Amoríos tabernarios

Mientras distraía el rato apostado sobre la barra tabernaria saboreando una refrescante cerveza, la abstracción vacía que en ese momento disfrutaba se vio repentinamente atraída por las calurosas carantoñas amorosas que una joven pareja, recién entrada, se intercambiaba con profusión. Las escenas espectáculo que ofrecían, sin apenas pausas, eran objetivo difícil de evitar para la curiosidad indiscreta de los presentes. Cierto es que este tipo de escenas, habituales en la normalidad, suelen pasar desapercibidas. En este caso no fue así. Los ardientes y recios magreos, adornados de lascivos sobeteos, abrazos propios de despedida, sonoros besuqueos y susurrantes palabras de amor, eran disimuladamente observados por la clientela presente.

 

. Las escenas espectáculo que ofrecían, sin apenas pausas, eran objetivo difícil de evitar para la curiosidad indiscreta de los presentes. Cierto es que este tipo de escenas, habituales en la normalidad, suelen pasar desapercibidas. En este caso no fue así. Los ardientes y recios magreos, adornados de lascivos sobeteos, abrazos propios de despedida, sonoros besuqueos y susurrantes palabras de amor, eran disimuladamente observados por la clientela presente.

El exceso de achuchones tampoco pasaba desapercibido para los reposados camareros. La contenida sonrisa les delataba. Murmullaban entre dientes la calenturienta fatiga del ajetreo amoroso. Ella era la más brava. A veces se abalanzaba sobre él y le obsequiaba con apretones de asfixia. Las escenas se sucedían hasta el aburrimiento, sin que la aparente calentura remitiera lo más mínimo. Más que amor era puro espectáculo.

La verdad es que no puedo hablar del final. Acabado mi rato, con ameno e inesperado entretenimiento, y la espumosa cerveza, decidí abandonar la taberna para seguir ocupando el asueto de la jornada en otras cuitas y menesteres.

Es precisamente la escena vivida la que me inclina a dedicar unos renglones a las demostraciones de amoríos tabernarios. Es francamente sano y saludable que las parejas se quieran, se amen, y no tengan reparos en manifestar su pasión ni en público ni en privado. Además, hasta resulta tierno cuando se hace de forma amable y espontánea. Las muestras de amor también forman parte del paisaje urbano. Afortunadamente las demostraciones de amoríos no escandalizan como lo hacían hace cincuenta años. El beso en la calle era tabú. Ahora es una rutinaria muestra natural, habitual y normal.

Pero a pesar de todo, la fogosidad cariñosa de las parejas en público deberían de ser un poco más recatadas, discretas y prudentes. Por muy intenso que sea el enamoramiento, no justifica que deban irse manifestando por cada uno de los rincones del universo las calenturas amorosas, las escenificaciones ardientes, o los besos apasionados de los enamorados. Existen muchos espacios y momentos cada día para declarar con recato y en la intimidad el compromiso del amor. Los locales tabernarios no son los más adecuados para ofrecer fragorosas y ardientes escenas pasionales.

Lo más triste de todo es que, con el tiempo, las pasiones amorosas se apagan. Entonces llega el momento de recapacitar sobre las escenas de espectáculo y el derroche de cursilerías cuando los amoríos despiertan y ven los primeros amaneceres.

UNETE



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