LOS ÚLTIMOS DÍAS: thriller apocalíptico con mensaje social

Si algo se le podía reprochar a buena parte de la oleada de películas de tintes apocalípticos que la industria del cine acogió especialmente con la entrada del nuevo milenio, era su completa -y concienzuda-  suspensión de la credibilidad, propiciada fundamentalmente por ofrecer historias protagonizadas por zombies, vampiros o cualquier otra especie tan escatológica, como por completo improbable, ambientadas en paisajes inhóspitos, desconocidos para el espectador. Reglas válidas, en todo caso, y en su gran mayoría disfrutables. Ahora bien, ¿qué ocurriría si el protagonista de la función no fuera la avalancha de alienígenas de la que tiene que huir Tom Cruise en La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005) o los mutantes a los que intenta combatir Will Smith en Soy leyenda (2007)? O, en otras palabras, ¿qué ocurriría si la acción la encabezaran dos personas de carne y hueso, con los que cualquiera nos podemos identificar, se desarrollase en un lugar fácilmente reconocible y las consecuencias de la epidemia no fueran criaturas cada cual más extraña, sino un pavor incontrolado a la realidad, una irracional sensación de agorafobia que, quién sabe, nadie está libre de padecer? El resultado sería Los últimos días (Àlex Pastor & David Pastor, 2013), la última gran sorpresa del cine español. 

 

. Reglas válidas, en todo caso, y en su gran mayoría disfrutables. Ahora bien, ¿qué ocurriría si el protagonista de la función no fuera la avalancha de alienígenas de la que tiene que huir Tom Cruise en La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005) o los mutantes a los que intenta combatir Will Smith en Soy leyenda (2007)? O, en otras palabras, ¿qué ocurriría si la acción la encabezaran dos personas de carne y hueso, con los que cualquiera nos podemos identificar, se desarrollase en un lugar fácilmente reconocible y las consecuencias de la epidemia no fueran criaturas cada cual más extraña, sino un pavor incontrolado a la realidad, una irracional sensación de agorafobia que, quién sabe, nadie está libre de padecer? El resultado sería Los últimos días (Àlex Pastor & David Pastor, 2013), la última gran sorpresa del cine español. 
El guión, firmado por los propios directores -que ya demostraron con su opera prima, Infectados (2009) su interés por las historias sobre el fin de la Humanidad-, arranca en 2013, en una Barcelona post apocalíptica, devastada. Una inexplicable plaga impide a la población salir de los edificios; entre ella está Marc (Quim Gutiérrez), que intentará superar esa extraña sensación ante los espacios abiertos para reencontrarse con su novia Julia (Marta Etura). Para dicha misión deberá aliarse con una persona con la que parece no tener nada en común, Enrique (José Coronado), pero con el que acabará entablando una singular y afectiva relación, uno de esos muchos hechos que ponen de relieve las buenas intenciones de un film fascinante, complejo. Para plasmar este original punto de partida en el cine, los directores se sirven de un lenguaje visual rico, superlativo, regalándonos algunas de las imágenes más impactantes del cine español reciente, como las insólitas recreaciones del metro de Barcelona, la Estación de Sants, el Arco del Triunfo o la Vía Laietana. Escenarios donde se deja ver el gran esfuerzo de producción de una película enormemente beneficiada por sus buenos efectos especiales y, sobre todo, por la continua exhibición de ese arrojo y esa ambición -no sólo capaz de amortizar hasta el último céntimo sus 5 millones de € de presupuesto, sino que hacen que parezca el doble-, que algunas veces se echa en falta en nuestro cine . En esta línea, el disfrute sensorial está garantizado.

Pero lo realmente fascinante de la propuesta, más allá de sus algarabías técnicas -también en el apartado de fotografía, en un film especialmente difícil de iluminar-, es su mensaje(s), su demoledor trasfondo social, condensado de manera magistral en la (nada gratuita) frase "¿hasta cuándo vamos a seguir caminando por las alcantarillas?" del personaje de José Coronado. En efecto, la sociedad que se dibuja en Los últimos días es una sociedad que ha perdido su esencia, su razón de ser, a favor de los avances tecnológicos. No se trata de demonizar esta rama del progreso, sino de reflejar el alto coste humano que, en nuestro día a día o durante el paso de los años, esto lleva implícito. De ahí ese esperanzador final -de tintes bíblicos, con reminiscencias a Adán y Eva, absolutos precursores de la especia humana según numerosas creencias-, de catarsis, de pura regeneración, de absoluto renacer. Si a esto le añadimos la falta de credibilidad de la que gozan las más altas Instituciones en la actualidad en España -desde la Política, con ese Presidente del Gobierno capaz de asegurar sin ruborizarse en uno de sus continuos brotes de cinisimo que "todo va bien", a esa policía corrupta, pasando por la dificultades de los inmigrantes, a los que a menudo juzgamos víctimas de nuestros prejuicios-, a las que la película quizá no lance los suficientes dardos envenenados, pero que están ahí. Y duelen. Sólo hace falta saber interpretarlos, aunque para ellos se haga (casi) necesario un segundo visionado.  

Otros aspectos positivos de la obra, como la bien insertado que está el product placement -técnica de financiación a reivindicar, sobre todo en estos tiempos de incertidumbre- o la extraordinaria banda sonora del siempre intachable Fernándo Velázquez -que dota de grandiosidad y emoción el conjunto, sobre todo el imprescindible y épico tramo final-, cubren las carencias de la producción, como su descuidado trabajo de montaje o el hecho de que no se tome demasiado en serio en determinados pasajes, provocando la involuntaria risa del personal. Un espectáculo donde se conjuga la amistad, el afecto, la denuncia social, el thriller, la ciencia ficción y, en última instancia, el amor. Un nuevo ejemplo, en suma, de que en España sabemos hacer cine de industria, con profesiones íntegramente españoles. Los últimos días es una notoria válvula de escape a nuestros problemas diario, aunque, paradójicamente, éstos estén reflejados en la gran pantalla. Sólo hay que tener el valor de arañar la superficie. 

UNETE



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