EL MAR: obra maestra del cine español

Si de algo le tiene que estar agradecido Agustí Villaronga a su ópera prima Tras el cristal (1987), revolucionario film en el que además demostró saber manejarse como pocos en el terreno de la perversión y los deseos soterrados, es que le sirvió para hacerse con el título del director español más audaz e indómito del cine español. De golpe y porrazo había nacido un cineasta sin temor a la censura, impermeable a los reproches de los sectores más conservadores de la sociedad y, lo que era más de admirar, de inquebrantable y envidiable personalidad. Todas estas constantes volvieron a sucederse en El mar (1990), el que es junto a la también espléndida Pa Negre (2011), el mejor trabajo del mallorquín hasta la fecha. Al igual de su primera película, esta adaptación de la novela homónima de Blai Blonet es una desasosegante y descorazonadora propuesta contraria a dar un segundo de alivio al espectador. En este hecho influye las épocas en la que está ambientada -guerra civil española y posguerra, sucesivamente-, con las que el director pretende hacer una comparativa de hasta qué punto lo vivido en unos años tan hostiles como los del conflicto armado tienen consecuencias a largo plazo, sobre todo en los niños, por los que el film esta interpretación del film estaría próxima a la de ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976).

 

.wordpress.com/wp-admin/serueda.wordpress.com/2013/02/26/tras-el-cristal/" data-mce-href="serueda.wordpress.com/2013/02/26/tras-el-cristal/" style="color: rgb(27, 139, 224); text-decoration: none;">Tras el cristal (1987), revolucionario film en el que además demostró saber manejarse como pocos en el terreno de la perversión y los deseos soterrados, es que le sirvió para hacerse con el título del director español más audaz e indómito del cine español. De golpe y porrazo había nacido un cineasta sin temor a la censura, impermeable a los reproches de los sectores más conservadores de la sociedad y, lo que era más de admirar, de inquebrantable y envidiable personalidad. Todas estas constantes volvieron a sucederse en El mar (1990), el que es junto a la también espléndida Pa Negre (2011), el mejor trabajo del mallorquín hasta la fecha. Al igual de su primera película, esta adaptación de la novela homónima de Blai Blonet es una desasosegante y descorazonadora propuesta contraria a dar un segundo de alivio al espectador. En este hecho influye las épocas en la que está ambientada -guerra civil española y posguerra, sucesivamente-, con las que el director pretende hacer una comparativa de hasta qué punto lo vivido en unos años tan hostiles como los del conflicto armado tienen consecuencias a largo plazo, sobre todo en los niños, por los que el film esta interpretación del film estaría próxima a la de ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976).

Relato de tormento, de la fuerza del deseo y la indomabilidad de la pasión a través de un diseccionamiento impúdido de los más nobles y bajos instintos de la condición humana, habrá quién vea en El Mar una historia de amor imposible entre dos jóvenes, Andreu Ramallo (Roger Casamajor) y Manuel Tur (Bruno Bergonzini) en unos años en los que la homosexualidad no sólo era tabú, sino que estaba castigada incluso con la muerte. El régimen franquista es lo que lleva a Manuel a vivir todo lo que siente por Ramallo a escondidas, tanto en su traumática niñez, como cuando 10 años vuelvan a encontrarse en un hospital para tuberculosos. En este periodo de tiempo sus vidas han cambiado: mientras que Andreu es un ladrón, Manuel se ha refugiado en la religión como una de las pocas vía de escape, como también lo es ese mar al que hace referencia el título. Dejando de lado el irreprochable planteamiento de la película, en el plano actoral hay que destacar el trabajo tanto de Casamajor como de Bergonzini, que brillan en el fue su debut para la gran pantalla. Ambos defienden unos roles trufados de aristas, complejos, consiguiendo lo que a todas luces se antojaba (casi) imposible: dar con el tono exacto de sus personajes, a lo que también contribuye un guión en el que colaboró el propio director. El gran trabajo de casting del que puede presumir la película se cerró con Antonia Torrens, en el que también fue su primera gran incursión en el cine, y a nombres consagrados como Ángela Molina o Simón Andreu. 

El mar es una película donde, en ocasiones, es más importante lo que no se dice de lo que se dice; un canto reivindicativo a la apertura mental -y espiritual- de la religión, a la que se hace un llamamiento para que esté más cerca de la gente; una historia opresiva que, sin embargo, exhala libertad por los cuatro costados y que, en el camino, nos regala algunas de las imágenes más poderosas del cine español; una crónica de despertar sexual que no disimula su feroz crítica contra el totalitarismo que impide la plena realización del individuo. Sí es cierto que la película opta por recrearse -casi exclusivamente- en el ámbito de la libertad sexual, pero Villaronga la usa como perfecto paradigma para mostrar a unos seres humanos amputados, incompletos. También hay que aplaudir a El mar por no avergonzarse de mostrarse explícita, incluso morbosa, en no pocos momentos de la narración, quizá porque de otra forma era imposible reflejar visualmente la crudeza de una novela no destinada a todos los públicos. La película no le teme al desnudo, ni a llevar hasta el límite los arrebatos pasionales que van sucediendo en el relato. Y no le teme, simple y llanamente, porque están narrados bajo una corriente hiperrealista tan poco frecuente en cine que, cuando sucede, es casi un acontecimiento a celebrar. El mar es incómoda de ver, pero ahí está su grandeza: el relato perturba y aterra porque lo que se desprende de él es, inequívocamente, algo real. Villaronga no abandona nunca su máxima de dotar de tridimensionalidad una historia que, en manos de otro director, hubiese derivado en un espectáculo gratuito y carente del más mínimo trasfondo.

Quizá muchos interpreten la película como un relato de perversión, pero lo que hace grande la propuesta es muchos de los actos políticamente incorrectos que muestra la película están movidos por sentimientos nobles, puros. El personaje de Manuel, genialmente dibujado, el tiempo lo ha convertido, por méritos propios, en la voz de infinidad de personas que, a buen seguro, se habrán visto reflejadas en él, por lo que no sería descabellado catalogar a El mar como un título de cine social, casi de denuncia. En conclusión, un derroche de fuerza, visual y literaria que, en última instancia, consigue incluso emocionar. Una excepcional ocasión para embarcarse en un viaje de consecuencias inesperadas y altas cotas de reflexión firmado por un director que, por encima de dimes y diretes, de críticas sin fundamento, volvió a demostrar que en el mundo del cine hay algo más importante: el arrojo y la valentía. 

UNETE



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