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La santa semana de una Iglesia decaída


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31/03/2013


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Cuando Erasmo de Rotterdam escribe su ensayo "Elogio a la Locura" en el año 1511, utiliza le demencia como un ejemplo para plasmar una enérgica sátira a las supersticiones y sobre todo, a la corrupción de la Iglesia Católica de ese entonces. En uno de sus viajes al vaticano, el autor de esta trascendental obra se siente completa y terminantemente decepcionado de la Curia Romana, con la cual se ejecutaba el pontificado y el supuesto afianzamiento humano de los principios fundamentales de Cristo. "Elogio a la Locura", fue un fermento de la posterior reforma protestante del siglo XVI, la cual comienza con la exploración a la doctrina medieval, por parte del sacerdote agustino alemán Martín Lutero en el año 1529.


El principal foco de las críticas de Lutero, son las famosas ventas de indulgencias que ofrendaba una iglesia plagada de sumos pontífices corruptos, pecadores y sedientos de poder. A los cuestionamientos formulados por el sacerdote alemán, se sumaron las propuestas del teólogo francés Juan Calvino, las cuales no tan sólo complementaron la detracción organizada al catolicismo, sino que vigorizaron la instauración de nuevas iglesias resguardadas por los principios de la religión cristiana. Esta reforma protestante, lleva a que la Iglesia católica a través del Papa Sixto V, promulgue los nuevos dicasterios en el año 1588, con los cuales se renueva contingentemente la tan nombrada Curia Romana.

Pero ya la semilla de la reforma protestante y las dudas frente al actuar del sumo pontificado, estaban en pleno desarrollo y sin marcha atrás.

Con esta breve reseña histórica, quiero comenzar un somero análisis y comparación de las razones por las cuales la Iglesia Católica Apostólica Romana, en sus casi dos mil años de existencia, se encuentra en una de las peores crisis de su historia. Con la última elección de un sumo pontífice latinoamericano, el Papa Francisco de nacionalidad Argentina, los cardenales dieron una clara señal de que el sucesor de Pedro debe cumplir con ciertos requisitos, pero sobre todo debe tener la capacidad de hacer las reformas que sean necesarias para salvaguardar una iglesia decaída y en inminente peligro de extinción.

Cuando escribo extinción, no señalo que el catolicismo vaya a desaparecer, es poco probable que eso suceda, pero puedo hacer una especie de sinónimo debido a que este deterioro de imagen corporativa de la Iglesia, la seguirá haciendo perder miles de fieles, seguidores, simpatizantes y sobre todo contribuyentes, acompañado de la merma del poder propio del vaticano, el cual está plasmado en la capacidad de hacer política desde la santa sede. No olvidemos que el sumo pontífice, es el soberano del estado del Vaticano y por tales razones posee sedes diplomáticas, organización que también contribuye a la ingerencia para con sus fieles en diversos países, por no decir en casi todo el planeta.

Hoy la Iglesia Católica se encuentra en un conflicto, tal cual como sucedió en pleno siglo XVI, pero la etapa que se observa en la actualidad es una crisis de mayor profundidad que cualquiera de las anteriores vividas. Los casos de pedofilia, detracciones apostólicas y las inconsecuencias de algunos de sus principales líderes, han decantado en un importante éxodo de fieles, la pérdida de vocaciones sacerdotales y quizás la peor de las consecuencias, es el espontáneo cuestionamiento a sus dogmas por parte de una sociedad exigente y no muy conservadora, la cual demanda y exige principios fundamentales acordes a la inmediatez y aceleración global con la que hoy se vive.

No haré juicios de valor en este artículo, mucho menos con relación a que gran parte de las personas que hoy se manifiestan violentamente en las calles, son precisamente las más afectadas por la crisis económica que aflige a diversos países. Pero sí es una realidad y también merecedora de un análisis a la postre, que hoy los individuos reclaman y protestan exigiendo derechos por sobre o más que el cumplimiento de sus propios deberes como ciudadanos y que son las normas mínimas de convivencia en sociedad. En este sentido se juega con la delgada línea roja de los Derechos Humanos, no existiendo un consenso en los límites de permisividad para que los grupos o minorías que se sientan con el derecho a protestar, invadan o perturben la vida de quienes no lo hacen.

