De las penas de los Maestros

Hoy es Día del Maestro. He recibido felicitaciones y muchos buenos deseos. Ha sido maravilloso darse cuenta que existe quien valora lo que el Maestro hace. Lo agradezco en el alma.

 

. He recibido felicitaciones y muchos buenos deseos. Ha sido maravilloso darse cuenta que existe quien valora lo que el Maestro hace. Lo agradezco en el alma.
 

De hecho, recibí una invitación a tomar café y arreglar el mundo de parte de una Maestra muy animosa con quien he tenido la fortuna de compartir momentos alegres y también, las penas de saber que el empleo ha terminado.

 

Hoy me invita para contarme un asunto que hace que me hierva la sangre.

 

Una maestra, de quien no me ha dado el nombre, trabaja para un muy famoso Instituto, que es muy importante. Me dice que no le pagan su salario a tiempo, que no le cubren vacaciones, que no le conceden tiempo para tomar sus alimentos, que le han negado copia de su contrato de trabajo, que no le cubren aguinaldo, que si se atreve a reclamar será boletinada a todas las escuelas e institutos del país para que nunca nadie más la contrate, a pesar de estar prohibido por la ley y en suma, esas cosas que la Ley Federal del Trabajo y la sangre de los que conquistaron los derechos de los trabajadores, al Instituto poco le importan.

 

Ayer, platicando en redes sociales con un muy reconocido columnista, escritor, editor, novelista y todo lo que implique el esfuerzo de estudiar, leer y pensar bastante lo que sea en favor del obrero, me dijo, literalmente: “En el fondo, los intelectuales siempre han luchado en defensa de los más desprotegidos, los obreros, los campesinos, pero no han tenido la suficiente honestidad para alzar la voz en defensa propia, por eso me gusta que expongas aquí la realidad de lo que está sucediendo en esos niveles, porque una vez que se exponen los problemas, inicia la búsqueda de soluciones para revertir la injusticia”.

 

La suma de ambas situaciones me ha llevado a escribir la presente nota y lo someto a su consideración, mi querido lector.

 

¿Es válido, es correcto que una empresa, un negocio como lo es una muy importante y famosa escuela niegue las mínimas prestaciones a sus trabajadores? ¿El hecho de ser Maestros, es decir, gente que piensa, les despoja del carácter de asalariados que luchan por conseguir el pan de cada día? ¿Negarle al empleado, al trabajador, copia del contrato de prestación de servicios, las reglas a las que ha de sujetarse para el desempeño de la función, hace mejor al Instituto? ¿Despedir a la que se embaraza por ese problema de ella es correcto, cuando ya la Organización Internacional del Trabajo, las iglesias y todas las formas de organización social han criticado esas actitudes? Tal vez sea importante acotar que la empresa educativa tiene más de mil alumnos y a cada uno le cobra más de tres mil pesos. Tendrá, si acaso, ciento veinte maestros. El sueldo a sus Maestros no alcanza los cuatro mil pesos mensuales. Claro, ante el Seguro Social e Infonavit, los tiene con el salario mínimo, tal vez asesorados por un contador o un abogado que piensan que el fraude a la Seguridad Social es válido. Las cuentas se las dejo a Usted, mi querido lector.

 

La verdad, yo creo que no es válido. Por eso he venido descubriendo y teniendo problemas en muchas partes. Porque creo que el derecho de la gente es sagrado, que las prestaciones que se merece el obrero no pueden ser escatimados por el que paga sólo por el hecho de ser quien paga.

 

Si bien la relación laboral ya no es parte del derecho público y por tanto, el Estado no tiene interés en inmiscuirse en lo que haga o deje de hacer el patrón con el obrero, ni pertenece al derecho privado donde las partes, como pares, como iguales, fijan de común acuerdo las reglas del juego y la voluntad de los contratantes es ley suprema, sí debe tomarse en consideración que ahora el Derecho Social, al que nos hemos dedicado, sí tutela a la parte débil en la relación procesal, a la parte que carece del dominio para imponer sus condiciones y a quien sólo le queda la fuerza de la fuerza de su esfuerzo para igualar las condiciones, pues al momento en que los obreros optan por el uso del único de los factores que le permite un trato de iguales con el patrón, el derecho de huelga, en ese momento el patrón recula y se muestra tal cual es: timorato, pusilánime y falto de carácter.

 

No es lo mismo enfrentarse a una Maestra indefensa, a quien se le exige un horario de entrada a las siete de la mañana y salida a las tres y media, con media hora para alimentos, debiendo recordar que ese tiempo para alimentos se lo proporcionan a la hora del recreo de los niños y le exigen que los vigile y monte guardia para protegerlos, negándole en consecuencia el derecho a comer, debiendo aclarar que según la directora el Instituto no es un club social y no debe estar platicando con otros maestros.

 

Claro, es Maestra y lo hace con gusto, pero es también un ser humano a quien se le está negando el tiempo para ingerir alimentos, a quien se le está orillando a enfermarse y perder en su juventud lo más valioso: su salud.

 

Por eso ahora ella quiere presentar una demanda en contra del Instituto, obvio, apoyada por todos sus compañeros y también, por la mayoría de los directivos.

 

Sin embargo, sólo los propietarios están conformes con el estado actual de las cosas. Sólo ellos saben y sienten que la actuación es correcta. Los empleados, los Maestros, los intendentes, los que laboran ahí, están inconformes, molestos, se sienten vejados y lastimados. Muchos de los empleados que ahí laboran, no son parte de la empresa. Les paga una outsourcing, una compañía de esas que además, escatiman todos los derechos del trabajador y los cambian como cambiar de zapatos.

 

Nadie tiene, siguiendo a mi amigo columnista, “la suficiente honestidad para alzar la voz en defensa propia” pero sí se han venido armando de valor y me piden presente la demanda respectiva.

 

Usted, mi querido lector que me conoce, sabe que voy a iniciarla y a seguirla. Sabe también, que mi función no es obtener un peso de la situación, que por cierto, no me cae mal, si no más bien, ayudar en lo posible a cambiar el estado actual de las cosas.

 

Que no es justo, ni moral, ni decente, ni ético ni nada correcto, que una escuela le niegue a sus Maestros, destacando que Maestro siempre lo escribo con mayúscula en señal de respeto, aún cuando sea un sustantivo que, por cierto, no es un simple sustantivo, lo necesario para hacer la vida.

 

Que lo correcto es que cada empresa, educativa o no, reconozca el valor y esfuerzo de sus empleados y les cubra lo que es correcto. No se pide más, aún cuando pudiera necesitarse. Se pide lo que es justo y nada más.

 

Por cierto, ya estoy terminando de redactar la demanda.

 

Me gustaría conocer su opinión.

 

Vale la pena.

 

José Manuel Gómez Porchini

Orgullosamente Maestro y mexicano.

jmgomezporchini@gmail.com

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