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Oz: un mundo de fantasía


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30/03/2013

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OZ: UN MUNDO DE FANTASÍA






Vicente Adelantado Soriano





El otro día, en un autobús, oí, sin querer, una conversación tan entretenida como crítica entre un par de profesores todavía jóvenes. Entre las muchas y sabrosas cosas que se dijeron, y para hablar de la película que nos ocupa, cabe destacar la siguiente conclusión de uno de ellos: si de estudiante, o de joven, hubiera asistido a una evaluación o reunión de profesores, seguramente se me hubieran ido las ganas de estudiar. Ganas me dieron a mí de ser indiscreto, de meterme en camisa de once varas, y de preguntar a esos profesores qué sucedía en dichas reuniones o evaluaciones, ya que había producido en uno de ellos tal desencanto. No hizo falta mi intervención, y no porque ellos fueran indiscretos, sino por la visión, al día siguiente de este encuentro, de la película de Sam Raimi. A los pocos minutos de iniciada la proyección, uno da gracias por no ser el niño inocente y bobalicón que era; y por creerse todo lo que le decían con edulcoramiento y maravillosos efectos especiales. Sí, si los pasajeros del autobús daban las gracias por la ignorancia pasada, yo las daba por un cierto conocimiento presente; y por no creerme nada de cuanto sucedía en la pantalla. Espero que tampoco les afecte a las criaturas a las que va dirigida la película.

Cierto es que no todos los tiempos son uno, y que, probablemente, los niños de hoy no sean tan inocentes como los de antes. Lo que sigue siendo nefasto es el cine que, pretendidamente, va dirigidos a ellos. Pues la conclusión de un joven, a la salida del cine, fue que en los cartelitos en vez de poner “para mayores de siete años”, debería poner “para menores de catorce años”. Y aun así deberían ir acompañados de sus padres. Más que nada para que les adviertan estos de las trampas e insensateces que van a utilizar en su contra: la ingenuidad de unos padres que creen que un mago de feria puede curar a su hija paralítica; la amistad del mago de feria con una muñequita de porcelana, a la que, como un nuevo Jesús, devuelve la facultad de caminar, pegando sus rotas piernecitas; y la inquebrantable lealtad de un mono al que ha salvado la vida. Más tópicos imposible. Y lo malo no es la aparición de los tópicos sino el uso que se hace de ellos. Pues con la muñequita, el monito, vestido de botones, y una bruja buena, Evanora, que luego se hace mala por un supuesto desengaño amoroso, el tal mago debe rescatar a la ciudad de Oz del poder de la Bruja Mala. La Bruja Mala es tan mala que se hace pasar por buena, y a la que todo el mundo tenía por mala es buena. Cosas veredes, Sancho, que farán fablar a las piedras. Pero ya sabemos que casi nada es lo que parece. Ahora bien, la Bruja Mala ha reunido y tiene tal cantidad de oro que ella sola sería capaz, si lo repartiera, de acabar con un millón o dos de corruptos. O de rescatar a varios países superpoblados con problemas de liquidez. Pero en lugar de hacer eso, el amor y el odio pueden más que el dinero, las brujas, malas y buenas, luchan por rencores de antaño o por celos de hogaño. A todo esto, tres pueblos variopintos temen a la Bruja Mala, y esperan al mago como algunos esperaban al Mesías que los iba a liberar del poder de Roma. Entonces apareció el hijo de un pobre carpintero, casado en segundas nupcias para más inri, y ahora aparece un farsante. Dicho farsante descubre que la magia reside en utilizar lo que los otros desconocen. El cine es magia para unos seres medievales. Y, desde luego, un moje medieval nos hubiera llevado ante el tribunal de la Inquisición si nos hubiera visto apretar un botón y que se abre la puerta del garaje. Todo esto contado con una fotografía y unos decorados no aptos para diabéticos, aunque los efectos especiales, como siempre, estén muy bien realizados.

Por supuesto el mago vence a las Brujas Malas, y para que los niños no le den importancia a los regalos comprados con dinero, les regala a sus amigos, cuando ha ganado la batalla brujeril, su amistad, su cariño y su amor. Precioso. Por si mensaje no queda claro, cuando Teodora, nombre contradictorio, ya hecha Bruja Mala, se sube a la escoba y empieza a volar, esta, la escoba, tira un chorro de humo que imaginamos contaminante y maloliente. Un asco.

No hay nada como la inocencia, de verdad; pero quienes ya la han perdido, si la tuvieron alguna vez, podían hacer cosas de más sustancia y sensatez para los angelicos que, al parecer, todo se lo creen. No hay nada más difícil, desde luego, que escribir un cuento para niños sin tratarlos de imbéciles o de necios. Quizás por eso la película de Sam Raimi hace aguas por todas partes. No obstante, nunca las palabras The end estuvieron puestas con tanto gusto y propiedad.



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