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Los últimos días (tal vez del paciente espectador)


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01/04/2013

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LOS ÚLTIMOS DÍAS


(Tal vez del paciente espectador)





Vicente Adelantado Soriano





Es curioso ver y comprobar cómo en esta vida siempre pasa lo mismo, todo se repite con una monotonía desesperante, y lo que fue vuelve a ser, y lo que es volverá a ser, sin duda. Así, por ejemplo, en la Edad Media, una armadura, puro hierro, que, en un principio, servía para luchar, se convierte, con el paso del tiempo, en un motivo de adorno, cuajada de incrustaciones de oro y pedrería, para lucimiento de los nobles en los torneos renacentistas. Ya no se lucha. O se hace de otro modo. Y los efectos especiales, en el cine, que deberían servir para potenciar el mensaje, para hacerlo claro y evidente, por decir algo, se han convertido en un fin en sí mismo. Siendo, tal vez, un poco injustos, se podría decir que donde hay efectos especiales marcados no hay cine, o, si se quiere, no hay guión, no hay personajes, no hay profundidad, no hay razones; y en fin, y para no cansar, no hay nada. El ejemplo más claro y fehaciente lo tenemos en esta sucesión de imágenes escritas y dirigidas por los hermanos Pastor. El espectador se encuentra con una serie de cosas que suceden no se sabe porqué, ni interesa mucho saberlo, porque, queda claro a poco de iniciarse la sucesión de imágenes, que lo que interesa son los efectos especiales, mostrar la ciudad de Barcelona devastada por no importa qué. ¿Agorafobia? ¿Virus? ¿Y si es así por qué afecta a unas personas y a otras no? ¿Puede deberse todo esto a la angustia del momento presente, con la crisis, el trabajo inestable, que sí aparece en la película, y a unas relaciones personales insatisfactorias o problemáticas? El espectador, en su más o menos cómoda butaca, puede plantease este y todos los problemas que quiera y le vengan en gana. La película va a lo suyo, que no es otra cosa que mostrar toda la superficialidad a la que es capaz de llegar un burdo guión en el que ha de quedar claro, eso sí, que los autores han visto algo de cine: homenaje a la película de los espacios abiertos, El oso, de Jean Jacques Annaud, y muerte de uno de los protagonistas, José Coronado, en un cine. Y por supuesto, búsqueda, moviéndose por cloacas y subterráneos, del gran amor de su vida, que, para más inri, y en contra de la voluntad del buscador, está embarazada. No podía faltar, hasta ahí podíamos llegar, la escena de cama y la teta en primer plano. La encuentra, por supuesto, a la dueña de la glándula mamaria, tras múltiples, monótonos y previsibles encuentros y luchas; y resulta que la buena mujer tiene un hijo al que, al final de la película, vienen a buscar unos boy scouts del futuro, armados con lanzas y flechas que se van, se supone, a crear una nueva civilización. Como no llevan libros, el cine se ha destruido, y parece que no hay supervivientes, padres y abuelos, el título de la película, los últimos días, hará referencia, no a Pompeya, eso está claro, sino a nuestra civilización. ¿Vuelta a comenzar con estos guapos jóvenes que se van y esperemos que para no volver? ¡Quién sabe! La única conclusión clara de esta burda sucesión de imágenes es que donde hay efectos especiales muy marcados por regla general no suele haber cine, ni buen cine. Por otra parte sería de agradecer que los actores aprendieran de una vez por todas que actuar no es hablar o susurrar como se hace en la vida real y cotidiana, pues muchas veces no se entiende lo que dicen. Podían ir a la ópera y percatarse de que el arte es una convención; o, mejor todavía, hablen en catalán, ruso, chino, castellano o japonés, los de efectos especiales, o a quien corresponda, podían subtitular las películas. Es un tormento tratar de entender las sandeces que dicen los personajes. Y dejémoslo aquí y no hagamos sangre.



Etiquetas:   Cine

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