Mujeres malditas



I.

 


En días pasados, un dirigente político venezolano dijo que la prostitución era producto del capitalismo.  Los hechos históricos demuestran que tal enunciado es una mentira, lanzada desde la audacia de la ignorancia. Además, coloca a las prostitutas como objetivo de toda una crítica pseudomoralista, impropia de los tiempos que vivimos y más aún de esos que buscan una nación que no excluya a sus habitantes.

Hasta hace muy poco, quizá medio siglo apenas, las mujeres escritoras o intelectuales eran etiquetadas como prostitutas o ligeras de cascos. Y eso, desde mucho tiempo atrás: en los años que transcurrieron entre 470 y 400 antes de Cristo, una mujer llamada Aspasia de Mileto cooperó con el establecimiento teórico de las bases de la democracia como hoy la conocemos. Los textos que se refieren a ella dicen que era experta en retórica, logógrafa, cronista,  y que tenía un burdel al que acudían políticos, empresarios y pensadores de la antigua Grecia, incluyendo a Sócrates. Así, pues ella era una hetaira, vivió con Pericles, de quien tuvo un hijo, y a la muerte de Pericles, fue la mujer de Lisicles, otro personaje con poder.

Las hetairas de Atenas eran  cortesanas y mujeres de compañía que, además de ofrecer belleza exterior, ostentaban una buena educación y amplia cultura, tenían independencia económica y pagaban impuestos.  Eran posiblemente lo más cercano a mujeres liberadas que había en la sociedad de entonces, y de esa manera Aspasia se convirtió en el ejemplo más obvio de cómo las mujeres en la antigua Grecia debían buscar otras vías para participar en la vida pública. Una hetaira, Diótima, fue quien enseñó Sócrates el concepto del amor que pasaría a la posteridad en El Banquete, de Platón.

Según Plutarco, Aspasia era comparable a la famosa Thargelia, otra hetaira jónica de la edad antigua. Como extranjera y hetaira, Aspasia estaba libre de las restricciones legales que tradicionalmente confinaban a las mujeres casadas al ámbito del hogar, y por tanto, gozaba de la libertad suficiente para participar en la vida social y política ateniense.

El gran orador ateniense, Demóstenes, clasifica la sociedad femenina de la siguiente manera:

“Tenemos a las hetairas para el placer, a las pallakae (concubinas) para que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las gynaekes (esposas) para que nos traigan hijos legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares…”

En griego koiné se diferencian, además de las señaladas, las porné, o prostitutas propiamente dichas, diferentes de las hetairas. En el italiano moderno se diferencia la troia, concubina o amante, de la puttana. Posiblemente ambas reciban recompensas económicas por el servicio que proveen, pero cada una lo recibe de una manera diferente. En Fiesta, canción de Joan Manuel Serrat, al finalizar el evento la zorra rica va al rosal y la zorra pobre va al portal.

Un caso similar, en la misma época, es el de Safo de Lesbos, poetisa mencionada entre sus contemporáneos. Ella fundó una academia para educar a las mujeres de clase alta que allí encontraban un adecuado albergue intelectual y artístico. Las mujeres que allí iban aprendían a leer y escribir, a dibujar y tallar, practicaban artes de cerámica y creaban sus propias vestiduras. Los comentarios señalaban que Safo era homosexual, de lo que ha derivado el nombre de lesbianas (de Lesbos) para designar a las mujeres cuya orientación sexual se dirige a personas del mismo sexo. Quizá fue verdad, pero más bien parece una forma de la descalificación.

De hecho, tanto Aspasia como Safo fueron foco de muchas injurias y vilipendios entre esos que cuestionaban o envidiaban la influencia que ejercían. Los que escribieron en su contra mezclaban los chismes con las bromas, los litigios reales con el poder que tenían o que les inventaban. Y ambas salieron indemnes de cada uno de los numerosos conflictos en los que se las mezclaron.

Muchas mujeres han tenido que recurrir a uno de los dos destinos que su pasión por el conocimiento y la escritura les marcan: estar en un prostíbulo o en un convento. Ambos destinos van acompañados de una sentencia de apartamiento, de autoexclusión, de autoexilio. Son conocidos los casos de Teresa de Ávila (Teresa de Jesús, 1515-1582) y Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695). La una fue reconocida como doctora de la Iglesia y aceptada como escritora sólo en la medida en que su escritura mantuviera un sentido religioso. La otra, aunque gozó de algo más de libertad creativa, fue constreñida con el argumento de sus votos de obediencia. Ambas tocan en su escritura el erotismo, con diferentes niveles de misticismo. Y ambas reflexionan sobre la sociedad que las obliga a la celda y el templo.

