CAZADOR BLANCO, CORAZÓN NEGRO: Eastwood homenaje a

Tras decepcionar con su vilipendiada El principiante (1990) y sólo dos años antes de rodar la gran obra maestra de su cinematografía, Sin perdón (1992), Clint Eastwood firmó el que podría considerarse el trabajo más personal y vanguardista de su carrera. Con cazador blanco, corazón negro (1990) se hacía cargo de un proyecto que, aunque a simple vista era un suicidio para la taquilla -como al final resultó ser- debido a su base de cine experimental, supuso uno de sus mayores retos interpretativos al camuflarse en el álter ego de uno de sus cineastas más venerados: John Huston. Se alejaba, así, de su imagen de vaquero rudo o de duro policía al que el público todavía le tenía asociado. El film, de esencia meta-cinematográfica, narra las vicisitudes que el director y equipo de rodaje de La reina de África (1952) tuvieron que enfrentarse para sacar adelante una de las películas de rodaje más caótico de todos los tiempos. Gran parte de culpa la tenía un director más obsesionado en cazar elefantes que en llevar adelante la propia película, a pesar de que el resultado final fuese intachable. Eastwood, que rebautiza a dicho director con el rol de John Wilson, firma una película que no es más que un homenaje a uno de los directores que mejor ha sabido (auto)radiografiar la pasión, la marginalidad y, en última instancia, el sentido de la vida.

 

. Con cazador blanco, corazón negro (1990) se hacía cargo de un proyecto que, aunque a simple vista era un suicidio para la taquilla -como al final resultó ser- debido a su base de cine experimental, supuso uno de sus mayores retos interpretativos al camuflarse en el álter ego de uno de sus cineastas más venerados: John Huston. Se alejaba, así, de su imagen de vaquero rudo o de duro policía al que el público todavía le tenía asociado. El film, de esencia meta-cinematográfica, narra las vicisitudes que el director y equipo de rodaje de La reina de África (1952) tuvieron que enfrentarse para sacar adelante una de las películas de rodaje más caótico de todos los tiempos. Gran parte de culpa la tenía un director más obsesionado en cazar elefantes que en llevar adelante la propia película, a pesar de que el resultado final fuese intachable. Eastwood, que rebautiza a dicho director con el rol de John Wilson, firma una película que no es más que un homenaje a uno de los directores que mejor ha sabido (auto)radiografiar la pasión, la marginalidad y, en última instancia, el sentido de la vida.
Cazador blanco, corazón negro es una adaptación de la novela homónima de Peter Viertel. El que fuera marido de Deborah Kerr se trasladó a África en compañía del propio John Huston para terminar de escribir el guión. En dicho libreto se dibuja al director como una figura endiosada, ególatra, casi situada por encima del bien y del mal, haciendo especial hincapié en las dificultades que atravesó el equipo de producción no sólo por las condiciones ambientales -mosquitos, temperaturas...-, sino por el carácter de Huston, que padeció amargos enfrentamientos con algunos de ellos. Eastwood se muestra fidedigno a la novela, pero a la misma vez no se recrea en exceso en estos aspectos escabrosos directamente relacionados con el que ha sido uno de sus mayores referentes dentro del mundo del séptimo arte. Así, no duda en flexibilizar la imagen un tanto déspota de un personaje que mantenía hasta la saciedad que el hecho de cazar elefantes -algo, según sus propias palabras, estrictamente privado-, y rodar una película no tenían por qué ser incompatibles. Una teoría, tal y como refleja el propio film, que le costó algún que otro intercambio verbal con sus trabajadores, que le repetían que  éstas actividades dejaban de ser personales en el momento en el que comenzaban a interferir en el resultado final de la obra.

A pesar de que gira en torno a la figura de John Huston, Cazador blanco, corazón negro es una película con autonomía propia, esto es, que funciona al margen de que uno desconozca cuáles fueron las verdaderas intenciones de Eastwood. Porque, junto al hecho  de ser la crónica de hasta qué punto puede llegar un director a la hora de defender aquello en lo que cree, el film puede interpretarse como un canto a favor de la naturaleza, de la infinidad de la creación, de cómo el entorno condiciona la vida de las personas o de cuál debe ser la relación del hombre con la madre naturaleza; una lectura que tiene en su volcánico cuarto de hora final su máxima expresión. Imposible olvidar esos últimos minutos de -brutal- sacudida con la realidad que dinamita esa voluntad indomable del director de La Reina de África, ese afán casi irracional de situarse contra el mundo, contra el sentido común; un tramo final, de gran compromiso social, en el que el título de la película adquiere su máxima expresión. De él no sólo se desprende un contundente alegato medioambiental, sino también de hasta qué punto la vanidad y superioridad del hombre blanco han supuesto un lastre para el desarrollo de los pueblos tercermundistas. El significado es impagable: John Willson -o John Huston- vencido por su propia estupidez, deslizado hacia una absoluta incursión hacia la lógica, al tiempo que pronuncia la palabra "acción". Y ya nada será lo mismo. 

Nominada a la Palma de Oro en Cannes, la cinta fue un fracaso en taquilla, a pesar de que la crítica no tardó en considerarla como uno de los mejores trabajos en la dirección de Eastwood, quizá porque supo exprimir al máximo la gran riqueza pictórica de su entorno a través de un exigente nivel de producción. Sí, quizá le falte algo de grasa para ser perfecta, como cierto dilatamiento de alguna escena en contra de un final algo atropellado, pero nunca deja de ser ese momento de orfebrería, hábilmente pulido, por el que John Huston, con sus luces y sombras, estaría orgulloso. 

UNETE



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