Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Literatura   ·   Sociedad   ·   Biografía   ·   Filosofía   ·   Filosofía Social   ·   Libertad de Pensamiento   ·   Anarquismo



La duda sempiterna


Inicio > Literatura
23/03/2013

1352 Visitas



LA DUDA SEMPITERNA






Vicente Adelantado Soriano





Entonces yo era un niño. Creía a la gente cuando decía que iba a hacer cosas por mí. Desde entonces he aprendido.

William Faulkner, El ruido y la furia.





Aquella tarde salí del cine convencido de que la película que había visto no valía nada. Me pareció una tomadura de pelo carente de interés y de gracia. Y encima me había producido un fuerte dolor de cabeza. No obstante, en el ascensor, la sala donde la proyectaron estaba en la última planta, dos jóvenes comentaron las excelencias de lo visto en la pantalla. Resaltaron aspectos de la película que a mí me parecieron denigrantes, malos y sin ningún sentido. Por supuesto que no intervine en la conversación. Ni ningún músculo de mi cara reflejó mi descontento con sus palabras. Mentalmente refuté todos y cada uno de sus razonamientos. Ahora bien, las palabras de aquellos jóvenes me hicieron pensar en cómo había cambiado yo a lo largo de los años. No sé si para bien o para mal. Me acordé de muchas cosas de mi pasada juventud, que fui anotando en mi libretita en la parada del autobús, y cuando este se detenía para que subieran o bajaran más pasajeros. Pensé que algunos de aquellos intranscendentes pensamientos podía dar pie a alguna pequeña discusión con mis queridos compañeros de residencia. Quedamos para hablar esa misma noche, después de la cena: a nadie nos gusta acostarnos con el estómago lleno, y a ninguno nos resulta agradable la pobre programación que nos ofrece, noche tras noche, la nefasta televisión. Llegué al salón acompañado de mi libretita.

-Yo -dije planteando inmediatamente el problema que me acuciaba- de joven era una persona muy insegura.

-Cuidado con lo que dice -intervino doña Paquita con su hablar lento y pausado- porque de esas palabras podemos deducir muchas cosas.

-A estas alturas, como usted comprenderá, no me importa mucho las conclusiones que ustedes puedan sacar sobre mi persona. Y no porque no los aprecie -me apresuré a añadir por temor a parecer descortés-, sino porque no voy a tratar de imponer mi visión de las cosas, ni me da miedo lo que otras personas opinen de mí.

-Es lo mejor -dijo ella-. Yo muy a menudo, en nuestras conversaciones, tengo presente una novela que releo con cierta asiduidad: La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, de don Miguel de Unamuno, ¿la conocen ustedes?

Durante unos segundos, como niños cogidos en falta por el maestro, permanecimos en silencio y con la cabeza baja.

-No -intervine yo-. Y creo que es esta la segunda o tercera vez que nos habla de ella, así que la tendremos que leer.

-Se la puedo prestar yo.

-Gracias; prefiero comprarla. Siendo mía la podré subrayar y anotar. Perdone, pero es un defecto de juventud que conservo con cariño y orgullo.

-Me parece muy bien. Cómpresela. Pero lo he interrumpido. Estaba usted diciendo que de joven era un persona muy insegura.

-Sí. Pero ahora me intriga por qué ha nombrado usted a don Miguel de Unamuno.

-Porque don Miguel de Unamuno -explicó muy didácticamente- decía, más o menos, que cada uno de nosotros tiene una imagen de sí mismo; y de esa imagen selecciona lo que le interesa para presentarlo a los demás; y los otros leen, se quedan e interpretan, lo que les conviene, o les resulta más atractivo.

-Total, que es imposible conocernos los unos a los otros. E incluso a nosotros mismos.

-Al menos lo podremos intentar -intervino el señor Jordi.

-Sí -admitió doña Paquita con un brillo en los ojos que ya sabíamos lo que anunciaba. No nos defraudó. Tuvimos cita literal-, pero buscando ser sinceros -continuó-, sin sofismas. No provoquemos que nadie diga lo que dice él en su novela: huyo, no de ver huellas de pies desnudos de hombres, sino de oírles palabras de sus almas revestidas de necedad, y me aíslo para defenderme del roce de sus tonterías.1

-A veces no se está muy seguro de poder evitarlas, ¿no le parece? -volvió a intervenir el señor Jordi-. Una vida sin alguna que otra tontería sería como una ensalada sin sal o una tortilla sin huevos.

