La concepción del Estado, reformar y no solo administrar
Confesiones.
.
La concepción del
Estado, reformar y no solo administrar.
Cumplidos ya los primeros cien días del inicio del gobierno
del Presidente Enrique Peña Nieto y una vez que el mismo, hiciera su propio
corte de caja, resalta una frase de su discurso, que bien puede servir para
identificar la característica de su propia visión de la concepción del Estado.
En el “Venimos a reformar y no solo a administrar” el
Presidente señala puntualmente, la parte que ha sido la base estructural del
inicio de su mandato, reformar para transformar.
Si bien es cierto que las reformas constitucionales
propuestas hasta ahora, la educativa, la de amparo y la de telecomunicaciones,
no son completamente hechura de su régimen, al menos su gobierno ha mostrado
gran voluntad para impulsarlas.
Todavía faltan las más complicadas y tal vez por eso
estratégicamente escogió en este primer transito, las que pudieran generar una
sensación de que los acuerdos entre fuerzas políticas son posibles.
Porque es evidente que cuando se presenten las iniciativas
para los temas fiscal y energético, las cosas no podrán ser tan favorables como
lo han sido hasta ahora.
Sin embargo y en atención de estos antecedentes y
considerando lo que viene y lo que falta, lo que se puede establecer es que la
intención reformadora, tiene pues una voluntad encaminada a reconstruir y
fortalecer la concepción del Estado mexicano.
Una visión que obedece por supuesto a la tradición priista
del ejercicio del poder a través de la presidencia, ahora con ajustes que
corresponden a la situación y la realidad actual, sin limitar el despliegue de
su poder.
En esta nueva concepción, el trabajo político se hace bajo
el consenso, en la facultad de poder convocar, por ello la creación del pacto
por México, ante una necesidad latente de conjugar en vez de dividir, funciona
en la integración.
Bajo esta perspectiva el mayor logro del inicio del régimen
no son las reformas, sino la forma en que se construyeron, sobre todo porque la
forma evidencia una enorme diferencia de estilos y operatividad en contraste de
los anteriores gobiernos, incluso priistas.
Lo que el Presidente está impulsando claramente, es un
método de negociación democrática bajo la perspectiva de una visión de Estado y
el privilegio de su rectoria, que en principio no es necesariamente partidista,
aun y cuando el trabajo de los partidos es de vital importancia.
Sus opositores naturales, Acción Nacional y el Partido de la
Revolución Democrática, no han adoptado una posición sumisa como pudiera
pensarse cuando todo lo que se propone se aprueba.
Por el contrario, su posición en las negociaciones ha
implicado una participación sumamente activa, aun y con el riesgo que eso
podría significar atribuirle logros al trabajo político del régimen.
Claro que una vez que hubieran resultados a través de esas
reformas, el éxito de las misma también tendrá que compartirse, sobre todo
reconociendo decíamos la voluntad efectivista de la participación de los
partidos políticos.
Porque es muy evidente que la transformación principal está
en las intenciones, las de plantear un rediseño operacional del sistema para
que este realmente sea eficiente y democrático y por tanto, aporte elementos
para el crecimiento y el desarrollo general.
Por tanto y sin limitar que en adelante la competencia
electoral, seguramente va a provocar desencuentros, al menos lo que el sistema
entendido como un todo, está siendo capaz de lograr, es una sensación de que
los acuerdos con visión de Estado si son posibles.
Este es un cambio de percepción muy positivo, porque lo que
se privilegia es una discusión responsable que genera resultados, un método de
negociación donde todos los participantes pueden incluir sus posturas.
Todo ello fortalece el funcionamiento del Estado, mas allá
de las posiciones individuales que hasta hace muy poco eran un obstáculo
infranqueable, que sumió al país en una inmovilidad, tan absurda como estéril.
Siendo así, el fortalecimiento de la presidencia no
significa ni por mucho un retorno a la presidencia omnipotente, eso no solo
sería posible actualmente, seria inoperante y contradictorio.
Siendo así lo que se observa, independientemente de las
propias reformas, es una transformación en la substancia, en el fondo de las
cosas, que parte de una definición política.
Por supuesto esta circunstancia no resuelve por descontado
los problemas principales de la agenda nacional, sin embargo plantea que el
método facilita los acuerdos entre la clase política para buscar las
soluciones.
Pero eso no puede significar un debilitamiento de los
partidos que hoy son oposición, de ninguna manera, su actitud responsable
seguramente tendrá que generarles beneficios.
Más aun cuando pareciera que gracias a este formato el
extremismo y la beligerancia pueden superarse mediante el dialogo, lo que
finalmente permite concentrarnos en el análisis de los resultados, que es lo
que importa, lo único que realmente importa.
Porque el diagnostico que las fuerzas políticas tienen de la
situación general y de la percepción ciudadana, no escapa al reconocimiento del
desgaste y desprestigio que la clase política tiene ante la sociedad.
De tal suerte que el primer tramo del camino tenía que
encaminarse a obtener márgenes de confianza y credibilidad, que los
enfrentamientos solo estaban favoreciendo una polarización en extremo peligrosa.
No se trata de echar campanas al vuelo cuando estamos en
pleno proceso de reconformación, claro que hasta ahora lo que se ve, se observa
muy alentador, porque lo más fácil siempre es criticar, hoy también es tiempo
de reconocer.
Poner en contexto el esfuerzo de los grupos políticos, para
que la convocatoria presidencial efectivamente se traduzca en un
fortalecimiento del Estado y que eso sirva para generar las condiciones para el
desarrollo.
En el plano doctrinal, este es el mejor escenario posible, lo
interesante será ver cuánto tiempo puede sostenerse el nivel del acuerdo,
porque es innegable que para el Presidente Peña Nieto, el pacto por México,
está resultando una estrategia política magnifica.
En todo caso habría que suponer por definición que si el
Presidente es capaz de lograr acuerdos y convocar a las fuerzas en torno de sus
proyectos, más que regresar a la presidencia imperial, lo que se plantea es una
presidencia con la fuerza suficiente para impulsar los cambios que el país
necesita.
guillermovazquez991@msn.com
twitter@vazquezhandall