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La prensa en el banquillo.


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09/04/2013


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Es importante dicen los especialistas, que el paciente (para ellos todos somos uno) acepte que está enfermo. Eso agregan, no cura, pero permite un posible tratamiento. Entonces, si usted se siente un ciudadano olvidado, desilusionado, resignado o solo emputecido e impotente, deme un momento su atención.


En el mundo en que vivimos se pueden (y se hace a menudo) manipular los acontecimientos, los recuerdos y hasta las predicciones. Se logra fácil. Junte una cascada de información y la multitud de periódicas auto serviciales estadísticas. La profusa difusión y el cargado comentario del lector de noticieros que le inyectan ilegítima seriedad. Entonces, déjela caer sobre una población atribulada que aún no se sacude de la ignorancia política, sugerida por la dictadura que los arrinconó por décadas. Y ya está. De ahí en adelante, todo parece una pelea en el barro donde no se distinguen los unos de los otros, ni tampoco se ve claro el motivo, ni importa un bledo el interés del público, bueno aparte de su entretención.

Esta práctica propagandística ha creado en el colectivo una ignorancia muchísimo peor: la DESINFORMACIÓN . Esa confusión propia del que no puede analizar lo que ve o lo que oye por una mezcla de casi lógico desconocimiento, lealtad política, comodidad intelectual y ,más que nada, por la bien inculcada acumulación de fobias y prejuicios. Por supuesto esto más que una fortaleza en relación a la opinión de la gente es, en realidad, una inducida e intencional debilidad. Se gobierna por décadas sobre un territorio social y jurídico amorfo, donde el que es acusado por cualquier sinvergüenzura no se molesta en argumentar descargos, sencillamente recurre de modo invariable al cínico y nada reparador del " Ustedes también", para resumir así su desempeño funcionario en la total impunidad, y ni la menor preocupación alguna por las víctimas.

Es aburrido entrar a discutir la influencia de los preliminares estudios psicoanalíticos de Freud o Jung o de la literatura de Marcuse y su hombre unidimensional. Lo hace parecer seudo intelectual y apartado del interés del hombre y la mujer común. Por eso, el primer paso para hacer de este enclenque comentario  uno breve y, si es posible ameno, es usar el ejemplo de Condorito. Perforar un blanco con un tiro y luego presumir buena puntería dibujando a su alrededor un perfecto círculo que lo enmarque bien al centro.

 A decir verdad, son un finito repertorio de razones, pero lo concreto es que pasamos de un mundo en el que la comunicación la hacía el comunicador vocacional, a otro muy distinto, donde el medio de comunicación hace al comunicador profesional. O, dicho de otro modo, otrora el medio se nutría del periodista; hoy, el periodista se "alimenta" del medio. En menos de 50 años, hemos visto tres diferentes escuelas de periodismo social: una antes de la Junta del 73'; otra durante el gobierno cívico militar y la tercera desde el plebiscito hasta hoy.

En el primer período hubo un periodismo más vocacional que profesionalizado. La creatividad, el juicio crítico, agudo, irresponsable e incondicional, semidesesperado , brotó natural. Programas de radio y televisión tuvieron muy poco o ningún espacio para superficialidades .En la prensa escrita, las páginas deportivas fueron el patio trasero de los diarios y desde luego, la farándula en los medios serios simplemente no existía. El fin estuvo anunciado por los medios , la fama de los comunicadores ( algunos sobresalientes en cualquier tema) estaba dada  no por el sueldo, el canal o el programa, sino por su capacidad de crear debate , la articulación certera de sus intervenciones, la profusa documentación de sus afirmaciones y la claridad en la dirección de sus pensamientos. El temor previo al pronunciamiento de las Fuerzas Armadas, a pesar de todo lo que se dice hoy,  ni Celedón, ni Carmen Puelma, ni mucho menos mi poco amigo y brillante politólogo Jaime Guzmán  parecieron tenerlo, si lo hubo. Para ser justos, conforme pasaron los años, uno está obligado a pensar que si debieron sentir algún nivel de miedo, pero la convicción de sus ideas más la tradición, hasta entonces, de respeto a la labor y por supuesto la vida de un periodista, proporcionaron inadecuada y peligrosa confianza para expresar ideas sin rodeos o inhibiciones, y sus contribuciones hicieron historia. Cualquiera, mi amigo, no era un periodista.

 

 El segundo período, con las restricciones propias de una convivencia sin constitución, fue peligroso para todo el mundo, pero muy especialmente para ejercer el periodismo. La legislación del 25 había sido destruida por una aconsejada Junta Militar de la noche a la mañana y la del 80' estaba en la gestación incubadora de legitimidad ¡PLOP! Ciertamente habían cosas buenas que informar, pero también una abrumadora cantidad de atrocidades cuya cobertura le costó la vida a más de algún comunicador. Por cierto, concluir que en ese ambiente se justificaba el temor para informar es lo más apropiado. El periodista tenía temor de perder su libertad o incluso el justificado miedo a perder su vida.

 

En el tercer período el periodismo comienza a popularizarse, ya no es indispensable ser un abogado con distinguida prosapia, un orador elocuente y atrevido, o un intelectual incisivo y mordaz .Se necesitaba algo menos para obtener el profesional y merecido reconocimiento de periodista. Es más, figuras emblemáticas del periodismo autodidacta de un glorioso pasado de la prensa chilena, donde destacaron figuras legendarias como Luis Hernández Parker, Tito Mundt, Adolfo Yanquelevich, Lenka Franulic y José María  de Navasal, comenzaban a desaparecer o a disfrutar de un merecido descanso. La generación de Marta Blanco, Raquel Correa, Carmen Puelma y Hernán Millas ya no era de chiquillos y entonces las escuelas de periodismo saturaron los medios públicos de comunicación masiva. En este período ya la limitación del miedo a perder la vida se desvanecía, pero simultáneamente brotaba la del miedo a perder el trabajo, cosa que la ley de prensa aprobada después de ocho años de oposición conservadora, el 18 de Mayo del 2001, no estaba en condiciones de garantizar, ni lo hizo. Así ,desde que el bullado caso del Libro negro de la Justicia Chilena ,con el que Alejandra Matus remeció el árbol de confianza en los tribunales, hasta la última vez que se prohibió informar, como en el caso de Jorge Matute Johns, nunca más hemos visto un periodismo independiente que se distinga. Prensa libre no de poder salir del país o de trabajar donde lo contraten, sino libre de adentro, veraz, aguda, arriesgada, consecuente, contagiosa, respetable, irreverente, agresiva, insobornable, íntegra y honesta, pero todo esto junto, no por separado ni al alquiler.

 

Ahí es donde está lo curioso, porque la historia del hombre está en la observación cuidadosa de su testimonio y del potente ejemplo de su interés por la universalidad. Hacen falta las Oriana Falacci, los Enrique Lira Massi, los Jaime Guzmán, los José Luis Cabezas, los Norman Mailer,  gallos con huevos para cuestionar la sociedad de modo ilustrado, crítico y temerario. Una pena porque, como lo aconseja la naturaleza, lo mismo que te da la fuerza también te debilita. El poder de los medios para amplificar la propaganda está en la ausencia de líderes valientes en el periodismo, ahí mismo donde está la debilidad de las masas y , no casualmente, ahí se encuentra la dinámica de poder de una minoría empresarial, la que tan bien describe Nicanor Parra con su "Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona". Viva el chilito del mercado con sus estadísticas.

 

Más que Asamblea Constituyente, que será por supuesto indispensable, lo que se necesita hoy son medios de difusión imparciales, con financiamiento del público para su total independencia, sin eso no hay un poder aglutinante. Requerimos de un aparato imparcial y apolítico que contrarreste el todopoderoso efecto de las coaliciones, ese monstruo de dos cabezas que sobrevive, reproduce y protege el origen del abuso y el endeudamiento de la gente. Ese que cada día que pasa no solo agranda la deuda de las personas, sino que aumenta la escandalosa desigualdad y cubre los fraudes gigantescos en el consumo con propaganda.

 

               

 



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