Por otra parte, también es cierto que esas manifestaciones apuntan a una terrible desigualdad social y la Iglesia no es precisamente un valuarte que pueda patrocinar estos reclamos, considerando que el patrimonio que ostenta está por sobre lo estimado y no hay indicios de que alguna vez, se pretenda desprender de sus riquezas en beneficio de los más desposeídos. Ya a mediados del siglo XX y en pleno proceso de la llamada guerra fría, la Iglesia Católica realizó el Concilio Vaticano II. Este concilio iniciado por el papa Juan XXIII, el otoño de 1962, concluyó en su cuarta sesión en el año 1965 con el Papa Pablo VI, siendo sus principales tópicos la promoción de la fe católica, la renovación moral de esta iglesia, la relación con las otras religiones sobre todo orientales y el punto más importante, el adaptar la disciplina eclesiástica acorde a los tiempos modernos. Esta última temática del concilio, es la que ha quedado en deuda más notoriamente y se hace presente en la actual crisis que vive esta iglesia. Cuando se menciona adoptar una doctrina acorde a los tiempos, se requiere de un cambio radical en las condiciones de traspasar y propugnar la fe.

Ese cambio en aspectos de fondo, no estuvo acorde a las impulsivas conmutaciones de la sociedad cosmopolita, sobre todo la occidental posterior a las guerras mundiales y tal cual sucede con la mejora estructural de la curia romana en el año 1588, el Concilio Vaticano II se conforma con un importante retardo en comparación a la sociedad que serviría o que recibiría las modificaciones doctrinarias del Catolicismo.

Posterior al Papa Pablo VI llega Juan Pablo I, el llamado Papa de la sonrisa, elegido después de cuatro votaciones y por un estrecho margen de diferencia de sus contendores. Sobre su elección hay diversas especulaciones, siendo la más potente de ellas, el hecho de que se exhibió a los feligreses y al mundo, que el colegio de cardenales se encontraba en pleno proceso de divisiones interiores. Pero la elección de Juan Pablo I no es lo que llama la atención y cuestiona los procedimientos del vaticano, es precisamente la repentina muerte de este Papa lo que dejó entrever una de las más siniestras acciones de encubrimiento y de pugna de poder en pleno siglo XX, casi a la par con las que se criticaron a los pioneros protestantes, Erasmo de Rotterdam, Lutero y Calvino.

Sin mayores reparos, un Papa en pleno ejercicio de sus funciones y a treinta y tres días de su elección, aparentemente fue asesinado. Las investigaciones referentes a esta extraña muerte, siempre se han guardado y se realizaron en el más absoluto sigilo. Luego de heterogéneas indagaciones de periodistas e investigadores, se logró conectar la muerte de Juan Pablo I con algunos problemas que sustentaba el banco del Vaticano y la intromisión de una Logia masónica italiana denominada Propaganda dos.

En el cónclave siguiente la elección debía ser unánime, rápida y conciliadora. El sucesor de Pedro ya tenía nombre y en honor a su antecesor llega al sumo pontificado Juan Pablo II. Con la llegada de este papa viajero, se tranquilizan los escándalos vinculados a las pugnas de poder y corrupción dentro del estado del Vaticano, pero comienza otro vía crucis para la iglesia y es la salida a la luz de miles de casos de pedofilia. Un verdadero cáncer dentro de la religiosidad y de los mismos religiosos del catolicismo.

Juan Pablo II fue una pieza clave en acontecimientos sociales de trascendencia histórica, como lo fue la caída del comunismo a fines de los ochenta. A pesar de estos avances en materia político internacional, emprendidos por un Papa polaco y elegido para tales efectos, el ojo del huracán eclesiástico estaba centrado en el reflejo abierto de una ambigüedad e inconsecuencia en los mensajes de la iglesia, con relación a los actos de sus propios jerarcas.

