. Tenemos un congreso, también llamado cartel
principal que la prole ha calificado por su comportamiento.
Esos acomplejados
habitan palacios de mentiras, sobregiros, abusos, vicios, exageraciones,
espejismos, transas, falsedades, chantajes y toda clase de sabidurías vanas,
soberbias en beneficio propio olvidando que fueron designados por la misma
prole que los reprueba por su comportamiento frívolo, miope e insensible.
Cabe aclarar que no
todos son elegidos; algunos pillos-parásitos llamados senadores y diputados
fueron designados por lista por los partidos con clara lógica de defender
intereses muy ajenos a las causas de los más necesitados. Primero los ricos y
luego ellos.
Con trajes de
colores de todo tipo, corbatas de seda que parecen sogas que deberían apretar
cuando la mentira florece, zapatos de marca y olor a perfume caro, se
apoltronan en sillas majestuosas a discutir cosas que en el mayoría de los
casos no entienden, no discuten, no debaten y sobre todo no leen.
Palabrería política
que es espuma trasmisora de rabia social, descontento, desencanto, enfado de
votantes inocentes engañados por esta gavilla de leperos que solo prometen lo
que jamás van a cumplir. La dosis es cada 3 o 6 años con los mismos cuentos.
Todo lo anterior ya
usted lo sabe bien, pero hay algo más delicado que esta pereza sabrosa,
costosa, inútil, turbia, mal intencionada, considerada como mal necesario para
la buena marcha del país, pues este no puede caminar sin leyes ya sean buenas o
malas pero al fin leyes. Debo expresar un mal superior del que abusan sin
chistar.
Esas leyes, ese
cartel de senadores y diputados requiere aceite para funcionar. Ese fino aceite
se llama dinero público y vaya que lo gastan. Dinero público que año con año
gastan irresponsablemente.
Coordinadores,
comisiones, delegaciones, comités van y vienen y todos cobran por estar en
ellas. Reciben dinero público o sea suyo que gastan, según ellos muy bien con
la salvedad que nunca le van a informar en qué demonios se lo gastan, mejor
dicho lo malgastan.
Guaruras, fiestas,
viejas ajenas, potería, drogas, excesos romanos contra buenas leyes, etc. Son
la partida doble que justifica el dinero publico suyo gastado por estos
irresponsables que se niegan a rendir cuentas del dinero ajeno y que por
obligación ética deberían presentar como acto digno al pueblo de México.
La opacidad en este
tema es la medula del robo descarado que estos bichos hacen con flamantes
coordinadores huecos que no sirven para nada y si a intereses definidos.
También hay que decirlo que hay verdaderas excepciones pero lamentablemente son
mínimas.
Ser diputado o
senador debería ser un honor. Representar al pueblo debidamente debe ser un
deleite y más cuando se abre todo ante él, rindiendo cuentas de sus actos y
cuentas de su dinero.
El disfraz político
de caminar erguido, hablar alto con tono de mando, ordenar que se abran las
puertas y limpiar el asiento, no es suficiente para ocultar la clase de bandido
que se oculta tras dicha mascara. Piden cuentas a los demás pero no las dan.
Es más fácil ser
honesto que deshonesto, pero la cultura arrastrada de décadas cubre, ciega,
nubla las mentes de estos pasajeros funcionarios que a dos manos roban el
dinero público sin delicadeza, arte, sabiduría. Robar es un arte de gente fina
y culta.
Son burdos rateros,
indignos de seguir representando a su pueblo pobre, jodido que come austeridad,
cena sacrificio y despierta con pesadilla no con quesadilla. Apretar el
cinturón por la crisis.
Párenle señores,
dejen el sendero obscuro, corrijan sus actos, prendan sus conciencias, que si
las tienes pero apagadas. Hagan públicas las cuentas del dinero público que
malamente se les da y por una vez en su vida sean honestos con ustedes mismos o
no.
El predicador
económico.