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Fallas, una crónica de urgencia


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20/03/2013

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FALLAS, UNA CRÓNICA DE URGENCIA






Vicente Adelantado Soriano





Vaya por delante que para quien esto suscribe las fallas son una verdadera molestia: por la cantidad de gente que hay por las calles, por el continuo, ruidoso y persistente tirar petardos por parte de todo tipo de personas; y, sobre todo y por encima de todo, por los zumbidos nocturnos, no es música por mucho que se empeñen, que emite el casal que tengo a pocos metros de mi casa, y que nos impide dormir hasta las cuatro de la mañana. Es decir, las fallas son unas fiestas que no se viven sino que se imponen: quiera usted o no tiene que soportar ruidos bestiales a toda hora, y zumbidos electrónicos, a unos niveles inaguantables, hasta que el fallero de turno tiene a bien bajar el volumen o desconectar el dichoso aparato que los lanza al espacio.

Cuando a uno, in illo tempore, se le ocurría protestar, tarea inútil, le salían con su nula valencianía o patriotismo, con la tradición, las costumbres y todas esas zarandajas. Por supuesto cada uno entiende por tradición lo que Dios le dio a entender, o él tiene a bien comprender. La tradición hasta hace poco era que los puestos de buñuelos y churros, por ejemplo, estuvieran regentados por una señora mayor, que, generalmente, había ido a la peluquería antes de abrir el puesto, y llevaba un pelo recién peinado y tintado, casi siempre de rubio. Dicha señora, valenciana ella, iba provista de un blanquísimo delantal. Y haciendo juego con él llevaba unos manguitos de tela tan albos como el dicho delantal. Esta figura, salvo raras excepciones, ha desaparecido. En su lugar hay franquicias llevadas, en su inmensa mayoría, por extranjeros. No se ve la tradición por ningún sitio. Y no quiero insistir porque capaz es algún político, con ganas de hacer patria, de obligar a los vendedores de churros a sacarse el mitjá de valencià, por cuanto que la señora rubia lo hablaba si contemplaciones.

La tradición, antes, al menos cuando el que esto suscribe era un crío, era que, por la noche, se montaba un tablado, se contrataba a una pequeña orquesta: batería, trompeta, algunas veces acordeón, saxo y vocalista. El vocalista, si se tenía suerte, solía ser alguien de la tierra, y que jugaba con la indefinición o definición de su sexo, cuando no con la abundancia de sus ubres mamarias. Había para todos los gustos. La gente, por regla general, cuando actuaban estos personajes no bailaba: se dedicaba a mirarlos, a reírse y a aplaudir a rabiar. Luego sí, luego la orquesta tocaba para que todo el mundo pudiera bailar. Dos calles más allá de donde actuaban los artistas, la música se oía en la lejanía. No era nada molesto.

Ahora todo esto ha quedado reemplazado por un equipo que, a falta de calidad, ofrece unos decibelios tan altísimos y molestos que, de verdad, no se puede por menos que añorar las viejas fiestas. Y se responde de paso a la famosa pregunta que hacen muchos alumnos en las aulas: “¿Para qué sirve estudiar música?” Si lo hubieran hecho algunos falleros, tal vez tendrían un poco de sentido estético, y un mínimo de respeto y educación.

Y ya que hablamos de respeto y educación, tenemos que hablar de un fenómeno que hace tiempo viene observándose en esta santa tierra, desde que se convirtió en un país acogedor de todo tipo de personas y étnias. Ya hace tiempo algún que otro musulmán, o árabe, o vaya usted a saber qué, se sintió ofendido porque en Valencia se celebra la festividad del 9 de octubre, fecha en que las tropas cristianas, comandadas por el rey Jaime I, entraron en la ciudad de Valencia, en manos entonces de una taifa árabe. Antes la dichosa ciudad había sido romana, y antes de una tribu ibera, o de un poblado ibero, los edetanos. Luego la machacó Aníbal. Los árabes la ocuparon, por la fuerza, a partir del año 711. ¿Por qué no se puede celebrar la entrada en Valencia de Jaime I cinco siglos después? ¿Se ofenden ellos? Pues que, a estas alturas, se ofendan por semejante cosa es como si un español rompiera sus relaciones con una romana porque Julio César conquistó Hispania o Escipión el Africano acabó con Numancia. Es cosa de locos. O de estúpidos. Como no dejó de ser una estupidez que también pidieran la anulación de les filaes de Alcoy compuestas por supuestos moros, vestidos de una forma que ni a Hollywood se le hubiera ocurrido ni en sus peores sueños. Y eso sí, no hay moro, por muy fiero que sea y terribles armas que lleve consigo, que no vaya provisto de un puro que no se lo fuma ni el mismísimo Fidel Castro. Al parecer también esto les ofendió. También había que eliminar esa fiesta.

La palma de la necedad y del absurdo, sin embargo, se la ha llevado este bendito año de 2013, que tenía que acabar en trece. Para más inri la festividad de san José cayó en martes, aunque, respetando la tradición, era 20 de marzo, día del comienzo de la primavera. Algo es algo. Hubiera sido más terrible si hubiese sido martes y trece.

A un artista fallero, de mucho ingenio y buen hacer, se le ocurrió montar una falla teniendo como imagen central a la diosa Shiva. La falla ni era ofensiva ni nada que se le parezca. Pero aun así se armó la de Troya porque hay gente que se ofende de todo y por todo, menos por alguna que otra violación sin importancia. Enseguida comenzaron a protestar, y las amenazas por parte de algún que otro indio ya que, a su parecer, la falla era una burla de sus signos religiosos más importantes. En la falla no había nada que pudiera resultar ofensivo para dicha religión. Y las fallas, por otra parte, son monumentos efímeros que tienen como fin la sátira y la crítica de los vicios. Eso para comenzar. Y para continuar, cuando uno llega a una casa, invitado, lo menos que puede hacer es respetar a los habitantes de la casa. Máxime cuando la falla se quema, y no quedan de ella ni las cenizas.

Parece ser que nada más plantar la falla ya comenzaron los problemas y las amenazas. Si es verdad que amenazaron con poner bombas, con atentar contra el presidente de la falla, y contra todos los falleros, no entendemos porqué estas personas no están en prisión. Y no entendemos que acudan a la falla con la insólita petición de que esta no se queme porque representa a no sé qué deidades. Hasta uno de los personajes se puso de rodillas delante de la falla y se entregó a sus oraciones. Que los dioses me perdonen pero esto, en pleno siglo XXI, no deja de ser una estupidez del máximo calibre: una falla convertida en una divinidad, un señor que intenta quemarse a lo bonzo en defensa de una guitarra y unos brazos de cartón, una niña de poco menos de siete años amenazando con degollar a parte de los espectadores, y una falla que vio convertida la noche de la cremà en una horrible pesadilla. ¡A lo que llevan los fanatismos!

Y por desgracia siempre es la misma y triste historia: gente que mata por una palabra, engendrado y no creado; por un quítame allá esas pajas, pero que, al mismo tiempo, consiente todo tipo de injusticias y de violaciones... ¡Qué lástima de energía! Si esa protesta se hubiese empleado en luchar contra las desigualdades de género o sociales, otro gallo nos cantara a todos. Pero, claro, hay que reconocer que es más fácil graznar contra un monigote de cartón. En las fallas se han quemado a todo tipo de muñecos: del papa, de políticos, etc. Además, insisto, nada ofensivo había en dicha falla. Muchas veces, demasiado a menudo, la porquería está en los ojos de quien mira y no sabe ver. Es el colmo de la necedad, me parece, coger un monigote de una falla y ponerlo en un templo y adorarlo. Sin palabras. Eso es lo que me parece un insulto a la inteligencia. Esperemos que todo esto haya sido una cosa puntual, sin más importancia, y que el sentido común vuelva a imperar y podemos tener unas fallas con humor e inteligencia. Aunque sea soportando ciertas incomodidades. Pax vobiscum.



Etiquetas:   Religión

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