Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Sociedad   ·   Criptomonedas   ·   Bitcoin   ·   Estado del Bienestar   ·   Estado de Derecho   ·   Constitución   ·   Bienestar Social



Una burda imposición


Inicio > Literatura
30/03/2013

1192 Visitas



UNA BURDA IMPOSICIÓN






Vicente Adelantado Soriano





-Es posible que en la antigüedad clásica, o en tiempos no tan remotos, la fiesta de una comunidad, una ciudad, o una polis, la sintieran todos y cada uno de los habitantes del pueblo, la ciudad o la aldea. Todos ellos, en consecuencia, participarían en los rituales, fiestas y procesiones. Y aquellos días de ocio servirían, tal vez, para dar una mayor cohesión al grupo al tiempo que afirmaba sus viejas tradiciones y costumbres. Eran aquellas, de ser las cosas así, unas fiestas totales, o globalizadoras, como se dice ahora. Parece ser que ir al teatro en la Grecia de Sócrates y Pericles era algo similar a asistir a una misa mayor en san Pedro del Vaticano, o a la misa del gallo. Ahora bien, no es menos cierto que hablar en términos totales, de todo un pueblo o una comunidad, es un poco necio y absurdo. Cuesta imaginar que un campesino medio fuera capaz de aguantar Edipo rey, por poner un ejemplo, sentado en una dura piedra por mucho que dicha piedra fuera mármol de la mejor calidad. Y cuesta mucho, por lo tanto, creer que dicho campesino participara de las desgracias del pobre descendiente de Layo o se enterara de cuanto sucedía en escena.

Me había salido una parrafada más o menos preciosa y coherente, aunque con ella estaba muy lejos de expresar todas las incomodidades que supone para mí la ciudad en fiestas. Es mejor hablar de forma sesgada, en pequeños círculos, pues de esta forma, sutilmente, se le puede sacar una cierta utilidad a las molestias y a las pequeñas pejiguerías de la vida cotidiana; y se evita la confrontación directa. La mejor utilidad de la fiesta, en los momentos actuales, y tal vez siempre, ha sido, y es, generar una buena conversación.

-Quizás lo que está planteando usted -me dijo doña Paquita- es, en el fondo, un problema de lenguaje. Yo nunca me he creído que todo un grupo de personas, una sociedad entera, o un país, piense igual o sienta de la misma forma. Y eso, precisamente, era lo que me daba un poco de rabia de los libros de texto: estudiaba usted cualquier época, e inmediatamente, de forma invariable, tenía una entrada en la que se hablaba de las características de esa época. Y así la Edad Media viene caracterizada por ser una época cristiana. ¿Todo el mundo lo era? Cuesta creerlo, ¿no le parece?

-Sí, tiene razón. Es un problema de lenguaje. Todo estudio tiene que delimitar épocas o tiempos. Y definirlas, por contraste con las otras, para saber de qué está hablando y en qué momento se está centrando. Quizás en el fondo todo sean meras convenciones.

-Efectivamente. Todo eso estaría muy bien -volvió a decir mi atenta doña Paquita- si fuéramos capaces de no perder de vista que cuanto estamos diciendo es un esquema, un andamiaje que alguna vez habremos de quitar. Y es posible que, entonces, la catedral, o la iglesia románica, se nos caiga encima, o nos percatemos de que hemos pasado de un estilo a otro sin darnos ni cuenta. Quiero decirle que si usted coge una iglesia del románico, de los Pirineos, y la estudia teniendo delante la catedral de León, verá unas diferencias sustanciales...; pero la cosa no fue así. Hay todas unas soluciones, una continuidad, que nos lleva a dicha catedral. No obstante, siempre que se estudia una época u otra, se hace abstracción. Y es cierto, hay algo de falso en ello, mucho quizás. Pero también es cierto que siempre perdura algo que tiene un cierto regusto a verdad, a haber dado en el clavo si usted quiere.

