LA REINA DE ÁFRICA: una crónica amorosa irrepetible

Antes de que la mítica Karen confesara tener una granja en Memorias de África (Sidney Pollack, 1985) o de que la persecución de la Alemania nazi quedase inmortalizada en Un lugar de África (Caroline Link, 2001), el mundo del cine ya nos había regalado la que bien podría coronar el más soberbio trío de películas ambientadas en un continente que, por su incomparable belleza, su infinito magnetismo y su cúmulo de posibilidades narrativas, ha sido siempre un fértil campo de cultivo en la industria del celuloide. Me refiero a La reina de África (John Huston, 1951), ambiciosa producción basada en la novela homónima de C. S. Forester. El director norteamericano llevó hasta el límite su indiscutible condición de osado a través de uno de los rodajes menos conformistas del pasado siglo. Ambientada en el Congo, en las propias entrañas del continente, el equipo tuvo que enfrentarse a unas temperaturas insoportables, una larga lista de enfermedades, avalanchas de insectos y, para colmo, la obsesión por la higiene de su protagonista, Katharine Hepburn, y a un Humphrey Bogart en el más absoluto límite interpretativo que, de forma bien merecida, le valió el único Oscar de su carrera y el único que atesoró el film. Dos actores, en cualquier caso, que demuestran un deslumbrante estado capaz de provocar la más absoluta admiración. Sin paliativos. 

 

. Me refiero a La reina de África (John Huston, 1951), ambiciosa producción basada en la novela homónima de C. S. Forester. El director norteamericano llevó hasta el límite su indiscutible condición de osado a través de uno de los rodajes menos conformistas del pasado siglo. Ambientada en el Congo, en las propias entrañas del continente, el equipo tuvo que enfrentarse a unas temperaturas insoportables, una larga lista de enfermedades, avalanchas de insectos y, para colmo, la obsesión por la higiene de su protagonista, Katharine Hepburn, y a un Humphrey Bogart en el más absoluto límite interpretativo que, de forma bien merecida, le valió el único Oscar de su carrera y el único que atesoró el film. Dos actores, en cualquier caso, que demuestran un deslumbrante estado capaz de provocar la más absoluta admiración. Sin paliativos. 
Con el conflicto de la Primera Guerra Mundial como latente telón de fondo, esta hábil construcción acerca de la génesis del sentimiento amoroso versa principalmente en torno a dos personajes: el alcohólico e intrépido capitán de barco Charlie Allnut (Bogart), y la espiritual misionera Rose Sayer (Hepburn). Ambos seres, en las antípodas de personalidad, antagonistas hasta la médula, deberán aprender a convivir cuando decidan huir en la barca de Allnut después de que una avalancha de colonizadores alemanes hayan arrasado la aldea en donde vivía Rose con su hermano, provocando la muerte de éste último. Así comienza una película más intimista de lo que pueda parecer, de caminos tan inescrutables que convienen revisarla de cuando en cuando. Y es, a pesar de encuadrarse dentro del género de aventuras, lo que hace imprescindible a La reina de África es su carácter netamente intimista. El realizador se sirve de los alegóricos paisajes africanos, de la inexpugnable fauna y flora del lugar, de esa belleza terrenal tan salvaje como primitiva para ambientar esta historia de interés progresivo, a través de la cual este par de personajes se van conociendo e, inevitablemente, enamorando. Asistimos, pues, a un espectáculo donde se fusionan dos líneas narrativas: la reposada y contemplativa y, en el otro extremo, la frenética y desaforada. Huston logra equilibrar ambas vertientes de forma magistral, logrando seducir tanto a los que únicamente pretendan disfrutar con una película de aventuras como a los que busquen algo más: uno de los procesos de enamoramiento más verosímiles y más perfectamente dibujados que ha regalado jamás el cine. Todo bajo un conflicto social que aunque -casi- no se ve, nunca deja de sentirse. 

Conviene no pasar por alto el exigente nivel de producción de la película, ejemplificado en el hecho de estar rodada íntegramente en exteriores y, en su mayoría de casos, en condiciones climatológicas adversas. Los efectos especiales, a pesar de que no han soportado muy bien el paso del tiempo, resultaron tremendamente innovadores en la época -como bien refleja la escena del descenso por el río o la quema de la aldea en el tramo inicial-, así como el hecho de que una mujer de gran espiritualidad como la protagonista termine seducida por el hombre más impensable y, si de prejuicios se trata, menos recomendable; un hecho por el que Huston pone de relieve su conocida naturaleza polémica, explotada con mayor intensidad en las posteriores Reflejos en un ojo dorado (1967) o Lo noche de la Iguana (1964). En materia narrativa, la cinta,  nos enseña que la esperanza y el amor pueden derrocar los más férreos cimientos, vencer a los más incomprensibles caprichos del destino. En esta línea, quizá la (incierta) aventura en la que se embarcan Rose y Charlie -que sufren, se pelean, se reconcilian- no sea más que una metáfora de lo difícil que es mantener una relación expuesta permanentemente al ilógico discurrir de la vida; una vida metamorfoseada en ese irrefrenable y caprichoso río salvaje que obstaculizará el viaje con constantes pruebas de fuego que, en efecto, no todos podrán superar. 

En conclusión, es La reina de África un film increíblemente adulto, capaz de contentar a los amantes del cine de turismo, es decir, los que se den por satisfechos por sumergirse en paisajes y alegóricas estampas -impagable technicolor-, y a los que quieran adentrarse en uno de las crónicas románticas más contundentes, de final glorioso, del séptimo arte. Muchos la consideran una especie de road-movie, y no les faltarán razón, pero yo prefiero catalogarla como una película romántica. Pero no al uso, sino las de toda la vida: donde sólo la escena del diluvio -en la que ella, tras una primera negativa, accede a que él quede resguardado bajo la lluvia, a su lado-, desprende más pasión, afecto y sentimiento que toda la oleada de productos teens manufacturados de la última década. 

UNETE



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