-Evidentemente -dije yo- ni todos los tiempos son uno, ni todos pacemos con los mismos pastores. Tampoco todas las tonterías tienen el mismo calibre. Por otra parte, una persona sensata, virtuosa, hasta en los peores momentos dejará constancia del metal de su alma.

-Todos y en todo momento -respondió doña Paquita- hacemos patente la materia de la que estamos hechos.

-Bueno -le replicó el señor Jordi un tanto nervioso-, usted sabe que hay veces en que las circunstancias nos pueden, y decimos cosas que no hubiéramos pensado...

-Tal vez suceda así -le respondió doña Paquita viendo que se quedaba sin palabras- porque hemos vivido siempre no como somos sino con el temor al qué dirán. Y en un momento determinado, nos sale del alma nuestra verdadera naturaleza. No sé si me he hecho entender.

-Creo que sí -le dije yo-. Yo, al menos, interpreto sus palabras como que la persona sensata se comporta con sensatez hasta en el momento de su muerte, o en los momentos más terribles de su existencia. Es como la campana que siempre suena igual, aunque a veces toque a rebato, otras suene en las procesiones y otras en los funerales.

-¿Y esa sensatez no puede variar con el tiempo, como todo en este mundo? -preguntó el señor Jordi.

-Por supuesto. Todo cambia -le respondió doña Paquita, a quien, de nuevo, le volvieron a brillar los ojos: Porque he de confesarte, Felipe mío, que cada día me forjo nuevos recuerdos, estoy inventando lo que me pasó y lo que pasó por delante de mí. Y te aseguro que no creo que nadie pueda estar seguro de qué es lo que le ocurrió y qué es lo que está de continuo inventando que le había ocurrido. Y ahora yo, con la muerte de don Sandalio, me temo que estoy formando otro don Sandalio. Pero ¿me temo?, ¿temer?, ¿por qué?2

-Ya que habla de la muerte -le dije apenas hubo terminado su cita-, tenemos con ella el ejemplo más fehaciente de lo que estamos diciendo.

Me percaté enseguida del gesto del señor Jordi. Me pareció conveniente dar un pequeño rodeo.

-Creo que sé a lo que se refiere -me ayudó doña Paquita.

-No recuerdo la edad que tenía -comencé a divagar- cuando estrenaron en los cines la película de David Lean, Doctor Zhivago. Era un crío, desde luego. Mis padres fueron al cine a ver dicha película. Y cuando llegaron a casa, lo primero que hizo mi madre fue amonestarme para que yo fuera capaz de llorar como había llorado el niño Zhivago en la muerte de su madre, allá en las frías estepas rusas. Me acusó, en vida, de mi incapacidad para dolerme de su futura muerte, como se había dolido el protagonista de la película. Era aquella una idea machacona por parte de mi señora madre. Se burlaba de mí porque no me imaginaba capaz de sentir un fuerte dolor, y de llorar como ella creía merecer.

-Hay gente, desde luego -dijo doña Paquita- que disfruta preparando su funeral.

-Tal vez sea una forma de huir de la muerte -intervino el señor Jordi.

-Siempre he sospechado que había otros problemas. Y más graves.

-Ya le he dicho que fuera con cuidado con lo que nos contaba.¿Y qué hizo usted? -quiso saber doña Paquita cambiando de tono y guardándose sus íntimos pensamientos, que yo leí perfectamente.

-Por lo que recuerdo -repuse ateniéndome a lo que decíamos- debí defraudar mucho a mi madre. Lloré, desde luego. No lo pude evitar. Pero no hice nada más. La suya, como la de todos, fue una muerte anunciada. Y ni hubo pope, ni incienso, ni cantos litúrgicos o fúnebres; no sonó ni una triste balalaika.

-Además, de nada le hubiera servido lamentarse o rasgarse las vestiduras, ¿no cree?

-Es cierto. Yo, a fin de calmar a su espectro, o a mis recuerdos, hubiera contratado los servicios de unas plañideras para que lloraran y se mesaran los cabellos, e hicieran todo aquello que a mí no me salía hacer.

-Es usted frío hasta en la muerte -me dijo el señor Jordi.

-Bueno, si usted lo quiere ver así... Ahora bien, prefiero más comportarme de esta manera, que no como se comportó la semana pasada esa señora a la que se le murió su hermana.

-Sí, fue un poco triste, o más bien lamentable -sentenció doña Paquita.

-Siempre lo es la muerte -añadió el señor Jordi.

-No, no estoy de acuerdo -dije yo- Y lo triste no fue la muerte de una persona ya mayor, y aunque hubiera sido joven, lo mismo me da; lo penoso fue la reacción de quien quedó con vida.

-Es muy fácil juzgar a los demás.

-Tiene razón. Perdóneme. Pero también yo conozco a la muerte bien de cerca. Y no me dirá usted que no es una memez amenazar a su Dios diciendo que ya no existe, que ha perdido la fe porque una persona ha muerto. ¿Dónde está escrito o consta que vamos a ser eternos? ¿Acaso no fue ese mismo Dios quien permitió la muerte de su muy amado y unigénito hijo?

-Bueno -quiso justificarla el señor Jordi, que era amigo de ella- son cosas que se dicen en un determinado momento, y a las que no hay que conceder más importancia.

-No veo porqué no -intervino doña Paquita-. Tan significativo es eso como el que una madre le pida a su hijo que llore en su entierro. Y es posible que, en el fondo, todo sea lo mismo: miedo a la muerte, ¿no le parece?

-Sí, por supuesto -asentí adivinando el pensamiento que no había formulado-, miedo que se traduce en forzar a la naturaleza a que se comporte según nuestros deseos.

-Ya le he advertido anteriormente -me dijo doña Paquita- que fuera cuidadoso con lo que iba a contar. Se nos está retratando usted.

-Como comprenderá, y he dicho ya, a estas alturas no me importa lo más mínimo. Ahora bien, me ha preocupado la cita que ha hecho usted de don Miguel de Unamuno. Así que yo quisiera ofrecer no la imagen que yo quiero, ni la que deseo que vean ustedes, sino la verdadera, si es que existe.

-La verdad, ¿y qué es la verdad? Esa verdad se refleja en mí...

-Muy sencillo, que auriculas asini Mida rex habet. Quizás no podamos pasar de ahí, ni comprobarlo, pues igual nos cuesta la vida. Y si descubrimos la verdad, una verdad, se la diremos a los juncos. Así nadie se nos ofenderá -dije mirando al señor Jordi molesto conmigo por lo que había dicho de la señora mayor, con quien él tenía una cierta amistad.

-No me han molestado -dijo- sus palabras sobre ella.

-Tampoco ha dicho nada ofensivo -intervino doña Paquita-, lo cual nos lleva al principio de la conversación. Dejemos las orejas de Mida en paz. Había dicho usted -se dirigió ahora a mí- que de joven era usted una persona muy insegura.

-Sí, es cierto.

-No me extraña -dijo-. Si estuviéramos en una probable tutoría en el instituto le diría que su madre de usted lo tiene completamente dominado. O intenta dominarlo por todos los medios posibles.

-Tal vez no fuera usted muy desencaminada.

-¿Y por qué cree usted -preguntó incisivamente- que se producen esos deseos de dominación?

-¿Ha conocido usted -pregunté a mi vez- a alguna persona feliz que necesite tener sojuzgados a sus semejantes?

-¿Ha conocido usted a alguien feliz? -preguntó rauda como el viento.

-No, pero he conocido a personas que han llevado con mucha elegancia sus desgracias, sin necesidad de descargarlas con nadie.

-¡Ah, señor mío! -exclamó ella- quizás ahí resida la diferencia entre la estupidez, la tontería, que prefería don Miguel de Unamuno, y la sensatez. En no herir al prójimo con nuestros dolores, haciéndolos paganos de aquello de lo que no tienen culpa, ni obligándolos a bailar cuando tenemos ganas de fiesta.