Mary Shelley (1797-1851) fue novelista, dramaturga y ensayista. Hija de Mary Wollstonecraft, escritora y filósofa que jugó un importante papel en los movimientos que buscaban la dignificación de las mujeres y del filósofo William Godwin, es más conocida por su novela Frankestein o el Moderno Prometeo, aunque publicó otras novelas, obras de teatro y ensayos. Frankestein fue escrita entre 1816 y 1818, fecha de su publicación, fue editada como anónima, y muchos se la atribuyeron a Percy Shelley, el esposo, quien escribió el prólogo de la primera tirada. Con un destino azaroso, Mary Shelley se las arregló para ser madre, amante, esposa, viuda y recolectora de la obra de su marido, a la muerte de éste, y escribir contra circunstancias muy difíciles.

Otras mujeres, como George Sand (1804-1876) escogieron adoptar el vestido y las costumbres masculinas para ser aceptadas en los círculos intelectuales. Sand adoptó el apellido de uno de sus amantes, Jules Sandeau, por temor a la los prejuicios familiares, pero al convertirse en una novelista exitosa frecuentó las tertulias sociales y artísticas vestida con pantalones y fumando puros y pipas. Fue una madre dedicada y aún fue amante de hombres talentosos que recibieron de ella soporte económico, afectivo y social, tal el poeta Alfred de Musset y el compositor Federico Chopin.

Notable fue también el caso de Jane Austen (1775-1817) a quien la crítica literaria moderna señala como la que hizo la novelización del pensamiento de Mary Wollstonecraft. A pesar de que todas sus obras giran en torno al matrimonio y las relaciones de pareja, ella nunca se casó. Como dice la coplilla rescatada por la escritora mexicana Rosario Castellanos (1925-1974): mujer que sabe latín/ ni encuentra marido/ ni tiene buen fin. Similar destino tuvieron las hermanas Brontë, Emily, Charlotte y Anne: lo primero que publicaron fue un volumen conjunto de poemas y lo hicieron bajo pseudónimos masculinos, aunque después publicaran con sus nombres propios.

En el siglo XX podemos encontrar las huellas de mujeres que, para escribir, tuvieron que ocultarse o hacer concesiones a las sociedades donde les ha tocado vivir, tales como Anais Nin (1903-1977), Alfonsina Storni (1892-1938), Virginia Woolf (1882-1941), Alejandra Pizarnik (1936-1972), Silvia Plath (1932-1963), Eunice Odio (1919-1974), entre otras. Muchas de ellas terminaron suicidándose, incapaces de soportar las presiones sociales y culturales que las agobiaron. Casi todas sufrieron de una soledad mortal.

Pareciera que el sino de una mujer dedicada a la escritura es el de navegar en contra de la corriente. Pareciera que una bendición, como es el don de la escritura, tuviera que ser asumida como un sacrificio donde las mujeres, al igual que Proteo, se tienen que transformar en otras criaturas para evitar que las capturen en jaulas, quizá de oro en alguna parte, pero jaulas al fin. Es cierto que poco a poco se han venido abriendo portales que aseguran el libre flujo de la palabra que escriben (que escribimos) las mujeres. Sin embargo, y sobre todo en las áreas de cultura hispanoamericana (aunque no excluyentemente) las mujeres tienen ante sí el drama que ha de conducirlas a la necesaria identidad: la conciliación de sus roles, la asunción de dichos roles sabiendo que se conspira contra el espacio y contra el tiempo.

En mi novela El diario íntimo de Francisca Malabar lo planteo así:

También me viene la imagen de Eunice Odio. La comida se corrompió en una bolsa en la cocina mientras ella moría en el baño, apenas con fuerza para sacar el agua de la bañera y no ahogarse: el corazón, entretanto, se desgarraba: todo se derrumbaba dentro de ella y ella sentía que ése era el último derrumbamiento en medio de tanta miseria. Por supuesto, esto no pertenece a este texto: un escritor verdadero debería esforzarse, más allá de sus propias fuerzas. ¿Más allá, en verdad? Este es un juego duro, una competencia. Se gana o no se gana, de acuerdo con el talento y la suerte y la capacidad de resistir las mil y una zancadillas. Un escritor escribe desde su tierna juventud. Malgasta los cuadernos de la escuela. Enfrenta la censura familiar (la madre que dice: está bien que escribas versos, pero no pienses que vas a vivir de eso: búscate un acomodo,  estudia una carrera, no creas que los versos dan ganancias de ningún tipo)  Pero el escritor lee hasta que los ojos se le erosionan. Admira a los otros escritores. Sufre terribles depresiones que lo tumban en la cama horas y horas pensando por qué Faulkner o Eliot sí y yo no. Por qué Darío o Baudelaire. Por qué y por qué y por qué. Y recuerda a los santos y mártires de su devoción: San Jimmy Joyce, quien escribía sobre su cama sucia (nada de fresh linen ) en pleno invierno y mandaba a la calle a su mujer y sus hijos para poder escribir en medio del hambre, del frío y de la incomprensión. San Juan Milton, quien se quedó ciego y tuvo que malvender su Paraíso Perdido por un trozo de pan. Santa Virginia Woolf, cuyo destino fue truncado por el peso de unas rocas en un río. San César Vallejo, quien rogaba en su agonía un trozo de pan, de ese exquisito pan francés, y lo pedía en español, en la plenitud indiferente de la humedad parisina. Y el escritor va creciendo en santidad y sabiduría desde su adolescencia: se reúne con sus pares y un día prodigioso comienza a C R E A R  LA GRAN OBRA que no lo deja comer, ni dormir, ni hacer el amor. Abandona cualquier distracción: los estudios, el trabajo: al Diablo con los zapatos de los hijos y la ropa y los cuadernos de la escuela y todo lo demás.