-No sé qué decirle. Todavía recuerdo con una cierta vergüenza aquellos primeros días en los que comencé a trabajar de profesor. Hoy creo que hace falta mucha inocencia, necesidad, o algo de pedantería o orgullo, no sé, para ponerse delante de un grupo de alumnos y comenzar a hablar.

-No le falta razón -me dijo doña Paquita sonriendo-. Aunque se olvida de otro factor: el valor. A veces un profesor necesita más valor que un torero. O que un actor que sufra de pánico escénico.

-A mí tampoco me hubiera venido mal una de aquellas enormes máscaras que llevaban los actores del teatro griego. Al menos en algunas situaciones.

-¿Qué le sucedió a usted? Me está intrigando.

-Nada importante en realidad. O mucho, depende de cómo se mire. La cuestión es que estaba en clase, un día de lluvia, démosle un toque poético, explicando a los alumnos las características del Renacimiento.

-¡Ah, Dios mío! -exclamó la buena señora con una sonrisa.

-Llené la pizarra de esquemas, flechas y fechas, e iba contraponiendo unas cosas con otras. Es decir, comparaba el Renacimiento con la Edad Media a fin de hacer más nítidas las características de la época. Y en un momento determinado, eché mano de la conocida prueba del soldado romano. ¿Se acuerda usted? Y perdone por la pregunta.

-Sí, creo que sí -dijo fingiendo pensamientos profundos-. Corríjame si me equivoco: si tomamos dos cuadros, Edad Media y Renacimiento, que representen la crucifixión de Jesús, el de la Edad Media pinta al soldado romano vestido como un caballero medieval; y el del Renacimiento, época de ediciones de los clásicos y de estudios de forma de vida, presenta al mismo soldado vestido como iban vestidos los romanos de la época de Cristo.

-Exacto. Tal y como usted lo ha dicho. Y así, joven y entusiasta profesor yo, lo acababa de leer en algún libro. La explicación me pareció genial; y con entusiasmo y pasión, lo expuse en una clase. Eran mis primeros tiempos; todavía recuerdo aquella mañana con alegría y contento, pese a lo que sucedió después... A los pocos días tuve la posibilidad de sacar a los alumnos y llevarlos a un museo. Y allí los alumnos me sacaron los colores a mí: me señalaron un cuadro del siglo XV, una crucifixión, en la que el susodicho soldado romano llevaba una armadura medieval.

-Siempre le quedaba a usted el recurso de decir que en España la Edad Media terminó en 1492.

-Lo malo es que les había explicado que todo eso de las fechas son convencionalismos... Además, en aquel momento no estaba yo para pensar: sentí tal vergüenza que hasta las gafas se me empañaron. Y me maldije por no hacer lo que siempre se ha dicho: consultar las fuentes... Tenía que haber ido al museo, percatarme de si era cierto eso del dichoso soldado romano.

-¡Ah, querido amigo! Si tuviéramos que comprobar todas y cada una de las cosas que decimos en clase, no diríamos nada, o sólo hablaríamos de perogrulladas, de verdades vulgares. Yo no he estado nunca en Alemania; y, sin embargo, hablaba de Alemania, y trataba de despertar el interés por Goethe, por Thomas Mann... E imagino que, como usted, habré dicho alguna cosa que, en el mejor de los casos, no se ajusta mucho a la verdad.

-A mí me afectó aquella llamada de atención de los alumnos.

-Tampoco fue tan grave.

-Era joven, se trataba de mis primeras clases, e iba lleno de buenas intenciones y con deseos de explicar la verdad.

-¡Ay, la verdad! Se olvidó usted de Joyce, de esas grandes palabras que tan desgraciados nos hacen.

-Como diría nuestro querido compañero el señor Jordi, el vaso se puede ver o bien medio vacío o bien medio lleno.

-Es cierto.

-Yo entonces lo vi vacío del todo. Y a fin de llenarlo fui más precavido en las clases: evitaba grandes definiciones, grandes esquemas, trazos gruesos. Me hice un poco más sutil y bastante menos pretencioso.

