETE



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