La Iglesia Católica en los últimos treinta años, ha desarrollado un inexorable pugilato con las libertades sexuales de sus fieles y en general de los seres humanos. El rechazo a la sexualidad libre sin fines reproductivos o dentro de un matrimonio consagrado, al uso del preservativo o a las relaciones dentro de un mismo género, fueron sinónimo de verdaderas pugnas mediáticas con las cuales la Iglesia Católica pretendía impugnar y persuadir a que sus fieles evitaran este tipo de administración de la conducta íntima o privada. El inconveniente es que muchos de los mismos religiosos que lideraban estas cruzadas de “buenas costumbres acordes a la fe”, no conservaban comportamientos sexuales o morales acordes a los que con tanta energía y pasión predicaban. Dicho sea de paso, a fines de la década del 2000, se reunieron miles de denuncias alrededor del mundo de conductas pederastas dentro del clero, aspecto que se evitó e ignoró por muchos años por parte del propio Vaticano.

Con este tipo de acusaciones, con la confirmación de gran parte de los delitos cometidos y con el reconocimiento por parte de la propia Iglesia Católica de que estas realidades se escaparon de todo control posible, llegó un nuevo cuestionamiento masivo acompañado de una importante detracción de fieles, incluso de los más ortodoxos como son por ejemplo la orden de los Legionarios de Cristo, cuyo creador e ideólogo Marcial Maciel, luego de acreditársele abusos sexuales a estudiantes de la propia congregación y posterior a un proceso canónico, fue retirado de su ministerio sacerdotal por órdenes del Vaticano.

Posterior a estas auténticas tempestades y a la pérdida paulatina de la confianza de parte importante de sus mil doscientos millones de fieles en el mundo, la Iglesia Católica requiere de diversos cambios, algunos muy radicales, que permitan elevar su decaída imagen, sostener su base doctrinal y por sobre todas las cosas, el recuperar la razón específica de su existencia, la cual es difundir el evangelio o el mensaje que dejó Jesucristo en este mundo. El desafío al que se ve enfrentado el Papa Francisco, es sin lugar a dudas el más complejo de todas las misiones que pudiese tener un Sumo Pontífice en dos mil años de historia y está resumido en tres puntos fundamentales.

Primero y tal cual como no logró realizar la Iglesia posterior a la reforma protestante y al Concilio Vaticano II, debe equiparar el catolicismo con los tiempos y la sociedad en la cual está inmersa y se desenvuelve. Esto significa que si es necesario, debe modificar algunas bases doctrinarias que no se afianzan con las necesidades actuales existentes. No se justifica, por ejemplo, hoy en día el celibato por parte de los ministros de la fe o sacerdotes. Si analizamos el contexto histórico y real de las sagradas escrituras, la biblia desde sus orígenes hasta nuestros días, ha sido traducida en seis idiomas. Es decir, parte de lo que hoy leemos como textos sagrados, quizás ni siquiera sean los auténticos mensajes o ideas de quienes los trazaron. De los libros sagrados, es de conocimiento antropológico que existen varios textos que no se incorporaron a la actual Biblia y que incluso algunos de ellos fueron encontrados recién en el año 1947 en las cercanías del mar muerto. En estos rollos considerados parte de los textos apócrifos, figura que Jesús, previo a su vida pública, fue instruido por los escenios, un grupo o movimiento judío que data del siglo II A. C., donde una de las costumbres más importantes consistía en que los hombres se casaban y formaban familia a partir de los quince años. Por lo tanto, cuando Jesús inicia su vida pública supuestamente a los treinta años de edad, no tan sólo debe haber estado casado, sino que debe haber tenido descendencia. De acá ya parte una de las más comunes preguntas que se hacen los poseedores de un pensamiento crítico, ¿Cuál es la razón para justificar el celibato en los religiosos católicos? Según señala la iglesia, una vocación sacerdotal requiere de una dedicación completa y exclusiva al ministerio de la fe, sin compromisos ni gastos que requiera el sustentar una familia. Pero si lo analizamos teológicamente, en las propias escrituras el creador habla de que el ser humano debe amar y reproducirse. Entonces, ¿Por qué la Iglesia ha creado sus dogmas basados en los intereses o ideas de sus líderes espirituales?, ¿Servirá el término del celibato para enmendar el rumbo a quienes pretenden refugiar a través de la iglesia sus propios conflictos sexuales?, ¿Permitirá el término del celibato aumentar las vocaciones sacerdotales?