-Eso está bien -dijo con una bondadosa sonrisa doña Paquita-. No me acuerdo quién, dijo que es enseñando, tratando de hacerlo, seamos un poco justos, cuando uno comienza a aprender.

-Yo en aquel momento, en el museo, sentí tal vergüenza que de quien me acordé fue de Luis Vives. Había leído y releído, cómo no, Las disciplinas. En un capítulo de su largo estudio, Vives dice que el maestro debería ser una persona mayor, de unos cincuenta años, formado y con experiencia de la vida...

-¿Y usted cree que alguna vez se tiene la suficiente experiencia como para enseñar a otros? Claro, que depende de lo que queramos enseñar. Y si tiene usted en cuenta a la gente que tiene delante...

-Eso es lo de menos, señora mía. Lo importante, creo yo, es la actitud del profesor.

-Sí; pero comprenderá usted que no lo va a dominar todo. Aunque tenga cien años. A veces también he tenido yo la impresión, como usted, de moverme en un campo de minas. Y tenía dos soluciones: quedarme parada, no estallaba ningún artefacto y nos moríamos de inanición; o nos arriesgábamos sufriendo explosiones, y dejándonos cosas por el camino. Creo que es mejor arriesgarse... Ya sé que usted no es muy creyente, y perdone por meterme donde no me importa, pero le recomiendo que lea la parábola de los diez talentos.

-La conozco. Es la que siempre he esgrimido para atacar a la Iglesia: si el señor castiga al siervo que entierra el dinero que le entregó y no lo hace fructificar, el señor, decía, también me ha dado a mí una razón y una inteligencia, y un sexo; y el día de mañana me puede tirar en cara no haberlos usado, como recriminó a aquel siervo que no utilizó el dinero que le dio a fin de que lo hiciera fructificar.

-¡Qué cosas tiene usted! -exclamó divertida doña Paquita.

-¿Qué quiere que le diga? Es una parábola, por lo tanto... Volviendo a nuestro tema, y ahora viene que ni de perlas, también se ha dicho, hasta la saciedad, que la Edad Media fue una edad muy religiosa, donde la gente era muy devota y muy creyente, etcétera, etcétera. Ahora bien, nunca se explicaba en los libros de texto que no es lo mismo la religiosidad de aquellos tiempos que la de ahora. Entonces había, por ejemplo, un Juan Ruiz o un Boccaccio.

-Y ahora es impensable. Se lo comían vivo los sindicatos, las asociaciones de esto y de aquello, las juntas, las juventudes de este y del otro signo, los partidos políticos y hasta los equipos de fútbol.

No pude evitar una leve carcajada.

-Y hasta la propia Iglesia -añadí.

-¿No le llama la atención -me preguntó- que en la Iglesia nada más estallan escándalos de pederastia? Y por regla general son también casos de homosexualismo... ¿No hay relaciones con mujeres adultas o no salen a la luz?

-O a lo mejor es que no se atreven con ellas. No lo sé. Desde luego las historias del arcipreste Juan Ruiz son muy divertidas, como también lo son algunos cuentos de El decamerón. A mí me hizo gracia, volviendo a los famosos Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós, que los curas de dichos episodios no consideran el sexo como un pecado. Aparece un cura, carlista, llamado Juan Ruiz, en un episodio titulado Carlos VI en la Rápita, que convierte su casa en un harén. Allí tiene a sus mujeres trabajando y rezando porque, dice, con el pío de los rezos se vuelven ángeles, y con los ángeles hace uno lo que quiere.

-¿Ve como no se puede generalizar? O como diría don Miguel de Cervantes, no todos los tiempos son unos. O no todos respondemos igual ante las mismas cosas o los mismos estímulos. Caso de hacerlo así, el mundo sería una balsa de aceite.

-O un campo de concentración. Sí, en eso tiene usted razón. No obstante, siempre hay una cierta tendencia al simplismo, a explicarlo todo con cuatro esquemas...