                               Lo que importa es alcanzar la Inmortalidad. Lo que importa es  

C R E A R.

Pero un día se encuentra con el rimero de las cuentas por pagar, con las malditas letras atrasadas y con la máquina electrónica sin cinta o la impresora sin papel, porque no hay dinero para comprar, ni crédito que resista tanta labia encendida. Y nada hecho en realidad y menos publicado. Tal vez consiga dinero, piensa, si vendo esto o aquello, o si lo empeño, vana ilusión. Y entonces ¿qué es lo más importante una vez conseguidos algunos fondos?¿la leche de los niños o la cinta para la máquina?¿comprar una resma de papel y separar lo del correo para participar en un concurso o asegurar la carne de una quincena? La decisión es obvia. La pareja entonces lo abandona ¿cómo no hacerlo? No habiendo posibilidades ni siquiera de pan y cebolla, lo mejor es la huída: las mujeres y los niños deben sobrevivir.

Las mujeres escritoras tienen otras opciones: a veces consiguen un ser bondadoso y generoso: un encanto, un elvis del lago que las mantiene, a sabiendas de que quemarán la comida y olvidarán recoger de la lavandería el traje que ellos necesitan usar esa misma noche en una cena importante, o que alguna vez saldrán solas de viaje para hacerse promoción o para investigar algo y encontrarán por allí un amante y que regresarán entre arrepentidas y felices, como el gato que se comió al canario, diciendo: ¿qué voy a hacer si ésa es mi naturaleza?  Y ellos, sin embargo, se sienten orgullosos de soportar a ese ser extraordinario y lleno de misteriosos esplendores que tienen en la casa, a su alcance para admirarlo o quizá hasta exhibirlo como a un precioso gato de angora, un jarrón de antigua porcelana china o un candelabro celta de cristal cortado, hasta que se cansan de tanto resplandor, o quizá no se cansan y siguen en él hasta morir, dejando la desconsolada viuda en este mundo traidor. O, a veces, las mujeres escritoras se van, dejan a sus hijos a la Buena del Creador, se los entregan al padre protector y bienaventurado, si es posible, o a los abuelos siempre ansiosos de un chance así, para que los críen bien y los eduquen y los alimenten y ella pueda verlos de tiempo en tiempo sin sentirse demasiado culpable, porque era lo mejor: ellos tienen lo que merecen y cada uno siempre lo tiene. O escogen la soledad y andan por allí perdiendo la vista en ínfimos empleos, escribiendo en los ratos libres, en las altas madrugadas, ansiando ser amadas y amar, aunque queriendo conservar tiempo y espacio: contradicción tras contradicción, paradoja tras paradoja: extrañas estaciones de la Via Vitae: la vida es un jardín de senderos que se bifurcan: opciones del código binario: ¿quieres parir o escribir?¿quieres cenar en un restaurante de lujo o comprar la última novela de Milan Kundera?¿la escritora tiene miedo porque el amado que tiene los ojos color de miel y dulces dulcísimos podría irse o el amado debe sentir miedo porque la escritora se irá en cualquier momento, a riesgo de todo, empalagada por los dulces dulcísimos ojos? Y por si fuera poco, la escritora, más sensible que las demás hembras de su especie, cuando tiene la regla tiende a la hipersensibilidad y la autodestrucción: ¿sabían los críticos literarios que sus comentarios sobre una escritora pueden tener efectos catastróficos si son negativos y ella los lee en el momento de una depresión post-parto o post-aborto o en los linderos de la menopausia?¿Te has preguntado tú, mujer que escribes, por qué razón un porcentaje de sólo un dígito de escritoras llega a ser mencionado en las historias de la literatura?¿es un asunto de Mankind's Power solamente?¿hay un factor de designio fisiológico en ello? ¿una escritora es un jardín floreciendo, florecido o definitivamente sin flores?¿es diferente la cosa si la mujer consigue por su trabajo literario dinero, fama, invitaciones y festejos y halagos y todo lo demás? Oh no no. Siempre habrá quien espíe en su alcoba y en su bolsa de desperdicios para ver el color de su sexualidad y las alternancias de sus ciclos. Y ella lo reforzará, como en una condena. Y al final, la mujer escritora terminará  en su casa solitaria: el suicidio, la muerte por inanición, quizá, pero quizá también la muerte en una clínica famosa, acompañada por un rubio secretario que calentó el lecho en la vejez a cambio de un buen sueldo y que aspirará a heredar sus derechos para írselos a gastar con la muñeca que guarda en algún lugar.

 

(De El diario íntimo de Francisca Malabar)            

Milagros Mata Gil

@milagrosmatagil/ milagrosmatagil@yahoo.com

01 de abril de 2013