El segundo punto que este Papa Jesuita deberá afrontar en sus reformas a la doctrina eclesiástica, es la inclusión de la Iglesia en un mundo desigual. En efecto, América Latina es el continente de mayor discordancia entre las clases sociales existentes y la Curia Romana en su estructura completa, se encuentra al tanto de esta situación. Esta inclusión en la sociedad y la práctica de esa tan anhelada repartición de las riquezas, deberá moderadamente comenzar por la propia Iglesia Católica y la forma de buscar una distribución de las riquezas existentes en el Vaticano. Acá podemos preguntarnos ¿Cuál es la función del Banco del Vaticano?, si las riquezas y tesoros del vaticano fueron encargados, construidos o creados por los Papas más oscuros de la historia católica y quienes fueron los reales causantes de la reforma protestante, ¿Será necesario guardar tanta riqueza con fines museológicos, existiendo tantos lugares de acogida o de resguardo de personas en riesgo social, ancianos, niños e indigentes viviendo en precarias condiciones?

El tercer punto y quizás el más relevante, es la inclusión de la mujer dentro del sacerdocio, ya que por cientos de años, miles para ser más preciso, el sexo femenino ha sido postergado a un lugar secundario. Para finalizar, el mayor inconveniente y que tendrá que enfrentar el nuevo Papa, es que el colegio cardenalicio está compuesto, en su gran mayoría, por sacerdotes de avanzada edad. Esto más que una visión de ternura, significa una fuerte resistencia a lo que se puede denominar el debate o las reformas modernas, ya que la Iglesia vive en una cadencia de tiempo completamente apartada de la globalización o de la velocidad actual de la sociedad laica, la cual se encuentra concebida gracias a las nuevas tecnologías de las comunicaciones.

Con este escenario, las dificultades a cuestas y con la presión mediática popular, cabe formularse la pregunta de cómo el Papa Francisco, logrará estabilizar y sacar a una deteriorada Iglesia, inmersa además en un estado de coma inducido. El tiempo dará las respuestas y si observamos las señales que el Vaticano nos ha entregado en los últimos años, podemos deducir fehacientemente que hay un intento de remediar los problemas detectados. Por ejemplo, la elección de un Papa Alemán, Benedicto XVI en el 2005, demuestra que se ambicionó ordenar doctrinariamente la iglesia, independiente a su renuncia como Sumo Pontífice.

La posterior sucesión de una papa Latino, también es una potente señal de que se pretende rescatar irrefutables elementos desaprovechados, entre los cuales está el compromiso de fe de una sociedad y de sobremanera una juventud absolutamente desligada a los credos o a la vida espiritual. En la conmemoración de una Semana Santa más, no me queda otra cosa que observar el comportamiento de los que se denominan fieles y seguidores. También observo las actividades de la Iglesia y el intento de mantener la solemnidad como el simbolismo de una fecha que sustenta el conocido y desarrollado misterio de la fe. En los tiempos que vivimos, las crisis económicas existentes y la globalización e integración de las naciones, permitirán que la Iglesia Católica renueve sus votos y doctrina en una humanidad que anhela respuestas inmediatas.

Una sociedad que reclama sensatez y concreción en las afirmaciones, ya que las ilustraciones por argumentos de fe no esgrimen la evidencia de los enigmas y misterios dentro de la vida del ser humano. Hoy se demandan pruebas específicas y manifestaciones concisas. Es muy poco probable que la fe pueda mover una montaña, lo señalo como algo personal y muy propio de mis dogmas. Pero sí creo fehacientemente que la necesidad intrínseca del ser humano en creer en una divinidad permitirá que el decaído catolicismo pueda, a través de sus transformaciones, responder las demandas de millones de seguidores en este planeta. No olvidemos que la historia es la ciencia de las repeticiones.

Tal cual señala Paul Johnson en su libro Historia del Cristianismo, pese a todas las imperfecciones, la oscuridad y el mundanal vínculo de la religión, durante más de dos milenios la Iglesia Católica Apostólica Romana ha ejercido mayor influencia en el destino de la humanidad que cualquier filosofía.

 



Etiquetas:   Iglesia Católica

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