-Vuelvo a decirle que, tal vez, se trate de un problema de lenguaje. Yo no sé si a usted le ha sucedido alguna vez; pero en alguna que otra clase, cuando trataba de explicar el siglo XIX, siempre me tropezaba con el mismo problema: ¿cómo hacerles ver a los alumnos que Romanticismo, Realismo y Naturalismo se daban casi al mismo tiempo, por no quitar el casi? Creo que fue Víctor Hugo quien se quejó, una vez, de que la novela no pudiera ser como la ópera: necesitaba hacer hablar a cuatro o cinco personajes al mismo tiempo. ¡Ah, si pudiéramos representar toda la realidad al unísono!

-Hubiera vuelto locos a los alumnos. Y además, le hubieran salido con la inevitable pregunta: ¿Y todo eso va para examen?

-Sí -rió de buena gana-. En eso tiene toda la razón. ¿Y no le parece a usted maravilloso lo que ha hecho el hombre? Me refiero -explicó viendo mi cara de estupefacción- a que en una tela, que tiene una sola dimensión, es capaz de hacer creer que hay varias capas, diversas profundidades... ¡Ah, el descubrimiento de la perspectiva me parece una verdadera maravilla! Y sí, es cierto que la lengua es lineal, como lo es la novela; pero ¿no es genial que termine usted de leer El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y le aparezca la obra como un todo? ¿Y qué me dice de la música?

-Que me encanta, ¿qué quiere que le diga? Y más a esta edad en la que se me cansa la vista apenas he leído diez o doce páginas. Sí, la música, haciendo sonar muchos instrumentos al mismo tiempo, y la voz si se tercia... Tal vez sea el ejemplo más claro del arte como captación de la totalidad. Sin fisuras.

-No deja de ser una visión y una opinión. Habría que hablar ahora con un músico.

-Sí, es cierto. Un músico. Estamos faltos de músicos... Estos días -le confesé- estoy un poco mediatizado por las dichosas fiestas.

-¿No le gustan?

-No me gusta el concepto que se tiene de ellas. No entiendo que la diversión consista, y se permita, en hacer ruido tirando petardos y cohetes a toda hora. Y que por las noches, para bailar, o divertirse, tengan que poner unos insoportables zumbidos, me niego a llamar música a eso, a tal volumen, que no dejen dormir a un barrio completo. Es la globalización no de la fiesta sino de la estupidez humana.

-¿No se le ha ocurrido pensar que quizás el hecho de tener que molestar a los demás es el signo inequívoco de la falsedad de esa fiesta?

-Claro que lo he pensado. Como también he pensado que es ese el eterno tema del hombre: cuando no está seguro de sí mismo trata de imponer sus cosas, religiones, fiestas, creencias o formas de vida, a los otros, o bien con la Inquisición, el Absolutismo o la Impunidad, o equipos de música para emitir gruñidos. Es como si la cantidad le diera la razón. O dicho con un viejo refrán castellano, y perdóneme por la crudeza del mismo, la que es puta no lo quiere ser ella sola. No sé si me expreso.

-Perfectamente. Pero ¿no esperará que me escandalice a estas alturas?

-Faltaría más. Por supuesto que no.

-A mí también me molesta no poder dormir por las noches por esos bestiales zumbidos con los que nos castigan los oídos. Pero qué le vamos a hacer. Hay cosas contra las que nada podemos.

-Sí, tal vez sea ese uno de los fracasos más terribles de la educación: no enseñar un cierto respeto hacia el prójimo.

-No exagere. Dentro de poco se terminará la fiesta, dejarán de molestarlo por las noches, y volverá a dormir como un bendito. Usted sabe que la inmensa mayoría de las personas no son felices ni con su vida ni con su trabajo. Necesitan, por lo tanto, una válvula de escape, sentirse dueños de la calle, de la noche y hasta de sus vecinos durante unos días. Luego, para bien o para mal, vuelve todo a la normalidad.

-Hasta los próximos idus de marzo.