-Tal vez estemos pidiendo un imposible -intervino el señor Jordi-. Y tal vez -añadió- eso que están diciendo ustedes no tenga mucho valor... No, no me malinterpreten... quiero decir que lo grave es cuando son unas naciones las que hacen cargar sobre otras el peso de sus frustraciones.

-La guerra, vamos.

-Sí, a eso me refería.

-Si nos oyeran hablar de la insatisfacción como causa de la guerra, igual se reían de nosotros.

-Usted ha dicho antes que no le importa lo que los demás piensen de usted. A mí tampoco. Así que ¿puede explicare alguien por qué los romanos tuvieron que crear un imperio? ¿O por qué Grecia tuvo que embarcarse en la guerra de Troya? ¿O por qué Amílcar Barca tuvo que desembarcar en este bendito país?

-¿Usted cree que todos estos pueblos eran pueblos de insatisfechos?

-Olvidémonos de Helena de Troya -me respondió el señor Jordi también sonriendo-. Creo que estará de acuerdo conmigo en que nadie se va a buscar fuera de casa lo que tiene en ella.

-Pero el hombre -dijo doña Paquita- siempre está enormemente insatisfecho, sea por unas cosas o por otras. También puede acaecer que no se conforme con lo que tiene, y ansíe lo del vecino.

-Aunque sea su funeral.

-Sí, señor, aunque sea su funeral. Y le vuelvo a recordar -añadió sonriéndome- que todavía no nos ha explicado el origen de esta conversación. No me gustaría irme a la cama con un interrogante más en mi vida. Y los romanos, créame, me importan ya bien poco. Otra cosa es el latín. Hable.

-No creo que a estas alturas les tenga que explicar muchas cosas. Ya habrán adivinado ustedes que era una persona muy insegura y por qué lo fui.

-Las madres vampiro son legión -dijo doña Paquita.

-La cuestión es que siempre he dudado de todo cuanto he hecho, dicho y pensado. Pocas veces, en consecuencia, me atrevía a dar mi opinión; siempre esperaba, primero, a conocer la de los demás; y muy a menudo la mía se teñía de las otras por miedo, una vez más, a ser rechazado.

-Y luego, poco a poco, fue cambiando.

-Sí.

-¿Y cómo se produjo ese cambio? -quiso saber el señor Jordi.

-Releyendo libros que leí en mi juventud, y que me parecieron muy malos; pero que a todo el mundo gustaban en aquel momento, o que nadie se atrevía a decir que eran pésimos.

-La filosofía no escrita -apuntó doña Paquita.

-O lo políticamente correcto -añadió el señor Jordi.

-Efectivamente. Durante una época ambas cosas, o la misma, pueden amordazar a una persona, hacerle cambiar de forma de ser por miedo a ser rechazada. Hasta que se percata de que es una estupidez. De que tenía razón...

-Esto es como el cuento de los sastres que le tejieron al rey un vestido invisible. Le sacaron grandes cantidades de oro para hacer un traje de oro y piedras preciosas, pero con la característica de que sólo lo verían aquellos que fueran hijos legítimos.

-Ya. Y lo vieron todos. Incluidos el propio rey.

-Todos menos un pobre esclavo que no tenía nada que perder porque lo consideraran hijo de esta o de aquella persona.

Con las palabras de doña Paquita nos quedamos callados los tres. Transcurrió un largo silencio.

-¿Y eso era todo? -me preguntó al cabo de unos minutos.

-Sí, señora; eso era todo. Ahora veo películas, como la de esta tarde, o leo libros, y sé inmediatamente si son malos o buenos. Me fío de mí mismo. Y no necesito ser aceptado donde tengo que mentir.

-Pues no ha estado mal. Al menos hemos pasado un agradable rato, ¿no les parece?

El señor Jordi y yo asentimos.

-Ahora a dormir. Y mañana será otro día.

-Y amanecerá Dios y medraremos todos. Buenas noches.

-Buenas noches.

Doña Paquita se retiró recitando una copla de Augusto Ferrán. Digno colofón de aquella noche:





Hace ya muy largos años

que en todas partes te veo,

pero no tal como eres,

sino según mi deseo.

1Miguel de Unamuno, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, cap I



2Miguel de Unamuno, Ibidem, cap XXI





Etiquetas:   Muerte

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17288 publicaciones
4443 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora