THE PELAYOS: la historia del clan que vació los casinos

Para bien o para mal, se ha instaurado entre el espectador patrio el tópico "esta película no parece española" principalmente cuando se termina de disfrutar una producción made in Spain con un nivel y factura por encima de la media. Pues bien, The Pelayos (Eduard Cortés, 2012), basada en la historia real de la familia de un personaje tan infravalorado como Gonzalo García-Pelayo, es una de esas películas. El director de Otros días vendrán (2005) o La vida de nadie (2002) firma la historia de un hombre que, moviéndose siempre en el ámbito de la legalidad, desbancó a casinos de medio mundo. Dicho cabeza de familia, junto a su hijo y el resto de miembros de tan extravagante grupo, conquistó tal hazaña en base a su insólita teoría acerca de las -imperceptibles- imperfecciones en la construcción de las mesas de las ruletas, lo cual hacía aumentar o disminuir la probabilidad de determinados números. El caso, es que la manera en la que está abordada la historia -que, en contra de lo que mucha gente cree, no es un biopic-, a través de esas imágenes en busca del impacto instantáneo aún no lo suficientemente generalizadas en nuestro cine, el repertorio de canciones extranjeras, su exquisita factura técnica o el propio título del film -The Pelayos, en vez de Los Pelayos-, ponen de manifiesto el carácter internacional de un film, dicho sea de paso, francamente entretenido. 

 

. Pues bien, The Pelayos (Eduard Cortés, 2012), basada en la historia real de la familia de un personaje tan infravalorado como Gonzalo García-Pelayo, es una de esas películas. El director de Otros días vendrán (2005) o La vida de nadie (2002) firma la historia de un hombre que, moviéndose siempre en el ámbito de la legalidad, desbancó a casinos de medio mundo. Dicho cabeza de familia, junto a su hijo y el resto de miembros de tan extravagante grupo, conquistó tal hazaña en base a su insólita teoría acerca de las -imperceptibles- imperfecciones en la construcción de las mesas de las ruletas, lo cual hacía aumentar o disminuir la probabilidad de determinados números. El caso, es que la manera en la que está abordada la historia -que, en contra de lo que mucha gente cree, no es un biopic-, a través de esas imágenes en busca del impacto instantáneo aún no lo suficientemente generalizadas en nuestro cine, el repertorio de canciones extranjeras, su exquisita factura técnica o el propio título del film -The Pelayos, en vez de Los Pelayos-, ponen de manifiesto el carácter internacional de un film, dicho sea de paso, francamente entretenido. 
La historia de The Pelayos, desarrollada en una época indefinida e interpretada por unos actores arrolladores -del primero al último, aunque merece la pena subrayar esa grata sorpresa llamada Marina Salas- también nos recuerda a películas engendradas más allá de nuestras fronteras gracias a su similitud con clásicos como la saga Ocean´s o 21: Black Jack (Robert Luketic, 2008). Sin embargo, a pesar de que nunca disimula su vocación comercial y el querer asemejarse a estas producciones, el film nunca olvida sus raíces, el germen de su libreto, para ser también una historia localista, en la que muchos asociaremos a sus  personajes como arquetipos, roles propios de nuestra cultura popular -el tirano, el gracioso, el lúcido...-. No tengo duda de que lo que nos narra The Pelayos, ese grupo de individuos que agudizan el ingenio con el fin de ganar dinero de la forma más democrática posible, bien merecía ser contado. Especialmente en los tiempos que corren. En esta línea, el personal respeta y admira a los personajes porque, en primer lugar, son capaces de lograr un consenso entre ellos para, seguidamente,  establecer un objetivo a seguir -la escena en la que el padre (Lluís Homar) intenta inculcar a su hijo (Daniel Brühl) el valor del sacrificio es especialmente significativa-  y, segundo, se muestran capaces de alcanzar dicha misión sin necesidad de violar ninguna de las reglas de juego de un Estado democrático. Además, nunca temen el poner en jaque a una máquina de engranaje tan perversa -y tan aparentemente invencible- como son los casinos, donde "ellos ganan y los jugadores pierden". Le lectura contemporánea del film, en este sentido, es tan desarmante como brutal. Lástima que para reflejar ese punto la película se algo tramposa con el diseño del personaje de la Bestia (Eduard Fernández), excesivamente demonizado, en las antípodas de sus protagonistas, que se observan bajo una mirada mucho más condescendiente. 

La tarea de Cortés al frente de la dirección es más que loable, puesto que además de mantener siempre el tono de lo que está contando, dota a la producción de un ritmo ágil y fresco, dando como resultado unos depurados 100 minutos rabiosamente entretenidos. Cortés ejecuta esta impúdica y elocuente inmersión a las entrañas, a los subterráneos de un mundo tan fascinante como desconocido como los juegos de azar, con determinación, al tiempo que hace gala de una gran dirección de actores. Además, se le nota el empeño de querer que el personal nunca deje disfrutar con lo que le está contando, un compromiso de generosidad que no todos los cineastas están dispuestos a asumir. The Pelayos destila pasión, garra y, muy importante, esa elegante y agradecida estética que la hacen situarse en el listado de películas con ganas de innovar de nuestra industria. Por mucho de que meta con calzador subtramas como la del triángulo amoroso entre padre, hijo y la crupier asiática (Huichi Chiu), o de no haber gozado con un presupuesto más potente, como podía haber admitido  un film que, en determinados pasajes, parece pedirlo a gritos. 

Estrenada en el Festival de Málaga -donde logró el premio al Mejor Montaje-, la gran baza de la película es que esconde, en medio de ropa cara, lujos y alfombras rojas, toda una lección de vida, un referente ejercicio de picaresca tan simple como eficaz. The Pelayos aboga por  transformar al rival no en un enemigo ni en alguien a batir, sino de quien servirse para realizar nuestro sueño. Eso lo sabía muy bien una familia que pasará a la historia por el hecho de propiciar un nuevo diseño de modelo de ruleta. O, en otras palabras, por haber sabido invertir las reglas de juego, por demostrar que la banca, en efecto, no siempre gana. 

UNETE



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