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EL GUERRERO PACÍFICO: admirable historia de superación


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26/03/2013


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El guerrero pacífico (Victor Salva, 2006) es una de esas películas que interpretan el oficio del cine como herramienta para elaborar una vehemente reivindicación del ser humano, de la grandeza intrínseca del individuo, de su fortaleza interna y externa. Basada en la novela autobiográfica de Dan Millman, ex campeón mundial de trampolín y reputado entrenador físico, hay que agradecer a la propuesta no ya sólo sus buenas intenciones -algo ya de por sí elogiable en los tiempos que corren-, sino su empecinada voluntad de definirse, más que como una película, como uno de esos manuales de autoayuda capaces de hacer pensar al espectador y, en última instancia, convertirle en una mejor persona. Y todo sin resquicios de moralidad ni aleccionamientos gratuitos, tan sólo el firme compromiso de un director que acierta al plasmar en pantalla grande el caso real de un joven atleta cuya historia, vivo ejemplo del espíritu de superación y sacrificio, bien merecía ser adaptada al cine.






El guerrero pacífico nos embarca en el viaje interior de Millman (Scott Mechlowicz), que comenzará cuando se cruce en su vida un extraño personaje de nombre Sócrates (Nick Nolte), dispuesto a transmitirle toda su sabiduría, la mayorías basadas en la antigua filosofía Zen. Gracias a sus enseñanzas, el joven se sobrepondrá a un accidente de moto que lo dejará postrado en una cama, convirtiéndose en el vivo ejemplo del tesón y la constancia. Las frases o pequeñas lecciones de filosofía de Sócrates, que el director deberá juzgar si es un personaje que realmente existe o, si por el contrario no habita más que los mundos de fantasía del protagonista, reflejan el gran trabajo de guión que hay detrás de la película. Cada una de ellas no sólo funciona como un perfecto titular aplicable a la vida de cualquier con la más mínima aspiración -"Me considero a mí mismo un guerrero pacífico porque las verdaderas batallas se libran en el interior"; "Las personas más difíciles de amar son las que más lo necesitan"...- sino que nunca resultan gratuitas, ya que la gran baza del film es observar cómo Dan Millman va adaptando e incorporando cada una de ellas a su rutina diaria. El espíritu de superación, por tanto, logra traspasar la pantalla y, contra pronóstico, termina ganándose al espectador que, incluso, llega a emocionarse. 

Blanco perfecto para los que interpreten este tipo de películas como una sucesión de axiomas de tintes pseudo-filosóficos -o, dicho de otra forma, de lecciones de primero de manual-, conviene no dejarse llevar por los prejuicios a la hora de juzgar El guerrero pacífico. No sólo por la (sana) voluntad desde el que está contada -quizá porque la novela cambió la propia vida del director, en esa época en prisión por abuso sexual a menores-, sino porque a diferencia de muchas de sus homólogas no cae en los temidos derroteros teen, al esquivar cualquier atisbo de historia de amor tan empalagosas como innecesarias. El guerrero pacífico se centra en lo verdaderamente importante, como es su vehemente reivindicación del autoconocimiento -porque, tal y como se desprende de la cinta, el interior es el único lugar donde uno encuentra lo que necesita, o el ensalzamiento del entrenamiento mental, en ocasiones relegado incomprensiblemente a un segundo plano, tras el físico. Junto a su argumento, lo que hace hipnotizante el film es lo bien llevado que está a la gran pantalla, introduciendo pequeñas píldoras de ciencia ficción o recurriendo a la cámara lenta con el fin de dar grandiosidad al conjunto final. Lástima que al director se le vea el plumero, en lo que a la búsqueda del melodrama se refiere, en escenas puntuales como en la que Millman destroza todos sus trofeos olímpicos, o que en alguna escena se quede definida la línea que separa la realidad  de la fantasía. Males menores, en todo caso.

La película, que aunque tiene puntos en común no es un remake de Karate Kid (John G. Avildsen, 1984) como popularmente se cree, consigue dejarte clavado en el asiento durante buena parte de su metraje, sobre todo en las escenas en las que el protagonista hace gala de su excelente condición física; instantes donde mejor queda patente la pasión y el espíritu de la película, reforzadas por una banda sonora poderosa que, para más inri, imprime de carácter épico la propuesta. En suma, una película dirigida con eficacia, bien narrada, con gran sentido del ritmo y, lo más importante, admirable en su capacidad de conjugar como pocas su voluntad de entretener con la de instruir. Poco más se puede pedir. 





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación

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