Custodiar la vida



Custodiar la vida

 

. Llegaba con los muchachos y con comida para todos. En ese tiempo eran unos 70, entre mujeres, adolescentes y los que no tenían donde vivir. La comida no alcanzaba para tantos integrantes de la comunidad terapéutica. Así como yo pagaba mi cuota mensual para que mi hijo sea tratado como paciente vip, con psicólogo, psiquiatra, y comía carne domingo, lunes y martes, ellos, el padre Pepe y Martín pagaban con comestibles. Me cuenta mi hijo que cuando veían llegar a Martín, ya al ingresar a la tranquera corrían a recibirlo, porque les traía facturas que alcazaban unas cinco para cada uno. Traían los chicos de la villa para darles una mejor vida, algunos se rescataban, otros seguían en la mala vida como algunos que le hicieron probar el paco a mi hijo ahí dentro y luego fue una recaída tremenda porque dejar el paco no es fácil y te rompe el cerebro, como le ha pasado a mi hijo. Por primera vez probó el paco con esos descarriados que a cambio de comida, la que yo le llevaba por ser paciente vip, le cambiaban por paco que ya habían logrado hacer que entre y ellos se proveían su comida. Ilusa, yo que creía que mi hijo tenía una vida mejor, le aumenté llevando comida los miércoles que era usada para intercambio, me lo confesó mucho tiempo después cuando me pidió ayuda para dejar la maldita droga. Ya lo perseguían, no era sencillo salir del círculo. Los curas tienen toda la buena voluntad, la inspiración del Espíritu Santo en rescatarlos pero el hombre es débil y sigue con sus malos hábitos, por eso siempre afirmo que allí dentro, de esas comunidades hay más paco que afuera. Destaco la valentía de estos sacerdotes, pero sé y compruebo que no hay persona que vuelva del infierno de las drogas sin haber conocido la inmensa misericordia de Dios, los demás son caretas, usan la espiritualidad para vivir la vagancia y el pecado. Hace unos días, volviendo de capital me encontré a uno pidiendo en un colectivo para la comida y no pude dejar de saltar de uno de los asientos de atrás diciendo no le den dinero. Si hice mal no lo sé, sé que los que se recuperan son los que se encontraron con Dios y ya no piden ni en colectivos, ni se mienten ellos mismos.

Beatriz Valerio



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En una trafic blanca llegaba con un grupo de muchachos que buscaba rescatar del paco, era él, el cura de la villa, el Padre Pepe. Llegaba con los muchachos y con comida para todos. En ese tiempo eran unos 70, entre mujeres, adolescentes y los que no tenían donde vivir. La comida no alcanzaba para tantos integrantes de la comunidad terapéutica. Así como yo pagaba mi cuota mensual para que mi hijo sea tratado como paciente vip, con psicólogo, psiquiatra, y comía carne domingo, lunes y martes, ellos, el padre Pepe y Martín pagaban con comestibles. Me cuenta mi hijo que cuando veían llegar a Martín, ya al ingresar a la tranquera corrían a recibirlo, porque les traía facturas que alcazaban unas cinco para cada uno. Traían los chicos de la villa para darles una mejor vida, algunos se rescataban, otros seguían en la mala vida como algunos que le hicieron probar el paco a mi hijo ahí dentro y luego fue una recaída tremenda porque dejar el paco no es fácil y te rompe el cerebro, como le ha pasado a mi hijo. Por primera vez probó el paco con esos descarriados que a cambio de comida, la que yo le llevaba por ser paciente vip, le cambiaban por paco que ya habían logrado hacer que entre y ellos se proveían su comida. Ilusa, yo que creía que mi hijo tenía una vida mejor, le aumenté llevando comida los miércoles que era usada para intercambio, me lo confesó mucho tiempo después cuando me pidió ayuda para dejar la maldita droga. Ya lo perseguían, no era sencillo salir del círculo. Los curas tienen toda la buena voluntad, la inspiración del Espíritu Santo en rescatarlos pero el hombre es débil y sigue con sus malos hábitos, por eso siempre afirmo que allí dentro, de esas comunidades hay más paco que afuera. Destaco la valentía de estos sacerdotes, pero sé y compruebo que no hay persona que vuelva del infierno de las drogas sin haber conocido la inmensa misericordia de Dios, los demás son caretas, usan la espiritualidad para vivir la vagancia y el pecado. Hace unos días, volviendo de capital me encontré a uno pidiendo en un colectivo para la comida y no pude dejar de saltar de uno de los asientos de atrás diciendo no le den dinero. Si hice mal no lo sé, sé que los que se recuperan son los que se encontraron con Dios y ya no piden ni en colectivos, ni se mienten ellos mismos.

Beatriz Valerio




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