-Sí, hasta los próximos idus de marzo. Pero en el fondo, a mí los festeros me dan un poco de envidia: al fin y al cabo han conseguido ellos lo que no he logrado yo: hacer de la fiesta un todo. Yo jamás logré que mis alumnos percibieran los movimientos literarios del siglo XIX como distintas formas de escribir que se produjeron al mismo tiempo. Y eso que los reduje. Pues a mí -me confesó sonriéndome- también me pasó algo similar a lo que ha contado usted. Me daba pánico hablar en una clase de aquello que yo no conocía. Me parecía deshonesto explicar obras, novelas, ensayo o teatro, que yo no había leído. Y así de la novela naturalista no conocía más que las novelas, que no me gustaron, de doña Emilia Pardo Bazán. Cuando leí las originales del movimiento, las de Émile Zola, el mundo se me vino encima: Zola es un excelente novelista, infinitamente mejor que Pardo Bazán; y un excelente publicista: todo eso del Naturalismo es una pamema que se inventó él para vender mejor sus obras. En ellas yo no veía el determinismo por ninguna parte, ni ninguna de las características que, tan ordenadamente, nos servían los libros de textos con fechas, colorines, asteriscos y demás. Reduje el Naturalismo a explicar dos tonterías, hasta que salió en una prueba de acceso a la universidad, y mis alumnos se quedaron en blanco.

De repente doña Paquita guardó silencio. Por la calle iban los dos o tres aburridos de siempre tirando petardos. Algunos hacían un ruido horrible.

-Me sucedió lo mismo que a usted -me dijo en tanto comenzaron a brillarle los ojos-: me quedé avergonzada delante de mis alumnos. Les pedí disculpas y perdón de la mejor forma que pude. Y me negué a tener ideas propias delante de ellos. Pues ellos tenían que responder ante un examen, con preguntas muy precisas, en las que no cabía lo que yo me negaba a aceptar, la existencia del Naturalismo.

-Sí, siempre nos tropezamos con las mismas cosas: con la estupidez de lo que se ha dicho una y otra vez, que nada cuestiona, y que llega a ser una verdad incontrastable.

-No, no es eso; no es que sea un dogma lo que dice el libro de texto o la historia de la literatura. Lo que yo confundí fueron los espacios. El aula no era el lugar indicado para desmontar todas las cosas que se dicen sobre el Naturalismo.

-Si el profesor actúa de esa forma, corre el riesgo de transformarse en un papagayo. ¿Y a quién le importa de todas formas?

-Me importaba a mí.

-¿Y qué es lo que hizo?

-Poca cosa: advertir que cuanto iba a decir no era verdadero, pero que se lo estudiaran tal y como estaba en el libro, o lo iba a poner yo en la pizarra, por si salía en algún examen... Por supuesto que lo ideal hubiera sido hacerles leer alguna novela de Zola; pero qué quiere: el lenguaje es lineal y la vida tiene sus limitaciones. Al fin y al cabo, aquellas criaturas también tenían derecho a ir al cine, a salir con los amigos y a divertirse. Tenemos que reconocer nuestros propios límites.

-Es decir que la totalidad, la globalización, no se da más que en la absurda fiesta y en las insufribles molestias.

-Hacer partícipe a un vecino, o a toda la residencia, de la alegría que le ha producido un libro o un sinfonía es imposible. Ahora bien, no le quepa duda de que se enterará si el equipo de fútbol de la ciudad ha ganado alguna copa.

-Sí, hay cosas que no se prestan.

-Déjelos que metan un poco de ruido. Siempre se necesitan válvulas de escape. Y el país está pasando por unos momentos terribles. Una semana de ruidos no es mucho.

-Tiene usted razón, doña Paquita. ¿Sabe? Me encanta hablar con usted. Me hubiera encantado que hubiera sido profesora mía.

-Lo estoy siendo, criatura, lo estoy siendo.







Etiquetas:   Tolerancia

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17272 publicaciones
4442 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora